FICHA TÉCNICA



Título obra Alejandría terminó

Autoría José Enrique Gorlero

Dirección Martín Acosta

Elenco Mónica Serna, Arturo Ríos

Escenografía Mauricio Elorriaga

Iluminación Arturo Nava

Referencia Bruno Bert, "Con nostalgía por el amigo que se fue", en Tiempo Libre, 3 abril 2001, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Tiempo Libre

Columna Teatro

Con nostalgia por el amigo que se fue

Bruno Bert

Una puesta en escena es siempre una suma de complicidades, de sobreentendidos y de traiciones. Sólo que nosotros, como espectadores comunes, desconocemos esos laberintos que se dibujan en su interior y la tomamos como una unidad que debe entregarnos aquello de lo que es portador: una carga de contradictoria belleza y tal vez el impulso de un sueño o de una indignación. Lo demás son asuntos privados entre el creador y su producto.

Acaba de estrenarse un texto de José Enrique Gorlero, un amigo entrañable desaparecido hace apenas tres años. Es Alejandría terminó y está dedicado a Mónica Serna, actriz con la que compartió diversos e interesantes montajes y fue llevado a escena por Martín Acosta, director natural de este homenaje teatral.

Es un monólogo a dos voces que expresa las preocupaciones fundamentales de Gorlero: el valor de la palabra, efímera y contradictoria pero contundente; el tema del amor y la pareja, entendida como una lucha cómplice que incluye el asesinato, la fuga y el retorno a través de la memoria; y el ansia por las ciudades lejanas, aquellas a las que se viaja mucho más con la imaginación febril que con los aviones. Sobre todo porque contienen otros tiempos, otras voces referentes que sólo resuenan en quien lleva esos nombres consigo: Ítaca, Buenos Aires y por supuesto, Alejandría. La de Durrel (el personaje de Mónica Serna se llama, claro está, Justine, como la misteriosa y sensual protagonista del Cuarteto de Alejandría) y también la de Cavafis, el gran poeta de los sentidos que se duele por la vejez y añora el roce rápido del deseo que se esconde en la mirada del otro.

Mauricio Elorriaga, creador de la escenografía, genera con un diseño muy breve y estilizado un espacio que resume la vinculación entre autor y director, entre Gorlero y Acosta: la brevedad de un muro que cambia la recta por la curva. Y Arturo Nava, que acompañara a Gorlero en muchas de sus producciones, propone aquí una iluminación que pasa más por la sugestión de las fronteras de luz que por las definiciones precisas. El conjunto contiene el encanto de un material crepuscular.

Mónica Serna y Arturo Ríos son suficientemente destacados en nuestro medio teatral como para ahorrarme los elogios a su labor anterior. Calidad que renuevan en este trabajo, incluso con expresiones nuevas, especialmente en el caso de Mónica Serna, aquí con tonos mucho menos golpeados, más maduros y convincentes. Y se encuentran dirigidos con una contención que permite gozar de los matices, de los medios tonos del sentimiento, en ese estrecho margen impresionista que fuera tan al gusto del autor de Alejandría...

Cuando uno conoce al autor las pistas para la comprensión se multiplican. Pero en realidad eso no importa, es un plus que nos entrega la amistad. En Alejandría terminó lo que acababa era la juventud, descubriéndose el pasado con toda la belleza y también la crueldad que solemos ver finalmente en aquello que ya no regresará. Comenzaba otra etapa, con seguridad plena de alternativas, que se quebró junto con la vida de Gorlero. Pero el producto está allí, morosamente, repitiéndose cada noche para los que quieran compartir un acto pequeño, de carácter casi íntimo, como aquellos que se cuentan, generalmente a desconocidos, con una copa en la mano y una música de jazz de fondo, con reminiscencias a otras obras que también encarnó la misma actriz, incluso en el mismo teatro. Una pequeña ceremonia secreta abierta a los que aman la complicidad y piensan que el arte y los distintos grados del amor son capaces simultáneamente de matar y otorgar la eternidad.