FICHA TÉCNICA



Título obra La Celestina

Autoría Fernando de Rojas

Notas de autoría Claudia Ríos / adaptación

Dirección Claudia Ríos

Elenco Luisa Huertas, Arturo Reyes, Ernesto de Villa, Aracelia Guerrero

Escenografía Xóchitl González

Iluminación Xóchitl González

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Bruno Bert, “Rescate inteligente y respetuoso”, en Tiempo Libre, núm. 1035, 9 marzo 2000, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Rescate inteligente y respetuoso

Bruno Bert

La última vez que vi en nuestros escenarios La Celestina estaba protagonizada por Ofelia Guilmain en una puesta correcta y bastante ortodoxa, creo que en el Teatro de los Insurgentes. De esto hace ya unos quince años aproximadamente. Ahora la Universidad ha repuesto (el estreno tuvo lugar en noviembre) una versión de Claudia Ríos en el pequeñísimo espacio del Santa Catarina y es Luisa Huertas quien asume el papel principal.

Es interesante la confrontación porque, sin demérito de ninguna de las versiones, vemos el paso del tiempo y nos encontramos hoy frente a un montaje mucho más esencial en sus líneas demarcación y más contemporáneo en los planteos estéticos que maneja.

La excusa que permite este acercamiento es la celebración del quinto centenario de la primera edición del libro. Me parece importante que las nuevas generaciones tengan la posibilidad de acceso a este material, que de seguro será más gustado por ellas de esta manera escénica que por medio de la lectura, ya que se necesita un cierto entrenamiento para el disfrute literario de producciones con esta antigüedad.

Creo que de los tres grandes arquetipos creados por la literatura española —El Quijote, el Don juan y la Celestina— este último, tal vez por ser el más antiguo, es el que se haya más preñado por las circunstancias sociales de una España aún medieval y es el que más fielmente refleja sus valores y formas de vida. La imagen de la trotaconventos, como la llamara el Arcipreste de Hita, es un antecedente inmediato de la picaresca y una develadora muy eficaz no sólo de las costumbres de las clases populares, sino también de las contradicciones de los estamentos nobles. Por debajo de la anécdota y las peripecias de la acción, corre casi siempre un diálogo muy sabroso, lleno de sentido común, apegado a las necesidades cotidianas del hombre, en confrontación con una serie de valores cada vez más caducos que esgrimen los amos, más allá de la edad que tengan. Así, el recorrido de la obra nos muestra a una sociedad en ascenso que presenta síntomas de muerte aun en los momentos de mayor poderío.

El texto (aunque no lo he cotejado) parece haber sido adaptado y actualizado en el lenguaje y en la extensión de los parlamentos. De todas maneras, el resultado es un espectáculo de tres horas y media, lo que nos dice que no se lo ha podado demasiado, considerando la gran extensión del original. No es un rescate erudito, sino inteligente y respetuoso, claramente destinado a desbrozar todo aquello que oscureciera tanto la acción como la línea básica del pensamiento del autor y los personajes. La puesta se monta en este texto, al que se le da una especial atención, sin inmovilizar excesivamente a los actores.

Es interesante como Xóchitl González, responsable de la escenografía e iluminación, genera un espacio de concepción monumental en los pocos metros cuadrados disponibles. Esto permite homologar el ámbito con los valores del texto y además impulsar una teatralidad abierta, despojada de todo elemento que no sea constitutivo de la acción que se narra. Un manejo de planos en altura y muy acentuadas perspectivas que rápidamente nos introducen en ese juego de referentes originales y elementos plásticos contemporáneos. Lo mismo intenta el vestuario, de Marta Jauffred, aunque con menor fortuna.

Los actores tienen, casi todos ellos, una interesante participación, pero, indudablemente, es Luisa Huertas quien destaca ampliamente, no sólo por asumir a La Celestina, sino porque claramente muestra un especial talento para hacerlo. No es un personaje engolado e histórico, pero tampoco se simplifica en lo cotidiano. Genera una dimensión acorde al tipo de montaje, consciente al mismo tiempo del arquetipo y de la vida que debe contener. Un placer el disfrutar el trabajo de una actriz que está en el mejor momento de su carrera. Mariana Lecuona y Ernesto Villa encarnan a la pareja trágica de una manera correcta; Rodolfo Castro, Mariana Giménez, Arturo Reyes, Verónica Osorio y Aracelia Guerrero asumen el abigarrado mundo de los criados, a veces con maneras muy acertadas y en otras no tanto, mientras que Juan de la Loza da vida al padre, en el nada sencillo monólogo final.

En definitiva, un acertado reencuentro con uno de los grandes de nuestra lengua en un montaje que nos lo acerca con imaginación, sencillez y claro conocimiento de las exigencias del original.