FICHA TÉCNICA



Título obra El cuchara de oro

Autoría Jorge Galván

Dirección Jorge Galván

Elenco Zaide Silvia Gutiérrez, Javier Escobar, Martha Papadimitriou, Rodolfo Arias

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “El cuchara, entre costumbrista y didáctico”, en Tiempo Libre, núm. 1069, 2 noviembre 2000, p. 24.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El cuchara, entre costumbrista y didáctico

Bruno Bert

Se estrenó en el teatro Casa de la Paz una obra del dramaturgo nacional Jorge Galván, preocupado no solamente por la escritura sino por otros muchos aspectos del teatro; un luchador por la madurez y vigencia de nuestros productos escénicos y la estrecha relación que considera éstos deben tener con la realidad del entorno, tanto contemporáneo como histórico.

La obra se llama El cuchara de oro y el tema es el machismo del mexicano y su necesaria contraparte la actitud protestona pero sumisa de la mujer que lo permite y posiblemente incluso lo disfrute, con no poco masoquismo. Por supuesto es el entorno social el que propicia esta relación, por lo que en última instancia la obra de Galván va dirigida a la señalización de ese espacio tantas veces mencionado pero por desgracia aún vigente entre nosotros: la familia en la estructura social. Esta raíz política posiblemente sea una de las razones del apego al naturalismo apenas matizado que Galván muestra en su escritura, incluso también en la puesta en escena, ya que asimismo adopta el papel de director.

La anécdota gira alrededor de la vida y la muerte de Primitivo, un albañil de gran habilidad que después de 25 años de trabajo recibirá como premio La cuchara de oro, y tres de sus mujeres —aquellas que le han dado hijos—, que constantemente le reclaman exclusividad a través del abandono de las otras y un legal casamiento. Ronda por ahí el alcoholismo, la violencia, un cierto grado de corrupción, la visión del extranjero que menosprecia al nativo al estilo de los emigrados de hace un siglo y un sentido didáctico-moral que permea toda la obra y se hace más evidente en la elección de las acciones finales donde, al igual que las famosas prostitutas de Zolá o de Gamboa, el protagonista será castigado a partir del punto de su "pecado" y orgullo.

Puede que en muchos momentos nos recuerde el teatro de denuncia no panfletario de las décadas pasadas. Es mucho menos obvio que éste, con más cualidades, pero con similares raíces. Una escritura tal vez puesta demasiado al servicio de una vocación ideológica que se transparenta a través de la historia soporte. Un teatro de acciones que sirve para pasar ideas más allá de lo que implícitamente se halla en cualquier otra obra. Pareciera que hubiera una conciencia de esto por parte del autor, que encara una cierta lucha con esa parte de sí mismo que aquí asume la dirección. El que crea las imágenes en el espacio, el que se apropia de las ideas y sugerencias y las transforma en movimiento, se muestra como queriendo amortiguar, así sea en parte, ese efecto "didáctico". Entonces el director recurre a ciertos rompimientos y a una propuesta escenográfica (creación de José Luis Aguilar, también responsable de la iluminación) que oscila entre el naturalismo más acentuado y una síntesis con ciertos efectos casi simbolistas.

El trabajo de los intérpretes —ocho actores en escena— tal vez sea uno de los puntos flojos. Y no porque no existan excelentes nombres, baste mencionar a Zaide Silvia Gutiérrez o Martha Papadimitriou como ejemplos. Sólo que la aparición en ciertos momentos del melodrama descarnado (como la primera escena), en lugar de provocar empatía, que imagino es lo buscado, nos distancian por la estridencia y la superficialidad. Nos cuestionan el manejo de actores, nos llevan a un teatro envejecido sin pasar por una crítica irónica del mismo o rescatar lo que se considere todavía vigente de ese estilo. Más bien cargan de una ingenuidad artística al producto. Creo que toda la obra es un combate entre una forma que ya se fue y otra que no termina de nacer al interior de este creador. Es como si El cuchara de oro intentara ser un puente entre dos propuestas estilísticas por parte de Galván, pesando todavía prioritariamente el naturalismo con lo que de redundante o simplificador pueda cargar, sobre todo porque se dejan ver intentos de soluciones distintas, de brechas hacia otros caminos estéticos, que no logran cuajar.

De todas maneras creo que es siempre refrescante en una cartelera en donde las preocupaciones sociales muchas veces no existen, encontrar a alguien que habla de nuestro alrededor, de las taras fácilmente reconocibles de nuestra cotidianidad. Creo que hay por parte de todo el equipo un claro intento de compromiso tanto social como artístico. Las limitaciones son parte también de este esfuerzo.