FICHA TÉCNICA



Título obra La caída de un alfiler

Autoría Héctor Mendoza

Dirección Rodrigo Mendoza

Elenco Hernán Mendoza, Erika de la Llave, Esteban Soberanes, Roberto Soto, Emma Dib, Fernando Escalona

Escenografía Eloise Kazan y Vanessa Farfán

Iluminación Eloise Kazan y Vanessa Farfán

Referencia Bruno Bert, "Retrato de imposibilidades posibles", en Tiempo Libre, 9 agosto 2001, p. 37.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Tiempo Libre

Columna Teatro

Retrato de imposibilidades posibles

Bruno Bert

Lo más estimulante de una pieza teatral no es lo que dice o exhibe, sino lo que calla y esquiva. De esta forma, lo que se vuelve fascinante es la bisagra que articula ambos aspectos, el punto fronterizo entre lo cotidiano y lo extraordinario, entre lo evidente y lo asombroso.

Pero hay que tener en cuenta que el arte entero, al menos cuando es tal, funge más o menos de esa manera. No como un mero testimonio sino como la creación de mundos que se emparentan directamente con el imaginario del hombre: un estallido de "imposibilidades" que nos caen en las manos.

La anterior digresión viene a cuento por el último estreno del maestro Héctor Mendoza: La caída de un alfiler, montaje que es además la "opera prima" de su hijo Rodrigo Mendoza como director.

Un material que está construido como un cuadro de Escher, porque parte de una realidad o una suma de realidades convencionales, para inmediatamente mostrar que si jugamos con las leyes de la física y la matemática, los mundos que se abren pueden ser infinitos.

Y también innumerables las combinaciones posibles.

Me encanta el teatro cuando es un desafío inteligente de lo personal, cuando se vuelve realmente un elemento de exploración para un conjunto que apuesta a la creatividad y no a los imperativos categóricos de la fama y el nombre. Se trata de un pequeño juguete cuántico tan gozoso como una conversación entre cómplices intelectuales, de ésos que aparecen con frecuencia entre las novelas de Hugo Hiriart, por ejemplo.

Pero bueno, la obra en sí nos muestra una simple cocina perteneciente a más de un propietario, aunque no precisamente por condominio contractual. En ella vemos las alternativas de un titiritero un tanto alcohólico e inestable con su muñeco y su soledad, y los vaivenes de una muy reciente viuda necesitada de compañía a ultranza. Pero aquí, en estas historias simultáneas, existen intercesores misteriosos que desguazan lo cotidiano y se constituyen en las bisagras de las que hablaba al principio. Seres incomprensible absolutamente banales, vivos, muertos o intermedios, como salidos de una especie de ciencia ficción contemporánea, con bastante de humor en algunos casos. Mendoza aclara en el programa de mano que "no quisiera que fuera tomada simplemente como una obra fantástica, sino como una imposibilidad que está a punto de ser posible." Interesante, porque puede estar hablando de muchas cosas, vinculadas a la ciencia, a la sociología, a un cambio espiritual o al teatro mismo y su circunstancia, su lenguaje y sus alternativas. Posibilidad esta última que me tienta en particular sin descartar las otras.

Resulta gratificante ver que esa prolijidad "escheriana" no está solamente en el texto .y sus propuestas, sino también en el montaje y la conducción de actores. No podría inferir por el trabajo que se trata de una primera dirección. Por el contrario, hay un manejo de seguridad en el ensamble de las partes y en el ritmo del conjunto que habla de experiencia y de eficacia.

El elenco está compuesto por Hernán Mendoza, Erika de la Llave, Esteban Soberanes, Roberto Soto, Emma Dib y Fernando Escalona. Un equipo muy sólido, coherente y creativo. Tal vez la escenografía y la iluminación (Eloise Kazan y Vanessa Farfán) no estén a la misma altura que el resto y se muestren excesivamente modestas, pero esto no llega a afectar el conjunto.

En definitiva, un material muy disfrutable tanto intelectual como estéticamente, que nos entrega a un director del que ya esperamos su segundo trabajo.