FICHA TÉCNICA



Título obra Sola

Autoría Denise Clark

Dirección Zaide Silvia Gutiérrez y Richard McDowell

Elenco Zaide Silvia Gutiérrez

Escenografía Jorge Reyna

Iluminación Jorge Reyna

Espacios teatrales Teatro del Centro Cultural Helénico

Referencia Bruno Bert, “Pedir la mano de una neoliberal”, en Tiempo Libre, núm. 1033, 24 febrero 2000, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Pedir la mano de una neoliberal

Bruno Bert

Zaide Silvia Gutiérrez es una actriz de gran ductilidad que se inclina con mayor preferencia por los géneros ligeros. A fines del año pasado estrenó un monólogo en el Teatro del Helénico que recién ahora he tenido oportunidad de ver. Me refiero a ¡Sola!, de la autora canadiense Denise Clarke. El montaje se inscribe dentro de una serie de proyectos que lleva a cabo el grupo "Mundo Canela", que reúne a varios creadores escénicos que incluyen a la propia actriz y al director, Richard McDowell.

¡Sola! narra las circunstancias que rodean a un posible pedido de casamiento a una muy particular ejecutiva contemporánea plus, que vive rodeada de una parafernalia de aparatos electrónicos y de todos los síntomas de una acentuada neurosis. Se trata de Luisa, de apodo "la cabrona" según la llaman los íntimos sin gran disgusto por parte de la interesada, quien sigue la conocida norma de que más importante que te teman a que te amen.

La descripción del personaje abarca a toda la obra pretende, con bastante eficacia en cuanto a resultados describir no tanto "a la cabrona que todos tenemos dentro" como dice el programa de mano, sino a una clase social que hace de la inmediatez, la promoción económica y la conciencia de importancia social la justificación casi única de vida. Una neoliberal en estado puro. Para esto pisotea y desprecia a cuantos quedan a su alcance acusándolos además de ser los causantes de su propia infelicidad y sobre todo de su profunda soledad.

Manipula y rebaja a los que la rodean, a los que considera poco más que esclavos e imbéciles; no escucha a nadie y agrede hasta el perro, pero pretende ser escuchada admirada, celebrada y querida. Cuando no ocurre así acude a sicólogos, a los que también quiere manejar con la misma regla. En fin, un estuche de monerías capaz de producir un profundo rechazo justamente porque en ella podemos reconocer a muchísimas figuras de los negocios; funcionarios y ejecutivos, inteligentes, ambiciosos y humanamente nefastos. Justo el modelo que actualmente está de moda.

El final puede leerse de dos maneras distintas: una, talvez la más cercana a la intención del autor a juzgar por la llamada telefónica con que se cierra el trabajo, querría mostrar la posibilidad de un cambio a partir de la toma de conciencia. La otra —mucho más real, claro, aunque comercialmente menos redituable— nos marcaría que estos seres son absolutamente incapaces de modificar nada en sí mismos. Ella, una vez más y como siempre, es la que decide, sin tener para nada en cuenta al otro, qué es lo que debe hacer y qué es lo que mejor conviene, ahora en plan de niña buena y bien intencionada.

Zaide Silvia crea a este muñeco, siempre en clave de comedia, con una gran eficacia y una buena dirección. Tal vez la única crítica es que últimamente tiende acopiarse a sí misma en cuanto a reiteración de recursos. Los suyos son amplios y esto podría tener relativa importancia, pero siempre es bello ver florecer a un actor de talento. Más que volver a encontrar las mismas estructuras corporales que ya hemos visto para otros personajes. Es interesante ver la ambivalencia que maneja para, por un lado, perfilar a Luisa de manera rotunda, y por el otro no privarla totalmente de la simpatía del público. Afortunadamente prevalece lo primero, porque si esto no sucediera la obra se volvería un producto complaciente donde la necesidad de vender un trabajo provoca una pintura tolerante y de mistificada lectura final, como la de esos capitalistas arrepentidos que vemos en los productos procedentes de los folletines de Dickens, los films con actores de más o menos los cincuenta de los estudios Disney.

La escenografía de Jorge Reyna es demasiado elemental. Tanto para el planteo de espectáculo brillante que propone el director, como pensando en el ambiente físico que rodea a un personaje como Luisa y que se subraya con frecuencia como algo de gran nivel. Visualmente resulta pobre y contrario al discurso que sigue la obra. Lo que más interesa es la complementación entre director y actriz, que logran una interesante eficacia en la mancuerna.

En definitiva, una comedia ácida, parcialmente cuestionable en intenciones, compuesta con ligereza, que no alcanza un gran nivel pero que se ve con gusto gracias a la presencia y capacidad de Zaide Silvia.