FICHA TÉCNICA



Título obra Medea

Autoría Eurípides

Dirección María Muro

Elenco Marta Aura, Socorro Avelar, Fernando Jaramillo

Escenografía Octavio Vázquez

Iluminación Simón Guevara

Música Tania Govea, Violeta Ortega, Eloísa Medina

Vestuario Octavio Vázquez

Espacios teatrales Teatro Sergio Magaña

Referencia Bruno Bert, “Una Medea pesada y lenta”, en Tiempo Libre, núm. 1051, 29 junio 2000, p. 22.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Una Medea pesada y lenta

Bruno Bert

El Instituto de Cultura de la Ciudad de México ha decidido promover a los clásicos griegos, pero para ser justos habría que decir que hasta ahora estableció un contrato en exclusiva con Eurípides, del quien ha llevado a escena Ifigenia en Tauride, Las BacanteMedea.

La adecuación dramatúrgica y la dirección están en este caso en manos de María Muro, y Marta Aura asume el papel protagónico.

"Lo feo es hermoso y lo hermoso es feo", dice Shakespeare en un parlamento de las brujas de Macbeth. Creo que esta frase, que por supuesto es algo más que un simple juego de palabras, podría sintetizar a Medea, una de las obras más difundidas de este autor griego y que más ha influido en la literatura posterior, recogiéndose versiones de esta historia aún en pleno teatro del siglo XX.

Los griegos contemporáneos a Euripides conocían perfectamente las alternativas anecdóticas del personaje pero, dados a apreciar el juego de alternancias entre lo racional y la pasión, siempre tuvieron en muy alta estima la imagen de esta mezcla de mujer y semi diosa, despreciable en sus actos criminales, pero única por el valor con el que supo defender lo que creyó le pertenecía, más allá de todos los costos y censuras de carácter moral.

Como en otros trabajos, Euripides tiene un especial cuidado en la construcción sicológica del personaje central femenino, lo que hace que parte de su postura y reacciones de defensa hacia el hombre que ama y por quien se siente usada, adquieran una resonancia muy contemporánea. Esto incluye a ese juego de contradicciones que provoca que mucho del dolor que causa a otros se refleje en ella, transformándose a través de sus actos simultáneamente en víctima y victimaria.

Asumir el montaje de este trabajo presenta varios desafíos, el principal de los cuales es evitar, queriendo actualizarla, transformar la tragedia en un melodrama; o caer en un didactismo representacional que nos aleje de la emoción y nos aburra en un intento de capturar la dignidad y grandilocuencia que suponemos tiene un "espacio clásico".

Octavio Vázquez, responsable del concepto espacial y del diseño de vestuario, nos presenta un ámbito que puede recordar las columnas griegas que simbólicamente representaban en la escena de entonces la entrada a un templo o un palacio; pero con un manejo y una ubicación más orientadas hacia las experiencias contemporáneas que intentaron en las primeras décadas del siglo Craig o Piscator. Sólo que con muchos menos recursos y por ende también con un reducido margen de soluciones eficaces en lo estético y lo dramático. Entonces, nos hallamos en primer término con un contenedor espacial tal vez sugerente pero muy limitado.

El concepto de puesta intenta evitar las acciones en escena y fieles posiblemente al original, todo se narra o se discute. Aquí surge el problema de un estatismo de carácter hierático que vuelve fatigosa la representación una vez que empieza a reiterarse. Esto se complica con el coro, que ya en el texto mismo de Euripides, es bastante excéntrico en sus intervenciones, quedando como muy desfasado del desarrollo global de la anécdota. De esta manera toda la puesta es como un animal sagrado, pesado y lento que se deja caer a cada instante, creando imágenes bellas pero distantes y reiterativas.

Los actores, estilísticamente, intentan ocupar una estrecha franja entre el naturalismo escénico (más en los protagónicos, muchísimo menos en el elemento coral) y una dimensión casi pictórica y operística que a veces logra momentos muy interesantes y en otros corre el riesgo de provocar la sonrisa. ¿Los actores griegos, cantaban sus textos, los hablaban, los recitaban...? Hay muchas versiones al respecto y lo que vemos aquí no siempre logra una línea clara y decidida. Indudablemente hay seriedad en el trabajo, hay búsqueda, pero los resultados son muy desiguales.

Marta Aura alcanza momentos de gran interés, pero no está suficientemente sostenida en ese peligroso juego de equilibrio y su tono trastabille a veces hacia cualquiera de los dos márgenes. Así y todo, logra un interesante versión de este potente personaje, ya prácticamente arquetípico. Juan Carlos Remolina es Jasón, en una línea más cercana al manejo directo de emociones, mientras que Honorato Magaloni asume a un Creón de corte más clásico. Los demás, oscilan según los momentos. Interesante el trabajo de las percusionistas que en vivo nos van tejiendo un comentario sonoro casi como un segundo coro.

En definitiva, un trabajo que puede verse con placer a pesar tal vez de algunos tropiezos en la concepción.