FICHA TÉCNICA



Título obra La edad de la ciruela

Autoría Arístides Vargas

Dirección Marcela Aguilar

Elenco Teresa Rábago, Karina Jiménez, Olga González

Música Alberto Rosas

Espacios teatrales Casa del Teatro

Referencia Bruno Bert, “Ciruela teatral”, en Tiempo Libre, núm. 1039, 6 abril 2000, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Ciruela teatral

Bruno Bert

En la Casa del Teatro se está presentando un espectáculo mínimo, de un autor latinoamericano del que ya viéramos hace unos años Jardín de pulpos, que en aquel momento llevara a escena el Taller del Sótano. Se trata de La edad de la ciruela, de Aristides Vargas, que nos llega bajo la dirección de Marcela Aguilar.

El material es una combinación de escenas que va entre el diálogo y el monólogo, articulando, de una manera no lineal, los recuerdos de dos hermanas en relación a su familia y a su pasado. Los textos tienen esa característica muy propia de ciertos materiales de la época del boom de la literatura latinoamericana, de hace ya varias décadas, que hallaba su mejor forma de expresión en un realismo cargado de poesía, con frecuentes brotes hacia la memoria, la imaginación y la exuberancia de imágenes con una raíz mágica.

Un tipo de literatura que, al menos en sus mejores ejemplos, exige una participación emotiva e intelectual, mayor a la habitual, por parte del espectador, dejándole una sensación entrañable donde lo cotidiano se funde en un espacio sin tiempo. Todo pasa en alguna parte que, aunque se le dé nombre, permanece indefinida, como aflorando un sueño, algo así como aquellos espacios que muchos años antes de esta corriente creara Truman Capote en Otros ámbitos, otras voces, prefigurando Comalas, Santa Marías y Macondos... los universos al mismo tiempo reales e imaginarios que luego poblaron nuestro continente literario.

Estas características del material textual permiten asumirlo de manera no convencional. Es lo que hace aquí la directora (y Fermín Martínez, responsable del concepto espacial), liberando a las tres actrices que participan en el espacio físico de un foro sumamente pequeño pero que, carente de ningún tipo de escenografía, se vuelve una caja negra cuyas dimensiones quedan en manos de los intérpretes y son más bien de carácter sicológico. Es el tamaño de un recuerdo, que puede simultáneamente ser inmenso y caber en el cuenco de la mano. Pero entonces, la imaginación del que monta el trabajo debe sustituir con eficacia cualquier elemento físico: el cuerpo del actor es el universo que expresa. Y la experiencia de La edad de la ciruela vale como ejemplo para enfrentar ese desafío.

Por un lado convoca la presencia de una guitarra que interpreta en vivo: un valor sonoro, similar al de la palabra y tejiendo con ella, complementándola, sosteniéndola algunas veces. Excelente idea y buen resultado en su aplicación, que lleva a cabo con música original del propio intérprete que es Alberto Rosas. La otra parte es sólo el mundo que dibujan con su movimiento los actores. Un mundo ingrávido, puesto que no hay nada, salvo un par de sillas y eso no siempre. Y aquí es donde la experiencia da sus mejores momentos y también los más débiles: la escena primera o la de las bicicletas, por ejemplo, dan lo mejor de la capacidad de invención y la relación creativa entre los componentes del grupo. Algunas otras, en cambio —afortunadamente las menos— nos muestran qué sucede cuando forzamos las acciones sin una verdadera lógica de sustento, sosteniéndose apenas por esa gloriosa prepotencia laboral a la que el actor apela algunas veces.

Afortunadamente se cuenta con Teresa Rábago —a la que hacía tiempo añorábamos en nuestros escenarios y era figura fundamental del Taller del Sótano cuando éste existía— acompañada por Olga González y Karina Jiménez. Tres elementos muy distintos entre sí, de distintos niveles de experiencia, pero igualmente solventes y entregados al difícil juego que propone la dirección. Hay escenas —como el diálogo con la tía loca de la inverosímil peluca naranja— en donde el texto no parece ser abordado por el intérprete, sino nacer con él a partir de la vibración de su cuerpo en el espacio. Son un ejemplo de como el teatro —así, compartido a un par de metros con el espectador— es capaz de resistir, en su esencialidad, a todas las crisis y también a todas las transformaciones tecnológicas. Un cuerpo pequeño, de carne agridulce, el de esta ciruela teatral.

En definitiva, creo que se trata de un espectáculo que vale la pena ver, a pesar de los errores que contiene, fértil siempre en las preguntas que se formula.