FICHA TÉCNICA



Título obra Sala de espera

Autoría Benjamín Gavarre

Dirección Alejandro Ainslie

Elenco Rodrigo Murray, Bertha Vega, Concepción Márquez

Escenografía María Elena González

Vestuario María Elena González

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Puesta que no levanta”, en Tiempo Libre, núm. 1054, 20 julio 2000, p. 22.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Puesta que no levanta

Bruno Bert

Vida pensada como una "sala de espera "indudablemente puede tener distintas interpretaciones ideológicas. La más tradicional, naturalmente, será la cristiana, sobre todo en su raíz medieval, en donde el vivir es sólo una etapa hacia esa eternidad temida de cielos e infiernos que decidimos a través de la calidad de nuestras acciones. Pero puede haber otras alternativas más contemporáneas y bastante menos metafísicas. Es el caso (supongo, porque puede dar a más de una interpretación) de la obra de Benjamín Gavarre que llevó a escena Alejandro Ainslie en La Gruta.

Aquí el autor, al que no conozco pero que por su escritura imagino de alrededor de 35 años, más bien parece nutrirse de las vertientes de la literatura, tanto narrativa como dramática, de los últimos veinte años, con las raíces sobre todo Becktianas que ésta maneja.

Nos plantea literalmente una sala de espera de cualquier oficina posiblemente pública, donde un conjunto de personas llena interminables formularios para obtener no se sabe bien qué, pero en primera instancia seguramente la aprobación de los que los someten a esta reiterada, absurda y frustrante ceremonia. Un jefe que aparece y desaparece periódicamente, una empleada burocrática y caprichosa y media docena de amigos empeñados en la tarea, constituyen todo ese mundo. No deja de resultar extraño que los presentes se conozcan entre sí de toda la vida y no haya desconocidos. Constantemente hacen referencia a acciones y sucesos del exterior que plantearon y vivieron en conjunto, generalmente de manera bastante morbosa o sádica. Por momentos llegamos a pensar que, al estilo Sartre, todos están muertos, en el sentido más literal del término, y que esperan —a partir de la presentación de sus antecedentes— una decisión superior en relación hacia donde serán enviados. Pero el final parece desmentir esta tentación metafísica.

Sea como sea, es un conjunto de gente sometida al displacer, al recuerdo y a la arbitrariedad del poder. De allí que cada uno construya lo que quiera. El caldo de cultivo para la imaginación parece fértil. Sin embargo hay algunos inconvenientes. A nivel dramatúrgico el texto es de muy poca riqueza y muy baja sugestión. La recurrencia a diálogos cotidianos intrascendentes y truncados, la reiteración de situaciones dramáticas, la falta de vuelo para plantear la imposibilidad del mismo vuelve bastante plano el trabajo, y en lugar de despegarnos hacia la angustia nos arrincona en la observación de situaciones previsibles y estancadas.

Frente a esto, el director opta por una construcción no naturalista, con una ambientación mixta bastante pobre, pan contraponer el valor de lo dicho en el plano verbal con la imagen, que supone la simbolización de la acciones. Ver esto un rato nos recuerda aquellas obras que a partir de los sesenta denunciaban la alienación formando como cadenas de montaje de trabajos imaginarios. Es formalmente nostálgico Pero el camino por aquí es breve y sólo puede ir hacia el estallar del contenedor dramatúrgico potenciando las imágenes de los cuerpos hasta el máximo o caer en la repetición y en el exceso de lo verbal en un marco de un lenguaje teatral muy limitado. Ainslie intenta incorporación de proyecciones de video, para integrar ese plano exasperante e imaginativo que se escapa de la escena. Pero lo resultados no logran levantar el nivel de la puesta.

El trabajo de los intérpretes pareciera no tener un criterio de unidad. Y así si la recepcionista es una especie de cliché, algunos actores intentan en cambio el camino de una verosimilitud cotidiana otros se disparan hacia una exacerbación constante, mientras que la madre avanza por senderos totalmente distintos. No resulta claro el porqué de tantos estilos dentro de una misma estructura. Entonces, no estoy condenando las actuaciones sino que no me parecen contenidas congruentemente Interesante el cambia del diseño sonoro de Mariano Cossa.

En definitiva, que aquello que podría haber sido una interesante propuesta, con un algo de nostálgico y bastante de contemporáneo, parece perderse entre dificultades. Un texto pobre, una ambientación casi de emergencia y un a dirección que hace lo posible pero que se dispara sin lograr la unidad creativa del conjunto y un grupo de actores muy desiguale; que por sí solos no resultan suficientes. Una pena, porque he visto algunos trabajos de Ainslie mucho más consistentes sugestivos.