FICHA TÉCNICA



Título obra El caso del doctor Caligari y el ostión chino

Autoría Hugo Hiriart

Dirección Antonio Castro

Elenco Rodrigo Murray, Jorge Zárate, Clarissa Malheiros

Escenografía Nicholas Locksmith

Iluminación Víctor Zapatero

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “Territorio de la fantasía”, en Tiempo Libre, núm. 1052, 6 julio 2000, p. 24.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Territorio de la fantasía pura

Bruno Bert

La literatura de Hugo Hiriart —tanto en la narrativa como en la dramatúrgía— es completamente anómala en nuestro medio. Es como una isla que puede reconocer terrenos cercanos pero que mantiene su independencia, tanto por intereses como por la forma que éstos toman a través de las palabras.

Hay constantes, y ellas nos sirven como puntos de orientación dentro de su territorio. La primera tal vez es el sentido del humor. Un humor personal que no tiende a la carcajada sino a la sonrisa que brota frente a la complicidad. Es una literatura (o un teatro, en este caso) escrito para aquellos que son capaces de reconocer los componentes sutiles que se hallan en la receta del banquete que nos está sirviendo el autor. Porque en definitiva él se comporta como un anfitrión que cocina para nosotros pero que exige que el invitado sepa apreciar los sabores, a veces sorpresivos, de cada uno de los platos.

Otra, es la valorización de la aventura como hábil estructura portadora. Sus obras recuerdan a Salgari o a Verne, con sus expediciones, descubrimientos y fascinaciones exóticas, donde la realidad se transfigura. O truculentos policiales que, como en este caso, incorporan la figura de la feria de hace un siglo y a los personajes pesadillescos de Caligari o Césare. Seres de ficción de cuando la ciencia era representada por grandes aparatos de monumentales engranajes y arcos voltaicos cruzando el aire al estilo Frankenstein. Es decir, que la ficción abierta y el sabor a lo antiguo es materia esencial de la obra de Hiriart.

En general ha montado él mismo sus trabajos, pero éstos lucen más cuando (y éste es el caso) los toma un director que puede distanciarlos del origen y jugar con ellos. Hecho fundamental este último, porque la ludicidad del material es otro de los componentes que debe brillar en todo su esplendor cuando se pone una obra de este dramaturgo.

Bueno, la cuestión es que —vía Cervantino y Casa de la Paz— podemos todavía ver las últimas funciones de El caso del Doctor Caligariy el ostión chino, bajo la dirección de Antonio Castro. Ya el título lo dice todo en función de lo que comentábamos recién. Las puestas de obras de Hiriart exigen una gran limpieza en la construcción escenográfica y el manejo del espacio escénico. A él le fascinan los juguetes y las marionetas, y cada objeto y actor se vuelve eso en un espacio que es territorio de la pura fantasía. Aquí Nicolás Locksmith se encarga de este rubro y lo hace con gran pertinencia, porque deja el margen necesario para que cada cosa se halle incorporada a la narración y al mismo tiempo funcione como objeto independiente, capaz de sorprendernos por su valor propio.

La fragmentación es otra de las marcas de autor que el trabajo asume. Y en la valorización de ese espacio juega buen papel Víctor Zapatero, que a través de la luz nos entrega esa mezcla de expresionismo y novela negra que pide este azaroso Caligari a través de sus aventuras de encarnación y estafa donde lo sublime y lo miserable se aúnan constantemente.

Excelente el trabajo de los actores: Jorge Zárate asumiendo al fáustico doctor, Rodrigo Murray en un sonámbulo que aquí se llama Toma-sito y Clarissa Malheiros como una extraordinaria Artemisia. En realidad todos juegan el papel de todos, más el del propio ostión chino, ser fabuloso e informe, pero eso es un dato que tiene que ver con la trama y mejor lo dejamos en oscuridad, que no por nada se trata de una especie de novela policial-filosófica en donde importa no adelantar el final.

Cabría hablar de las debilidades del trabajo y de la propia obra de Hiriart, que las tiene, claro. Pero creo que aquí no es válido porque lo que se propone, a mi entender se logra ampliamente: pensar, jugar, compartir. Y no es poco por cierto, sobre todo apelando a un lenguaje muy personal que niega las concesiones justo cuando parece estar haciéndolas. Entiendo que guste a algunos y fastidie a otros. Todo lo que mantiene una identidad logra conectarse con lo que es afín y distanciarse con lo demás. Un problema de complicidades como decíamos al principio, de las buenas complicidades que puede generar el teatro en particular y el arte en general.