FICHA TÉCNICA



Título obra El mágico prodigioso

Autoría Pedro Calderon de la Barca

Dirección Miguel Flores

Elenco Héctor Kotsifakis, Mariana Gajá, Yuridia del Valle, Humberto Busto

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcon

Referencia Bruno Bert, “Calderón, mágico creador de símbolos”, en Tiempo Libre, núm. 1073, 30 noviembre 2000, p. 24.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Calderón, mágico creador de símbolos

Bruno Bert

Calderón de la Barca, quizás el más importante dramaturgo del Siglo de Oro Español, nació en 1600, por lo que supuse que este año, al celebrarse su 400 aniversario, en los escenarios mexicanos se presentarían varias de sus más de 200 obras. No fue así, al contrario, el número de puestas calderonianas ha sido bastante parco.

De todas maneras, el Centro Universitario de Teatro (CUT), coherente con su función formativa, decidió que los alumnos egresados este año lo hagan bajo la advocación del gran escritor, y acaban de montar como trabajo de profesionalización El mágico prodigioso, bajo la dirección de Miguel Flores, un excelente actor y maestro.

Hace unos años, un investigador del barroco y admirador de Calderón decía que Shakespeare era un creador de hombres, Molière de tipos y Calderón de símbolos. En efecto, es el último gran cultivador del auto sacramental, que habría de extinguirse lentamente como género hasta su formal prohibición tras la muerte de Calderón. Sus obras suelen encarar de manera reiterada el tema de la libertad humana desde la perspectiva cristiana, es decir desarrollando la idea del "libre albedrío" en contradicción con la predestinación. El conflicto entre fe e inteligencia.

Naturalmente esto se halla profundamente inmerso en el mundo de su época, por eso alguno de sus detractores comentaba que todos sus personajes, en cualquiera de sus textos, no importa el tiempo o el lugar donde se desarrollen, son caballeros y damas de la corte de Felipe IV (en este sentido está entendido el correcto vestuario de esta puesta). Por ello, parte de su obra hay que mirarla desde la perspectiva histórica, porque no gozamos de igual manera la belleza de su verso o la habilidad para tejer sus historias que su sistema de ideas, algunas de las cuales aún podemos compartir, mientras que otras —sobre todo en su ortodoxia militante cristiana— nos resultan totalmente anacrónicas.

El mágico prodigioso es una obra de juventud (la compuso en 1637), está ambientada en las primeras centurias del cristianismo en la Antioquía del siglo III y teje varias ideas y tramas simultáneas como era costumbre en el teatro del Siglo de Oro. El tema principal tiene con ver con el ansia de saber de su protagonista, un personaje fáustico que vende su alma al diablo para conseguir el amor de una mujer. El descubrimiento posterior del verdadero Dios y el martirio último de los amantes imposibles, hace que finalmente unan sus almas no en el lecho de lo profano sino en lo infinito de la fe, mientras que el diablo se declara vencido por el supremo Dios de los cristianos, único verdadero (como recordó el actual Papa hace unas semanas).

No creo que sea la mejor obra de Calderón, pero sí es rica en sugestiones. El desequilibrio emotivo y pasional del protagónico le es típico y también la profundidad lírica y el fuerte dinamismo que contiene. En cambio, la retórica barroca se antoja por momentos excesiva y un tanto inmadura. Y también la pasión final de los cristianos pidiendo el martirio a gritos, que nos recuerda a los fundamentalismos intemperantes que tantos problemas crean hoy en varias partes del inundo e incluso se hallan en el sustrato reciente de la historia mexicana.

La escenografía de Jorge Kuri es como un intento inteligente de síntesis de la fastuosidad del aparato barroco: visible, teatral, ostentoso. En esa época el escenógrafo era el verdadero director del espectáculo. Aquí la geometría impera y los recursos se estilizan, incluso tal vez demasiado (la magia con la montaña es imaginativamente muy pobre), pero en definitiva se ponen al servicio de las necesidades de la obra recordando que estamos viendo un último trabajo de estudiantes. La puesta es muy simple y el mayor esfuerzo de Flores está más bien volcado al manejo de actores en tanto cuerpos y voces. Y efectivamente el grupo responde al desafío —un Calderón de tres horas indudablemente lo es— y muestra lo que ha aprendido y que con el tiempo terminará manejando con fluidez. Por ahora presenciamos un ejercicio escolar un tanto extenso y muy demandante para quienes están haciéndose como actores. Pero hay conocimiento y también entrega, lo demás se agregará con coherencia y en el polvo del camino. Creo que es un digno homenaje al maestro español, incluso por hacerlo en una sala tan prestigiosa como la Juan Ruiz de Alarcón, por lo general destinada a profesionales largamente acreditados.