FICHA TÉCNICA



Título obra La reina de Leenane

Autoría Martin MacDonagh

Dirección Iona Weissberg

Elenco Blanca Guerra, Angelina Peláez, Ricardo Esquerra, Roberto Medina

Escenografía Saúl Villa

Iluminación Mark Foster

Espacios teatrales Teatro del Centro Cultural Helénico

Referencia Bruno Bert, “Telenovelesca apertura a la fantasía”, en Tiempo Libre, núm. 1074, 7 diciembre 2000, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Telenovelesca apertura a la fantasía

Bruno Bert

Las relaciones interfamiliares han sido encaradas bajo todos los ángulos y en los más diversos tonos. En esta ocasión le toca a la vinculación madre/ hija vista por Martin MacDonagh. El escritor ubica la acción de su obra, La reina de Leenane, en un pequeño pueblo irlandés del que toma nombre el título. En una casa aislada en el cerro viven Maureen, una mujer soltera y aún virgen de alrededor de 40 años con Mag, su madre, no tan anciana ni decrépita como la imagen que ella quiere imponer como chantaje emocional. Una clásica relación de encierro para una prolija y constante destrucción mutua. Dos mujeres unidas por un odio tan profundo como la necesidad de la mayor por retener a la otra, y de la hija por hallar una salida a su ansia de pareja, sexualidad y huida a cualquier costo.

No falta nada. Ni la humillación, pi los insultos, ni la violencia que concluye en asesinato. Pero está de por medio la locura, o al menos in atisbo de ella, y entonces todo el panorama se vuelve inseguro en sus significados, porque tal vez parte de la acción sea simplemente imaginaria. O tal vez 'no. Mac Donagh juega ese melodrama de tintas tan acentuadas porque por momentos se evade hacia la ironía, y el humor se impone sobre el patetismo. Sin embargo, a la postre no se está seguro si ha predominado la burla o la fuerza melodramática, y en ese punto ambiguo está en realidad toda la fuerza y toda la debilidad del trabajo.

La apertura hacia la fantasía es también la posibilidad del juego cómplice en el sistema de valores manejados y en la estructura de lenguaje empleada. En cambio, se cierra hacia un desarrollo convencional y lineal de la historia, por lo que casi no tienen importancia las negras aventuras que vemos, en un subido tono telenovelesco. De hecho, la noche que asistí a la función había un crecido número de ancianos en el público por ser una función vendida, los cuales comentaban en voz alta las peripecias emocionales como si efectivamente estuvieran frente a un televisor. El resto de los espectadores respondía ambiguamente entre la risa y la molestia.

En esta zona de frontera es esencial la labor de la dirección, porque es la que permite los balances y los acentos, el entrar en lo empático y también el toque de burla. Iona Weissberg es la que maneja a estos personajes en el borde de la indefinición. Es una directora naturalmente hábil que creo en este caso se ha mostrado excesivamente sutil, con el peligro de que todo se vuelque hacia la insignificancia.

Naturalmente hay puntos de apoyo, como la escenografía de Saúl Villa por ejemplo, que nos diseña un espacio que consiste en una casa con sus límites completos dentro del escenario, ubicada atípicamente y cortada al medio como si fuera una estructura de cuento más que el ingreso a una intimidad. Por supuesto importa la mirada del público y su posibilidad de distinguir los tratamientos justo en el punto de la ironía o dejarse ir con el discurso más obvio. En lo personal creo que quedan en el aire menos dudas de lo deseable, vale decir, con la alternativa de aceptar el discurso melodramático de manera directa. Tal vez en esto tenga algo que ver el tratamiento de los actores y algunos recursos un tanto obvios, no sé sí de parte del autor o de la dirección. Como la escena de la pelota y el atizador, por ejemplo.

El trabajo de los actores es interesante, sobre todo en el caso de las mujeres. Angelina Peláez juega con más habilidad y mejores matices de absurdo y de humor a la vieja y mañosa Mag, y Blanca Guerra la acompaña construyendo su personaje en forma sólida y con pocas posibilidades de múltiples interpretaciones. En cambio se desdibuja un poco el papel que asume Roberto Medina, mientras que el de Ricardo Esquerra se vuelve cercano a lo inverosímil. Esta disparidad de tratamientos parece ir más allá de una decisión estilística por parte de la dirección y no orienta demasiado hacia una lectura irónica y burlona de la historia.

En definitiva, nos encontramos ante una puesta cuyo valor es el que termina resultando ambiguo, tanto por el texto como por sus alternativas de significado. De todas maneras, ver trabajar a un par de excelentes actrices es siempre agradable, más allá de la imagen final con la que cada uno se quede.