FICHA TÉCNICA



Título obra Sueños de un seductor

Autoría Woody Allen

Elenco Adal Ramones, Ana Patricia Rojo, Juan Carlos Colombo

Espacios teatrales Teatro Silvia Pinal

Referencia Bruno Bert, “Puesta sin esfuerzo de un seductor”, en Tiempo Libre, núm. 1049, 15 junio 2000, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Puesta sin esfuerzo de un seductor

Bruno Bert

Woody Allen brilló en los sesenta como el heredero natural de una larga y muy fructífera línea de cine cómico americano, pero también como parte del grupo que destruyó la tradición de que sólo los "lindos" de nombres muy artificiales eran los que podían tener éxito. En el doble sentido: con las mujeres y con el público.

El impuso descaradamente la fealdad, la torpeza, la timidez y hasta la obsesión por lo sexual como parte de un encanto que se desbordó sobre todo en aquellas películas donde el humor predominaba. Y en esa época fue cuando estrenó en teatro Sueños de un seductor. Por supuesto el personaje era corno un alter ego de él mismo, como casi siempre en su producción; y H. Bogart, llamado aquí como referente del hombre duro que maneja a las mujeres a bofetadas, estaba todavía muy fresco en la memoria de todos, ya que sus éxitos eran apenas veinte años anteriores.

Mas el tiempo ha pasado. Treinta o treinta y cinco años en arte es una eternidad.

Hoy podemos ver una versión más de este trabajo a manos de Adal Ramones en el triple papel de productor, director e intérprete principal de la obra. Naturalmente, ha sembrado el texto de pequeñas actualizaciones para poder hacerlo contemporáneo, pero la sensación es que los sesenta eran el prisma natural, dentro de un rompimiento de esquemas de comportamiento que hoy ya hace rato han dejado de existir. Es decir que aquello que resultaba audaz, picaresco, novedoso, al paso de las generaciones se vuelve un poco adocenado y como recurso de un teatro comercial muy previsible.

La obra, a mi gusto, ha envejecido y aunque sirva igualmente para despertar la sonrisa, ha cambiado la originalidad por el recurso y la frescura por un comportamiento actoral de raíz televisiva.

Esta puesta en particular parece construida muy al vapor. No tengo idea del tiempo que les ha llevado elaborarla, pero es el concepto lo que parece apenas diseñado. Es como si cada uno hubiera aprendido rápidamente los trazos y los parlamentos y luego lo demás queda a manos de su propia experiencia personal y del cuidado de enmarcar siempre lo más claramente posible al papel y actor principal. No hay más, no hay matices, no hay juegos elaborados, no hay detalles... apenas si un cuidado para que el ritmo no decaiga. Woody Allen siempre se caracterizó por una alternancia muy delicada entre el homenaje al pastelazo y el juego sutil, el primer plano emocional, herencia de un Chaplin muy sabio que resulta ser su gran maestro en última instancia. Aquí se ha tomado toda la estructura, pero está vacía de la calidad que supo brindarle quién fuera su creador original.

Claro, puede bastarnos si nos conformamos con lo superficial, pero entonces entre la simplificación y los años que va cargando la obra lo que nos queda —que puede seguir produciendo risa— es sólo una sombra de aquello que se dio hace tres décadas. A pesar de sus momentos agradables y los recursos simpáticos, como la proyección doblada de la última escena de Casablanca al principio, o de la misma en vivo en el final.

A los actores no se les exige como tales, sino apenas como estructuras muy elementales para cubrir a los distintos personajes. A cada momento esa estructura se quiebra (en muchos pequeños errores perfectamente visibles: una botella que no se puede abrir, una puerta que queda abierta, el tubo de gas abandonado en el suelo, etcétera) y deja ver al actor al desnudo como en cualquier programa cómico de la televisión donde lo que importa es ver a ese actor en cuestión comentando la situación con sus compañeros, y no al personaje que representa. Y eso que también está involucrado un nombre como Juan Carlos Colombo, por ejemplo, al que hemos podido ver en algunos trabajos de envergadura. Adal Ramones, como Alan Felix, es ágil, dinámico, inteligente, pero extraordinariamente superficial y poco consistente. Los demás hacen lo suyo sin demasiado esfuerzo y con resultados muy medidos. Con eso y todo el público recibe el producto con bastante beneplácito.

En fin, Sueños de un seductor necesitaría para revivir con eficacia a otro Woody Allen, pero posiblemente si éste existiera se dedicaría a hacer una obra que le sea personal.