FICHA TÉCNICA



Título obra Los endebles

Autoría Michel Marc Bouchard

Dirección Boris Schoemann

Elenco Jorge de los Reyes, Raúl Adalid, Rubén Castillo, José Juan Meraz, Constantino Morán, Raúl Méndez, Eduardo Ruy

Escenografía Mónica Raya

Iluminación Mónica Raya

Música Raúl Zambrano

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Bruno Bert, “Labor artesanal visualmente provocador”, en Tiempo Libre, núm. 1036, 16 marzo 2000, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Labor artesanal visualmente provocadora

Bruno Bert

El tema de la homosexualidad es profusamente asumido en el teatro mexicano. Lo lamentable es que el nivel de este tipo de expresiones es en general más que bajo, excesivamente complaciente, muy poco riguroso y de escasísima originalidad. Sobre esa realidad de fondo, acaba de estrenarse, en el marco de un convenio mexicano-canadiense, una obra de Michel-Marc Bouchard que tiene por nombre Los endebles. Una manera diversa de hablar sobre los admiradores de San Sebastián.

No conozco la obra de este dramaturgo oriundo de Quebec, pero es contemporáneo. Lo extraño es que al ver su material imaginé que lo había escrito como un homenaje a Frank Wedekind y a su famosísimo Despertar de primavera. La acción de la obra no solamente está ubicada en la época anterior a la Primera Guerra Mundial, con lo que conlleva en cuanto a pensamiento y costumbres (en este caso en Canadá); sino sobre todo por la manera de estructurar lo narrado y armar a los personajes. Y también, muy claramente, al tomar a la adolescencia como eje de lo que sucede, en contraposición con el mundo de los adultos, y teniendo a los afectos y a la sexualidad como eje básico de los conflictos que se desarrollan. También aquí hay padres castradores, amores trágicos, instituciones escolares represoras, doble moral y alguna que otra muerte. Sólo que Wedekind exploraba lenguajes originales en contraposición al naturalismo ramplón y en cambio Bouchard realiza un homenaje a las formas del pasado; y los toques expresionistas que hubieran podido encarnar el pensamiento del genial autor alemán se vuelven ahora y en manos del canadiense hacia el melodrama y el romanticismo. Esto último permite la incorporación de lo inverosímil en la anécdota, manejándolo con bastante fluidez, dejando que la poesía y las intenciones reivindicadoras, estén por encima de la credibilidad en lo narrado.

Tres son los personajes fundamentales, todos varones, en el armado de un imposible trío amoroso. La acción está tomada años después de sucedida y se la narra a través de la teatralidad de un grupo de presos que asume representarla para satisfacción de uno de los compañeros, a quien pertenece el recuerdo, y como castigo moral a otro, también involucrado en los hechos originales, e invitado especial a la función. Esta estructura convencional que da sostén a la historia narrada al interior de la representación, resulta totalmente inverosímil y excesiva. Un juego de virtuosismos formales donde se pretende la aceptación y el goce por complicidad de referentes artísticos y que en definitiva resulta un tanto pesada y poco interesante.

Más rica es la acción interna, el sabor arcaico de las construcciones y el enmarcado de un tema como el respeto por la diversidad. El director (que además es el responsable de la traducción) se maneja con suma prolijidad, con una gran limpieza escénica, asumiendo un texto difícil por las vertientes que permite, y un grupo de actores procedentes del CUT de rendimiento bastante desigual. Su trabajo es interesante, mostrando más una sólida labor artesanal que un gran vuelo imaginativo.

Mónica Raya toma la escenografía e iluminación y logra una propuesta visualmente provocadora, sólo que no demasiado estructurada a la labor de dirección. Esas perspectivas acentuadas, con la variable dé desniveles que provoca, parecen asumidas por Schoemann en el montaje, pero sin consustanciarlas totalmente con su pensamiento.

Una docena de actores asumen todos los roles, tanto los masculinos como los femeninos, teniendo que jugar a que son presos profundamente involucrados con la temática que trata su obra. El desdoblamiento entre presos y personajes resulta bastante extraño ya que debiera resultar que, no siendo actores, arrastran en su representación lo básico de sus propias personalidades, pero tenemos poco tiempo escénico para poder apreciar si esto es así. El muñeco creado, a veces es sólido, cuanto más marcado, como en los casos de Raúl Méndez u Octavio Castro, y en otras no tanto. De todas maneras, hay una energía de presencia a un donde sería deseable encontrar un mayor manejo técnico. Y ya es algo.

En definitiva, Los endebles nos permiten un acercamiento al tema de la homosexualidad desde una perspectiva diversa y más rica que la habitual en nuestro medio. Tal vez no sea una gran obra, pero si contiene lo necesario para que la podamos ver —y discutir— con agrado.