FICHA TÉCNICA



Título obra Las manos sucias

Autoría Jean Paul Sartre

Grupos y compañías Compañía Mexicana de Comedia Proa

Espacios teatrales Teatro Caracol

Notas Con motivo de el estreno de Las manos sucias, el autor comenta sobre Jean Paul-Sartre y su obra teatral

Referencia Armando de Maria y Campos, “Hablemos ahora de Jean-Paul Sartre, con motivo de su obra Las manos sucias que estrena en español la Compañía Mexicana de Comedia”, en Novedades, 21 enero 1950.




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Columna El Teatro

Hablemos ahora de Jean-Paul Sartre, con motivo de su obra Las manos sucias, que estrena en español la Compañía Mexicana de Comedia

Armando de Maria y Campos

Yo bien quisiera –y Talía sabe que digo la verdad– hablar más de autores mexicanos, que de celebridades del teatro europeo o norteamericano, pero la fugaz actualidad ordena y el comentarista tiene que disciplinarse a hablar de lo que está pasando, y dejar para otro día el comentar lo que uno quisiera que ocurriese. Se hace necesario traer nuevamente a esta columna el nombre y la obra del gran autor dramático existencialista Jean-Paul Sartre, con motivo del estreno en español de su sombrío drama Las manos sucias, por la Compañía Mexicana de Comedia Proa, en el minúsculo teatro del Caracol. Hablemos, pues, por penúltima vez, de Sartre, del que siempre hay cosas nuevas y curiosas que decir.

Se esperaba que el estreno en español de Las manos sucias –ya fue representada esta pieza en francés, por el grupo de André Moreau, en La Casa de Francia (sala Molière, diciembre de 1949)– coincidiera con la anunciada presencia de Sartre en el Congreso de Filósofos que está a punto de concluir como el clásico rosario de Amozoc mexicano, pero Sartre prefirió quedarse en el Café de Flora, a pocos minutos de la plaza de Saint-Germain des Pres, de París. Echando a volar la imaginación lo que podríamos ver –un hombre de estatura mediana, robusto, con anteojos con armazón de carey, sobre cuarenta o cuarenta y cuatro años de edad–, al fundador y profeta de la más comentada filosofía de estos tiempos, y a uno de los más discutidos en todas las lenguas, escritores y dramaturgos. Antes de escribir cuentos, novelas y dramas de una amargura tremenda, ya era Jean-Paul Sartre un filósofo discreto, mal pagado profesor de filosofía –todavía no la suya– en cierto modesto Liceo de París. Hijo de un oficial naval francés, era ya, un ambicioso literario. En 1939 publicó su novela La nausée, y en 1939 apareció un volumen de cuentos cortos, suyos. Ambas obras fueron recibidas, si no con desdén, sí con indiferencia. Entonces, sobrevino la guerra...

Sartre, como todo buen francés, sirvió como soldado en el ejército de su patria; pero por poco tiempo, porque tuvo la desgracia –¿o sería una fortuna para el logro de sus ambiciones literarias y filosóficas?– de caer prisionero de los alemanes durante el colapso de junio de 1940. Fue internado en campo de concentración alemán, y durante los nueve meses que permaneció en él escribió las primeras ideas que más tarde habían de fundamentar la vieja novedad de su filosofía existencialista. Durante esos nueve meses de humillante cautiverio formó los apuntes de la que había de ser su principal obra filosófica, L'etre et le néant, o sea La existencia y la nada, fabuloso tomo de cerca de 800 páginas, del que muchas aseguran que nadie, excepto, tal vez, el linotipista que "lo paró" y el corrector de pruebas que lo examinó en "galeradas", ha llegado a leerlo hasta su última página.

Ya se sabe ahora que la filosofía sartreana no es nueva. No hay para qué citar a Kierkegaard, ni a Heidegger. Basta con recordar a Descartes: "Pienso, luego existo", para llegar por vía ancha a Sartre: "Actúo, luego existo". Desde antes de que concluyera la guerra se empezó a hablar muy en voz baja, misteriosamente, de la nueva filosofía, y esto se explica, porque Sartre prestaba servicios muy activos en el Frente Nacional o sea el ala izquierda del Movimiento de Resistencia Francesa. Si se agrega que Sartre escapó milagrosamente de la muerte en varias ocasiones, se explica más que concluida la guerra el nuevo filósofo empezara a ser discutido. ¿Qué es el existencialismo, se preguntaban el aristócrata y el intelectual, el burgués y el obrero. Es una filosofía basada en la energía pura. "El hombre es libre de actuar, pero debe actuar para ser libre". Si no sabe, o no puede, obrar noblemente en la vida, se encontrará a su muerte detrás de una puerta cerrada (Huis clos), en un círculo vicioso de angustia eterna, de desesperación sin fin. En conclusión: es sólo cuando el hombre muere, que su carácter emerge: es decir –hay que usar una frase de Sartre– que "la existencia precede a la esencia". Una teoría absurda, contraria en todo al Eclesiastés...

El estreno de Huis clos –ya conoce el público de México esta pieza– hizo a Sartre famoso en menos de veinticuatro horas. No importa que días antes se dijera de los libros de Sartre "son una transcripción de la vida mental de la gente innoble, una asquerosa mixtura de pretensiones filosóficas, ensueños equívocos, tecnicismos fisiológicos, intenciones mórbidas y erotismo vacilante; en suma, un embrión introspectivo que uno tendría mucho gusto en aplastar". No importa, digo, porque la radiación por la BBC, de Londres, de Huis clos fue una especie de consagración sin fronteras, ratificada con su representación –con el título de Círculo vicioso– en el Arts Theatre, de Londres. Después vinieron otras obras de teatro –excelentes como teatro, algunas– La putain respectuese, Morts sans sepulcre, y Les mains sales, que ya medio entendimos en francés y que ahora vamos a gustar –¡es un decir!– en español.

El escándalo, el horror, persiguen a la obra de Sartre, y, como es natural, ambientan su teatro . En ocasión del estreno de La prostituta respetuosa en el teatro Antoine, de París, se propagó una tumultuosa publicidad cuando en una súbita explosión de pudor, brigadas de trabajadores parisienses prohibieron la "fijación de carteles en lugares públicos, a menos que la ofensiva palabra fuera borrada. Fue preciso que la tal palabra fuera rápidamente cubierta con tiras de papel... sobre las cuales el pueblo ya alegre de París, con el sprit que le caracteriza, fue escribiendo con crayón la enorme variedad de crudos y pintorescos sinónimos que en su opulento caló tiene para esa palabra, y que no son menos que los que nuestro Artemio del Valle Arizpe ha coleccionado en desuso y en uso en español desde los tiempos de Alfonso el Sabio hasta nuestros días. Otra vez, en función de estreno de Muertos sin sepultura, tantas personas se desmayaron durante las escenas de tortura, que fue preciso organizar y poner en activo toda una brigada de enfermeras para la siguiente representación. Si bien algunos críticos calificaron esta pieza como una deformación de los verdaderos sufrimientos de los maquisards, una mayoría sostuvo que esta era la obra más poderosa, realista y gráfica, que haya brotado de la guerra. Es verdad; qué distinto este drama estrujante, al dulce –y filosófico– melodrama de François de Curel Terre inhumaine, estrenado en París en 1922, y que nos diera a conocer Pierre Magnier con Gabriella Dorziat, en el teatro Arbeu, en 1923.

En Las manos sucias Sartre expone el problema del individuo intelectualmente puro y que busca elevarse por él mismo coordinando su concepción políticamente revolucionaria con la de la colectividad que le rodea. Pero de esto ya hablaré mañana, o pasado...

Y mientras lo extrañan los filósofos llegados a México de todas partes, Sartre, indiferente a todo lo que no sea su trabajo diario, vive tranquilo en París, durmiendo –me aseguran– en un hotel de mala muerte, y desenvolviéndose durante el día en los cafés –Café de Flora, Cafe des Deux Magots y circunvecinos– de la Plaza Saint-Germain des Pres, donde recibe a sus satélites y discípulos, prepara sus conferencias, escribe sus cuentos y planea sus obras de teatro, que en México esperan ansiosamente André Moreau y Álvaro Arauz, Pepe Aceves o Enrique Ruelas, Lola Bravo y Marta Elba.