FICHA TÉCNICA



Título obra Las visiones del rey Enrique IV

Autoría José Ramón Enríquez

Dirección José Ramón Enríquez

Elenco Antonio Crestani, Eugenia Leñero, Carlos Corres, Héctor Kotsifakis

Música Juan Luis Enríquez

Espacios teatrales Teatro Coyoacán

Referencia Bruno Bert, “Alegoría histórica”, en Tiempo Libre, núm. 1038, 30 marzo 2000, p. 25.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Alegoría histórica

Bruno Bert

El artista siempre utiliza las imágenes del pasado para hablar del presente, a veces implicitamente y a través de alusiones elípticas, como frecuentemente sucede cuando la censura política está vigente, y en otras de forma bastante abierta, como en este caso, en el que José Ramón Enríquez convoca a un viejo monarca castellano para mostrarnos su desencanto frente a nuestro futuro inmediato.

Me refiero a Las visiones del rey Enrique IV, que se está presentando en uno de los teatros de la Sogem dentro del ciclo de escritores mexicanos. Varias de las obras que conozco de este autor y director están directamente vinculadas con preocupaciones por el acontecer histórico-político, sobre todo de nuestro país. Pero ésta es la primera que veo impregnada de tan profunda nostalgia. Decía Borges que no hay-más paraísos que los que se perdieron. Y en esta caso doblemente, porque el lamentado no es el paraíso de los hechos, sino el de las posibilidades; de lo que pudiendo ser no fue y se lanza a un futuro remoto como señal de esperanza de que finalmente alguna vez se concrete. Y esa desiderata tiene que ver por supuesto con la tolerancia, la diversidad, el respeto y la vida, contra los contrarios que este neoliberalismo salvaje que nos toca por tiempo impone en todos los frentes.

Es un discurso que algunas veces se carga de ingenuidad y muchas otras de impotencia. De allí su afinidad con aquel Enrique IV, el hermanastro de Isabel la Católica, al que la historia (aquella que escribieron los que hubieron de vencerlo, claro) motejó como El impotente, refiriéndose tanto a su sexualidad como a su inhabilidad política.

Un rey homosexual, amante de moros y judíos; pacifista en los tiempos finales de la reconquista y sobre todo incapaz de doblegar a una nobleza feudal soberbia y rica, ni comprender la complejidad del marco político que brindaba Europa. El individuo perfecto para una alegoría histórica como la que plantea Enríquez, aunque no necesariamente un monarca a la altura de los tiempos imperialistas que se vislumbraban en la España de finales del siglo XV.

El espectáculo es escueto, casi privado de acciones escénicas, esencialmente poético-discursivo y con muy pocos personajes: el propio Enrique, un adolescente moro, esclavo y amante del rey; Beltrán de la Cueva, su valido y posible padre de la heredera real, Isabel de Castilla y finalmente un narrador o historiador del futuro que da la visión de los que compusieron las historias que hoy tomamos por válidas y lanza un nexo entre esa España y la de la generación siguiente, que habrá de masacrar a las civilizaciones del nuevo continente. No hay escenografía, el ámbito es neutro y oscuro y lo único que vemos, sobre una tarima, es un sillón, algunos almohadones y un par de pequeños objetos más: un rey abandonado, solitario y melancólico.

Creo que el esfuerzo creativo de Enríquez se desplaza aquí esencialmente al texto y al manejo de los actores, mucho menos que a una problemática de puesta. El clima y los comentarios se encuentran en manos de un músico —Juan Luis Enríquez— que, en vivo, interpreta algunos instrumentos y hace un uso muy eficaz de su voz, cantando, recitando, fungiendo como otro puente, no intelectual sino emotivo, entre el tiempo narrado y el nuestro Antonio Crestani es el rey. Interesante su desempeño, con momentos de gran contención, aunque casi siempre —el monólogo ante final es una excepción— sostenido sobre una misma cuerda tonal y afectiva. Creo que así lo pidió el director, dando la imagen de un perdedor, incapaz de cambiar las circunstancias de su entorno, pero eso tal vez afecta la empatía hacia las ideas del rey, demasiado vagas en tanto carentes de una fuerza que las vuelva socialmente válidas. Se insiste en exceso sobre que es "marica" y que su humanismo es como una consecuencia natural de su impotencia. La nostalgia por un discurso perdido en el presente, se transforma en blandura para defender aquello que ideológicamente es válido. Los demás —Eugenia Leñero, Carlos Corres, Hector Kotsifakis e Ilya Cazés— rodean con un desempeño siempre coherente y correcto la labor de Crestani. Especial mención merece el músico por la pasión y la precisión que emplea.

En definitiva, Las visiones del rey Enrique IV se nos dan como una muy válida alternativa de repensar el presente mientras reinterpretamos al pasado. Ejercicios ambos que aquí podemos ejercer dentro de un contexto poético de cuidada concepción.