FICHA TÉCNICA



Título obra Cómo aprendí a manejar

Autoría Paila Vogel

Dirección Otto Minera

Elenco Rebecca Jones, Jesús Ochoa, Juan Carlos Vives

Escenografía Carlos Trejo

Iluminación Carlos Trejo y Xóchitl González

Espacios teatrales Teatro Lídice

Referencia Bruno Bert, “Vistazo al infierno”, en Tiempo Libre, núm. 1055, 27 julio 2000, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Vistazo al infierno

Bruno Bert

El tema del interés sexual de los adultos por menores, incluso niños, es muy antiguo, muy delicado y también absolutamente actual. Y más aun tratándose de vinculaciones interfamiliares, ya que prácticamente corresponde a las últimas generaciones el abrir a la investigación y al conocimiento público la caja terrible que resulta la familia en lo que hace a la corrupción y a la violencia, en contra cara con la imagen idílica a la que siempre se nos acostumbró. Y abordar este triángulo de niño/ familia/ sexo en arte es algo especialmente complejo, por eso me interesó ver que proponía Paula Vogel, una muy premiada dramaturga norteamericana, a través de Cómo aprendí a manejar una obra traducida y dirigida por Otto Minera.

Ella toma, de una manera bastante cinematográfica en cuanto estructura, las memorias de una mujer de alrededor de cuarenta años que recuerda su infancia y adolescencia —entre los 11 y los 18 años— periodo durante el cual es asediada por un tío que la desea.

La propuesta se conforma por una serie de escenas y luces que muestran a la familia (no más repugnante que muchas otras que tratamos a diario como normales), la incomprensión, la soledad de ese ser en crecimiento, y al tío de marras, un alcohólico con periodos de abstinencia que no sólo la desea a ella sino que también puede sentirse atraído por varones de igual edad que la protagonista, a los que maneja con la misma intención de secreto y ocultamiento.

La habilidad de la escritora está sobre todo en aligerar la trama, de por sí sumamente densa, comparando toda esta problemática con el manejo de un carro. Y así, el deseo de velocidad, los conocimientos técnicos, la temperatura del motor, e infinidad de detalles más se vuelven un metalenguaje de acciones y palabras —el coche aparece como una constante en la escena— que tiene el doble sentido de complementar y distanciar lo más chirriante del asunto. Una estructura narrativa ágil y bien engarzada en sus partes. Es importante que se haya hablado del tema y en un teatro, pero creo sin embargo que, a pesar del rosario de distinciones recibidas, con Pulitzer incluido, Cómo aprendí a manejar es un producto que no se atreve a llevar hasta sus últimas consecuencias ninguna de las dos posibilidades que propone: ni la de sumergirse hasta el fondo en la negrura que constantemente se asoma; ni la de estallar en una comedia capaz de hacer volar todas las ideas preconcebidas que teníamos sobre el asunto y deslumbrarnos con el resultado. Es más, creo que todos los premios proceden de esa "incapacidad", que en definitiva nos entrega un producto medio, con su filo temático atractivo, que puede ser comercializado sin problemas, hecho nada desdeñable para un buen sector del teatro norteamericano.

La dirección va a la zaga de la autoría. Otto Minera intenta sobre todo que la presencia de la autora sea clara y que su obra llegue al público con todo lo que ella contiene. No innova más allá de lo que la letra propone y da a los actores la posibilidad de un manejo discreto y a velocidad media. Puede que haya juegos de imágenes proyectadas que le correspondan, pero un rayo intempestivo impidió que pudiera verlas el día tormentoso que asistí al Lidice.

Rebecca Jones es la protagonista. Buen trabajo, sobre todo verosímil, pero necesitado de un mayor impulso por parte de la dirección, para mostrar las fisuras y tensiones reprimidas por un ser como Cachito. A Jesús Ochoa le toca el papel del tío, y podríamos decir algo parecido a lo anterior, agregándole la necesidad de un mayor distanciamiento con la figura habitual que él genera en la escena. Resulta de muy buena veta el trabajo de Cecilia Romo, pero por momentos se sale de la línea que siguen los demás, generando como un personaje fársico de manejo casi autónomo. Juan Carlos Vives e Irene Azuela completan el elenco.

En definitiva, una obra que se asoma al infierno pero que pretende que pasemos un buen momento. A veces lo logra, pero a costa de su propia densidad, ya sea para la carcajada o para la vergüenza.