FICHA TÉCNICA



Título obra Plagio de palabras

Autoría Elena Guiochíns

Dirección Elena Guiochíns

Elenco Teresina Bueno, María Renée Prudencio, Ricardo Lorenzana

Escenografía Juliana Faesler

Iluminación Juliana Faesler

Espacios teatrales Teatro Coyoacán

Referencia Bruno Bert, “Libertad de decisión”, en Tiempo Libre, núm. 1056, 3 agosto 2000, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Libertad de decisión

Bruno Bert

El nuestro medio son comunes las obras de tema gay, que en general (naturalmente hay raras y honrosas excepciones) resultan productos sumamente pobres, extraordinariamente complacientes y artísticamente nulos, supeditadas más al supuesto de un público cautivo que a una intención verdaderamente creativa y polémica. Ahora se está presentando una que podría entrar en esta categoría y que por su interés y cuidado hace parte de esas excepciones que mencionarnos. Me refiero a Plagio de palabras, de Elena Guiochíns, que se presenta dentro del ciclo de Teatro Mexicano de la Sogem.

En realidad la obra excede a una propuesta de aceptación de una elección homosexual, y se extiende un paso más para ilustrar una capacidad de libertad en el campo afectivo que está más allá de las limitaciones tradicionales. Que la pareja sea hombre o mujer resulta irrelevante, lo mismo que los dos sean contemporáneos en la vinculación en un juego de tres, que nos recuerda aquellas postulaciones sesenteras que entonces hicieron historia en las costumbres de la clase media. Porque a esa misma clase está dirigida esta obra y de allí proceden sus personajes: intelectuales y artistas mucho más preocupados por lo sicológico y afectivo que por cuestiones materiales inmediatas.

El tejido de fondo es el humor y el trabajo está planteado en tono de comedia. Algo que apela a la sonrisa y a la ironía y que es manejado con inteligencia sin pretender volverse un rollo metafísico o sociológico. Son apenas cuatro personajes: tres mujeres y un varón, y allí trenzaremos todas las combinaciones posibles, dando prioridad por supuesto, ya que se trata de una autora, a las relaciones lésbicas y al pensamiento y las conductas de la mujer sobre el asunto. En realidad no es lo anecdótico lo que interesa, sino los resultados de esos encuentros y desencuentros personales abriendo camino en las sensaciones de cada uno.

Lo interesante es que Elena Guiochíns no solamente compuso la obra sino que también la dirige, y la puesta contribuye en la precisión de su lenguaje a lo que ya se encuentra en el texto. No sucede lo que frecuentemente vemos en un autor puesto a manejar espacios, que es la lucha con su propio texto o el entronizamiento del mismo a costa de lo escénico. Aquí montaje y libreto van en una misma dirección, compartiendo virtudes y debilidades. Entre las primeras debemos marcar el hecho de no caer en la complacencia de los cuerpos desnudos para consumo del espectador; el no recorrer los lugares comunes del tema; el convocar a un humor sin degradaciones y el tener un trazo limpio y rápido que nos permite casi sobrevolar la obra. Entre lo más débil tal vez se encuentre el dar por sentados y compartidos ciertos puntos de vista, y el dejar en demasiada libertad a un conjunto de actrices y a un actor que rinden bien pero que posiblemente merecerían un mayor acotamiento.

Ellos son Teresina Bueno, María Reneé Prudencio, Rossana Barro y Ricardo Lorenzana. Todos se mueven con soltura y asumen con naturalidad la propuesta, pero sus trabajos permiten intuir que podrían generar perfiles más consistentes para cada personaje, que en estos momentos son apenas un trazo muy liviano en el espacio, sólo como para velar al actor en movimiento Juliana Faesler se encargó de la propuesta escenográfica y desgrava de peso al pequeño escenario del teatro Coyoacán, haciendo factible la resignificación constante del lugar a través de unas pocas cosas que casi siempre surgen del piso y vuelven a sumergirse en él.. La solución parece efectiva y pertinente a las situaciones y al texto, aunque a veces los materiales se muestran un tanto débiles y rebeldes a la manipulación de los actores.

En definitiva, parece que aquello que podemos encontrar como una manifestación de teatro gay ha ganado altura y calidad en manos de la mujer, con un producto que nos produce interés, nos permite sonreír y nos invita no tanto a polemizar sino a dejar de lado el arrastre de tantos prejuicios. No está mal para los tiempos que vivimos.