FICHA TÉCNICA



Título obra Los árboles mueren de pie

Autoría Alejandro Casona

Dirección José Solé

Elenco Ofelia Guilmain, Leticia Calderón, Juan Ferrara, Luis Gimeno

Escenografía David Antón

Iluminación Ángel Ancona

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Bruno Bert, “Más que nada un un éxito taquillero”, en Tiempo Libre, núm. 1043, 4 mayo 2000, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Más que nada un éxito taquillero

Bruno Bert

España ha dado, durante el siglo XX, un puñado tal vez no demasiado numeroso pero sí muy importante de dramaturgos. Nombres como García Lorca,Valle Inclán, Buero Vallejo, Sastre y hasta el discutible Benavente, indudablemente hacen ya parte de la dramaturgia universal. Otros no alcanzaron este peso específico por la calidad de su escritura, pero sí un cierto éxito taquillero durante muchos años, aún fuera del territorio peninsular. Entre ellos podríamos nombrar, tal vez en primer término, a Alejandro Casona, de quien acaba de estrenarse Los árboles mueren de pie, una de sus obras más conocidas.

Casona (1903-1965) fue una figura muy controvertida, que desde el 37 dejó España por Latinoamérica terminando por radicarse en Argentina, donde permaneció hasta el 63, cuando volvió a su tierra, en la que sin embargo no tuvo mayor éxito con su última obra, a pesar del apoyo que le brindó el gobierno franquista, deseoso de encontrar una figura sustituta a la que ocupara durante décadas Jacinto Benavente.

El teatro de Casona —salvo algunas excepciones— se caracteriza por estar muy bien escrito y lograr una mezcla entre fantasía y realidad que combina la fábula con las buenas intenciones morales. Es un teatro que fue destinado —como el de Benavente— a las clases medias, que en su momento lo apoyaron calurosamente porque las reafirmaba en sus valores y también en su sentido del "buen gusto", siempre en equilibrio entre lo conservador y la protesta social justa pero inofensiva. Un teatro discursivo que debe ser asumido por nombres reconocidos de la escena, que habrán de lucirse con personajes compuestos expresamente para eso y para ellos.

Los árboles mueren de pie es de 1949, y ésta es la tercera versión que veo, luego de asistir a una en Argentina y a otra en España, con gran diferencia de tiempo entre ambas. Sin embargo las tres se parecen entre sí, porque en todos los casos fueron asumidas por directores que conocen bien el material y saben que no hay que alejarse demasiado de los mundos originales que le dieron vida para volver a probar el éxito, a pesar de los naturales cambios que se dan en el pensamiento y las costumbres a través de las generaciones.

Aquí, quien la lleva al escenario es el maestro José Solé, que tiene toda la experiencia del mundo en libretos como éste y logra el '`milagro" (junto con los actores, claro) de que buena parte del público termine aplaudiendo de pie una historia que seguramente será simpática pero que no contiene el más mínimo asidero de verosimilitud. Pero tampoco lo tienen la mayoría de las telenovelas, y sin embargo atraen a una audiencia entusiasta, seguramente muy superior a la de cualquier obra teatral.

El foro elegido es el correcto y las figuras convocadas sin duda las más idóneas para contar la historia de esta abuela fuerte como una jacaranda, que espera el regreso de un nieto 30 años después de su abrupta partida. A pesar de lo previsible de ciertas acciones y de lo incongruente de otras muchas, todo sucede muy suavemente, en manos no tanto de una razón que se muestra ausente, sino de las emociones que provienen de agitar ese ramo de tópicos que son el amor, la pareja, la familia, la bondad, la rectitud.... en un ambiente lujoso, cálido, impersonal, muy similar al que requiere buena parte de las llamadas "obras de sala" porque la acción siempre sucede en ella.

Los actores que componen el elenco están encabezados por Ofelia Guilmain, a la que el papel le va como anillo al dedo y moviliza la atención, la sonrisas y las lágrimas del público cuando quiere y como quiere. Con ella está Luis Gimeno, con no menos experiencia y habilidad escénica. La pareja joven la asumen Juan Ferrara y Leticia Calderón, con resultados muy aceptables dentro de lo que la obra pide. El elenco restante complementa perfectamente el espectáculo con una cierta necesidad de medida para Miguel Solórzano, el malo de la trama, al que hemos visto en papeles más interesantes y menos estereotipados.

En definitiva, Los árboles mueren de pie, con algunas adecuaciones que le han hecho al texto, sigue concitando el interés de ese sector del público para el que Casona la escribiera hace ya más de cincuenta años. Una obra muy flexible o un público muy reacio al cambio. Interesante.