FICHA TÉCNICA



Título obra La controversia de Valladolid

Autoría Jean Claude Carrière

Dirección Rosamarta Fernández

Elenco Raúl Adalid, Farnesio de Bernal, Ángeles Cruz

Espacios teatrales Teatro de las Vizcaínas

Referencia Bruno Bert, “Montaje naturalista de una controversia”, en Tiempo Libre, núm. 1067, 19 octubre 2000, p. 39.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Montaje naturalista de una controversia

Bruno Bert

Con frecuencia el hombre ha discutido —y de manera pretendidamente te seria— si los otros, los que están más allá de su propia cultura, hacen realmente parte de la raza humana o si son seres inferiores, no merecedores de la libertad ni de los bienes que poseen. Es la doctrina que en nuestro siglo ha recibido el nombre de fascista y que llenó de cadáveres los hornos nazis, pero que en realidad existió desde que el poder ha ambicionado conquistar a otro grupo en cualquier pueblo y época de la humanidad.

Dentro de este contexto ideológico se dio en España, en el primer siglo de la evangelización, el debate correspondiente sobre los indios americanos. Lo promovieron la Iglesia y el Rey, alarmados por las matanzas inauditas que se producían en las nuevas tierras y que diezmaban a las poblaciones locales. No era sencillo, sin embargo, tornar una decisión, porque declararlos humanos, "hijos de Cristo" en igualdad de condiciones con los españoles, podía significar un relativo freno al genocidio, pero también el posible derrumbe de la estructura económica que se estaba organizando, basada en la explotación y la esclavitud.

Esto fue llevado al teatro por el escritor jean Claude Carriere con el nombre de La controversia de Valladolid, y ahora se montó en nuestra ciudad bajo la dirección de Rosa Marta Fernández. El texto está estructurado como una "controversia" y por lo tanto carece casi de acción: tres personas que discuten en la sala capitular de algún convento, y la eventual irrupción de algún personaje de apoyo. El texto lo es todo y los actores deben soportarlo, es decir, ser soporte del mismo con la mayor eficacia posible. Un teatro de ideas, podríamos llamarlo utilizando viejas terminologías, que está construido con la habilidad de un buen dramaturgo convencional, con una estructura bastante sólida, con un buen manejo climático y su hábil zigzagueo hasta el toque de sorpresa final, que sin embargo es absolutamente fiel a los sucesos históricos. Por su puesto, la analogía con hechos que nos son contemporáneos es transparente, por lo que se vuelve doblemente interesante recordar aquellos sucesos del pasado y reencontrarlos, apenas travestidos, en tantos actos del presente.

La directora opta por un monta je absolutamente naturalista en un ambiente simplificado: una caja negra con algunos muebles que pueden sugerir época, trajes en la misma orientación y sentido, y un accionar de actores que no intenta comentar la propuesta del autor sino más bien encarnarla con fidelidad. El manejo de los intérpretes es fluido y el efecto global es el de una obra en donde la función didáctica y de denuncia aparece en un primer plano con toda claridad aunque no asuma un carácter brechtiano sino empático y directo.

Los protagónicos están en manos de Farnesio de Bernal, en el papel del delegado pontificio; Erando González como Ginés de Sepúlveda y Marco Antonio García como Fray Bartolomé de las Casas, el gran defensor de los pueblos indios. Los tres tienen un excelente nivel de trabajo, convencen en su hacer, son portadores de ideas y posturas que expresan de manera hábil y con claridad, en fin, logran los objetivos que les impuso la dirección. Los demás, unos seis, inciden con mayor o menor fortuna, y a éstos se les suman otros ocho, prácticamente inmóviles, que bien podrían haber sido sustituidos por muñecos, pinturas o simplemente eliminados.

La sensación final es la de un teatro correcto y eficiente al servicio de un aparato didáctico pensado para enseñar al gran público. Y esto, a pesar del esfuerzo del equipo, le quita un poco de vuelo, lo escolariza, con lo que puede redundar de ilustrativo en lugar de avanzar por la creación y la polémica. Se le ve bien, se le disfruta, pero no más que cuando vamos a una buena función profesional en la escuela de nuestros hijos. Existe también un pequeño problema técnico: los laterales de la sala dan a dos calles y tienen ventiletes por donde se filtra el ruido de los motores, vendedores de camotes y otras cosas por el estilo. Por respeto a los actores y a la obra, por no mencionar al público, sería bueno que se insonorizara como cualquier otro teatro convencional del mundo.