FICHA TÉCNICA



Título obra La casa del incesto

Autoría Georgina Tábora

Notas de autoría Basada en el original homónimo de Anaïs Nin

Dirección Hilda Valencia

Elenco Montserrat Ontiveros, Arturo Ríos, Emma Dib, Georgina Tábora, Rodrigo Vázquez

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Notas de Música Héctor Barbone / instalación sonora

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Bruno Bert, “Para admiradores de la Nin”, en Tiempo Libre, núm. 1044, 11 mayo 2000, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Para admiradores de la Nin

Bruno Bert

La figura de Anaïs Nin (1904-1977) entra a la historia de la literatura sobre todo a partir de su vida privada, de sus amistades con los famosos, de sus amores, de los círculos intelectuales en los que se movió y de la habilidad con la que manejó esa imponente tendencia a la mitomanía que la caracterizó. Claro, también escribió, bastante a decir verdad, y algunas de sus cosas —casi todas vinculadas a la actividad del subconsciente y el erotismo— tienen un cierto interés e indudables seguidores (sobre todo entre lasmujeres) que pueden incluso llegar al fanatismo. Pero también aquí es a través de lo íntimo donde se evidencia.

Por ejemplo, es de su Diario (¡¡de unas 45,000 páginas!!) de donde se han seleccionado las que integran los seis volúmenes que con ese mismo nombre andan en el mercado. Y son las peculiares declaraciones que en él hace y el tono que emplea lo que mantienen viva su fama y esa cierta aureola de transgresora que ella misma construyera tan cuidadosamente.

Ahora Georgina Tabora, la joven actriz y escritora mexicana, ha hecho una adaptación para el teatro de La casa del incesto, que se ha montado bajo la dirección de Hilda Valencia en un teatro del INBA.

El original es un material de raíz poética publicado en 1949, pero con una clara impronta de juventud que lo remonta seguramente a no más de mediados de la década de los 30, cuando la Nin estaba en pleno proceso formativo, fascinada por lo intrincado de las relaciones familiares y el sicoanálisis. De allí la frescura dolorosa de las imágenes del padre y el hermano, siempre bordeando la posibilidad del incesto, entendido aquí tanto en su vertiente directa e inmediata, como en su significación poético-simbólica e imagen literaria.

Pero aquí surge un pequeño problema: los textos de la Nin son pie-nos de imágenes... pero de imágenes literarias, que no necesariamente lo son también teatrales. Las primeras apelan a la imaginación y al ritmo de las frases, las segundas tienen a lo visual como soporte inmediato y lo sonoro y conceptual como acompañamiento. La dirección prácticamente anula cualquier acción escénica, sólo hay desplazamientos, miradas, alguno que otro enfrentamiento entre personajes, y esto en un espacio vacío, como una pequeña alberca metálica en la que cuelgan desde el techo algunas láminas de acrílico formando un breve laberinto.

Este ámbito, diseñado por Arturo Nava, nos sugiere otras posibilidades, bastante sutiles, de resignificación espacial, que no parecen explorarse en el plano concreto de la puesta.

Así, el peligro más inmediato es caer en un texto declamado, sobreactuado, no tanto por dificultad de los protagonistas, como por ausencia de otras alternativas de expresión en el montaje. Hilda Valencia apuesta a un diseño muy limpio, que vuelve al producto casi como un cuadro abstracto. Todo parece apoyado en los intérpretes, pero éstos no alcanzan para despegar la obra de un cierto tedio que va cubriendo el valor de lo dicho hasta borrar los perfiles y matices. Pensemos que la literatura de Anaïs Nin es tributaria de su época, sobre todo porque no alcanza alturas de creatividad personal, y se nutre de las tendencias del entorno, en circunstancias donde se acentuaba lo verborreico. Sus textos son abundantes, muchas veces incisivos, con giros poéticos muy logrados, pero sobre un mar de palabras e ideas que corresponden a otras voces má spotentes y a un tiempo de crisis que intenta justamente alejarse hacia el polo de la concisión y la aspereza verbal.

Los actores son Georgina Tabora, Emma Dib, Montserrat Ontiveros, Rodrigo Vázquez y Arturo Ríos. Como vemos un plantel muy sólido y probado entre los que se cuenta a la propia autora, ya que Georgina Tabora parte del texto de la Nin pero deja paso también a su propia voz, aunque siempre acordada al estilo de la escritora americana. Todas las partes suenan como apetecibles: la peculiar visión de la mujer, el trabajo de introspección que implica, la ardua construcción poética, la trama que propone... pero el camino desarma un tanto a la pequeña tropa y la batalla con los fantasmas da resultados muy desiguales. Indudablemente hay momentos deacierto, pero también otros dondenos perdemos y nuestra atención seextravía.

En definitiva, un material hecho con seriedad y bastantes tropiezos que posiblemente sea especialmente del agrado de los admiradores de la Nin.