FICHA TÉCNICA



Título obra Las bacantes

Autoría Eurípides

Dirección José Luis Cruz

Elenco Tara Parra, Socorro Bonilla, Jorge Galván

Música Grupo Karaba

Espacios teatrales Teatro Benito Juárez

Referencia Bruno Bert, “... Tan lejos de lo griego”, en Tiempo Libre, núm. 1029, 27 enero 2000, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

... Tan lejos de lo griego

Bruno Bert

Dentro del plan de montaje y difusión de auto-res clásicos griegos que lleva a cabo el Instituto de Cultura de la Ciudad de México en el teatro Benito Juárez, podemos disfrutar como segunda puesta una versión de Las Bacantes, otra obra de Eurípides, esta vez en manos de José Luis Cruz.

Es natural que haya una preferencia por este autor por encima de Sófocles y Esquilo, ya que es el más cercano a nosotros en cuanto a tratamiento de los personajes, innovaciones en los sistema de puesta y libertad para encarar la significación de los dioses en el teatro.

Dentro de las obras suyas que se conservan (más o menos un 20 por ciento de las que parece haber escrito), Las Bacantes es una de las últimas, compuesta fuera de su tierra, ya anciano, y por petición de su anfitrión, un par de años antes de su muerte. En ella retoma el ciclo de las desgracias de la casa real de Tebas, un material mitológico sumamente conocido por todo el pueblo griego. Específicamente se narra la historia de Penteo, nieto de Cadmo, fundador de esa casa, que se opone a que en su tierra se introduzca la veneración a Dionisos. El mismo dios, un extranjero que va extendiendo su imagen en toda la Helade, se presenta a tomar venganza. Vuelve bacantes (sacerdotisas de Baco/ Dionisos) a todas las mujeres de palacio, incluyendo a la familia del rey, obnubilándolas mediante el vino y los ritos sagrados, y las lanza en ceremonias nocturnas y prohibidas para los hombres, a los bosques. Allí parte el rey a observarlas, disfrazado de mujer a instancias del propio Dionisos, que lo seduce y se burla cruelmente de él, pereciendo destrozado a manos de su propia madre que lo confunde con una fiera. Si por tin lado la obra nos muestra que es insensato oponerse a la voluntad de los dioses, por el otro nos da de ellos una imagen violenta e insensata, capaz de castigar por ira tanto a culpables como a inocentes.

Una vez más los papeles femeninos —en este caso el coro completo de las bacantes y sobre todo Agave, la madre del rey— son los más relevantes de la dramaturgia de Euripides, que teje con ellos los mejores momentos de la tragedia. El texto original tiene unos cuantos baches porque es uno de los que nos han llegado, al que el tiempo ha tratado de peor manera. De todas maneras, la adaptación que nos presentan hoy (posiblemente de Carmen Chuaqui, su traductora) cubre estas deficiencias recuperando la unidad perdida. La escenografía y el vestuario pertenecen a Gilberto Aceves Navarro, que trabaja con libertad las reminiscencias griegas, respetando lo esencial y aportando lo suyo.

No entiendo muy bien el porqué del coro de músicos africanos; incorporando actores negros entre las bacantes y asumiendo incluso una de las imágenes de Dionisos. Tal vez como una síntesis de influencias europeo/asiáticas/africanas que aporta ese nuevo dios extranjero. De todas maneras no me parece una inclusión demasiado afortunada, más allá de la calidad de los intérpretes. Diría casi un diálogo un tanto forzado, que más bien adorna y desvía la atención de lo esencial, como las que ya he visto en alguna puesta anterior de José Luis Cruz.

Por ser tal vez una de las obras menos ortodoxas de Eurípides, la puesta, con su mucho de coreográfico, con sus toques guiñolescos, con sus juegos de luces y telones que bajan y suben, acentúa el carácter excéntrico del material y se vuelve también lo menos griego que he visto al respecto. De todas maneras, creo que dura alrededor de dos horas y media y éstas no se sienten sino apenas por momentos, lo cual es un mérito, si de acercarse con placer a estos textos clásicos se trata. Las actuaciones no resultan demasiado afortunadas: Jorge Galván como Cadmo es demasiado blando y cotidiano; Jaime Garza en el papel de Penteo se vuelve gritón y estereotípico, Socorro Bonilla apenas si tiene tiempo de hacer algo cercano a la tragedia y el coro —tal vez lo más vital— es atractivo y dinámico, aunque lo griego no siempre se encuentre muy cercano y algunas veces nos recuerden a las Ecolas do samba o las figuras de una puesta de danza contemporánea.

Interesante la voz de Luz Angélica Uribe y la música que ha compuesto para el espectáculo. En definitiva, un material más complaciente que la anterior Ifigenia en Tauride, pero con suficiente imaginación como para devolvernos a un texto de Euripides en una puesta que seguramente a muchos jóvenes habrá de interesar.