FICHA TÉCNICA



Título obra Punto y coma

Autoría Margaret Edson

Dirección Susana Alexander

Elenco Ernesto Godoy, Amara Villafuerte, Susana Alexander

Espacios teatrales Teatro Ramiro Jiménez

Referencia Bruno Bert, “Puntuación correcta”, en Tiempo Libre, núm. 1041, 20 abril 2000, p. 16.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Puntuación correcta

Bruno Bert

El cáncer, como fenómeno científico, contiene un elemento paradójico: ese grupo de células que crece desordenadamente, provocando la destrucción del portador, está asimismo desafiando la genética que prescribe un número limitado de multiplicaciones celulares y luego la detención y la muerte. Ellas podrían seguir reproduciéndose infinitamente, y de hecho así lo hacen en laboratorio, con experimentaciones in vitro de pacientes que fallecieron hace casi cincuenta años. Aquí eternidad y muerte se eslabonan creando un misterio que aún no tiene explicación en el campo de la ciencia, ni cura en el espacio médico.

Y este mal es una de las principales causas de defunciones en nuestro tiempo. Es natural entonces que, tanto por la importancia material que tiene, como por posible sutileza filosófica, el teatro haya convocado ese tema. Se trata en este caso de Punto y coma (Wit en el original en inglés), de Margaret Edson, que aquí ha llevado a escena como directora y actriz Susana Alexander.

La nombrada es una autora norteamericana, que nació a principios de los sesenta y que con esta obra, ganadora del premio Pulitzer, se ha mantenido en la cartelera neoyorquina desde hace más de dos años. Esto nos significa un material con una cierta solvencia artística, capaz de reunir los componentes que han de atraer a un público de clase media informada, con posibilidades de pagar el boleto de una buena sala, pidiendo además un cierto plus de sustancia a su entretenimiento.

La anécdota se desarrolla en un hospital, donde una profesora universitaria de literatura inglesa de alrededor de cincuenta años se interna con un cáncer en estado terminal. Está construida como un monólogo directo al público, salpicado de escenas, con los demás actores tomando los distintos roles y momentos que hacen a la historia. El tema que desarrolla es esencialmente el contrapunto entre la vida y la muerte y la manera en que cada una pone justificación y medida en la otra. Como articulación se toma la poesía de John Donne, un escritor inglés contemporáneo a Shakespeare que, propio de la época, escribe sonetos con el tema de la muerte vencida. Un personaje bien elegido, comprometido en política y religión, con muchos y variados conflictos existenciales. El punto y la coma del título creado para la traducción al español hacen referencia a un cambio de significación de la poesía, y con ella del sentido de la muerte, a partir de la puntuación correcta del original.

Morir dignamente, tal vez incluso en soledad y en silencio, si los pasos que hemos dado en el tiempo que tuvimos fueron impresos con intensidad. El personaje de la obra descubre sobre la última hora que su vida no fue malgastada pero sí árida en sentimientos hacia los otros, y esa carencia es la que encuentra en el vacío alrededor de su cama al momento de partir. Sólo los médicos y la ciencia, que no le importa ella sino su cáncer, como ella misma no se interesó de la vivencia de las poesías estudiadas sino sólo de su interpretación erudita e intelectual. Un material de una fácil comprensión, con planteamientos metafísicos absolutamente aprehensibles por cualquier espectador, de ritmo muy ágil y una dirección sencilla pero muy clara y efectiva. Un espectáculo que apuesta a la dignidad y que es capaz de convocar un cierto humor a pesar que queda claro desde las primeras líneas que la protagonista ha de morir una hora y media después, sobre la conclusión del trabajo y de manera muy dolorosa.

Casi no hay escenografía, apenas unos biombos que van cubriendo o creando los espacios necesarios para las distintas escenas, casi todas ellas ambientadas al interno del hospital. También la luz está apenas esbozada como sistema de lenguaje, y prácticamente todo el peso de la obra está en la habilidad del autor y en la calidad de los actores. Naturalmente, en lo que hace a este último rubro, destaca ampliamente Susana Alexander, que además de la calidad con la que maneja todo el proceso, plantea la imagen de una calvicie, producto de la quimioterapia, y de un difícil desnudo, en absoluto complaciente, que cierra el trabajo de una manera muy eficaz y con una fuerte impronta emocional. La acompañan ocho actores, entre los que podemos mencionar a Ernesto Godoy y Aracelia Chivira como dos de los puntos más consistentes.

Digamos por último que el montaje está dedicado a Kitty de Hoyos, que falleciera de esta enfermedad hace muy poco tiempo. Un material muy digno de verse y un homenaje que lo enaltece.