FICHA TÉCNICA



Título obra Felipe Ángeles

Autoría Elena Garro

Notas de autoría Antonio Zúñiga, Saúl Meléndez, Sandra Félix y Luis de Tavira / adaptación

Dirección Luis de Tavira

Escenografía Philippe Amand

Iluminación Philippe Amand

Grupos y compañías Compañía Alborde

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, “Épico y didáctico”, en Tiempo Libre, núm. 1028, 20 enero 2000, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Épico y didáctico

Bruno Bert

Dentro del amplio horizonte de la Revolución Mexicana, Felipe Ángeles (1869-1919) es una figura que representa a un individuo sano y profundamente comprometido con su tiempo. Al momento de nacer el movimiento militar ya tiene una amplia y destacada actuación en el ejército, y va tomando partido de manera cada vez más radical según las transformaciones que sufre su sociedad. Finalmente cae víctima al mismo tiempo de la maquinación política de sus adversarios que de sus propias contradicciones. Alguien que se va formando dentro del espíritu socialista en la marcha misma de los acontecimientos, que terminan finalmente por desbordarlo.

Es natural que una figura de este tipo, desgarrada por polaridades que comprometen su lealtad a un jefe o a un movimiento, trágica en su destino y profundamente honesta con su convicciones, atraiga a un director teatral como Luis de Tavira, quien toma la obra de Elena Garro (78) que narra la vida del general Angeles, y la adecúa bastante libremente —en la adaptación colaboraron Antonio Zúñiga, Saúl Meléndez y Sandra Félix— a su propia visión, y la monta con el grupo Alborde de Ciudad Juárez, Chihuahua, que en este caso se transforma en integrante de la Compañía Nacional de Teatro.

El resultado es un espectáculo de alrededor de cuatro horas, que condensa lo mejor del lenguaje escénico desarrollado por este director a lo largo de toda su carrera. Un teatro épico y didáctico, con apuntes intimistas que ya hemos visto en varias de sus puestas anteriores y que aquí estalla en plenitud, como la flor de su trabajo, usando la imagen oriental; conteniendo también una considerable dosis de soberbia escénica, de esa que nunca faltó a nuestro Vicario de Tespis.

Deslumbrante en su primera hora, es durante ella, como en una feria de atracciones, que sintetiza las imágenes preferidas de Tavira. No falta el tenebrismo, los contraluces, el caballo en vivo, el mucho humo, los perfiles cortantes, los desplazamientos de puntos de vista —en la escena y en la ideología— el uso de coros, los cañonazos... en fin, aquello que hace del teatro un gran espectáculo que gana a los sentidos sin descuidar la lectura de las ideas implícitas.

Es normal que a un hombre de cincuenta años no se le pida novedad sino ser consecuente con su propio estilo. Y esto lo logra perfectamente en este primer tiempo. Luego siguen otras alternativas que tienen al juicio sumario que se le sigue a Ángeles como hecho central. Son dos horas más, en donde el director se vuelve maestro y nos enseña, con lujo de detalles, con la parsimonia de quien siente que maneja la verdad y dispone de todo el tiempo y también todos los recursos económicos, las contradicciones internas de la Revolución y del propio Felipe Ángeles.

Por último, viene la hora final, donde recogemos el memento mori, el regreso a las fuentes, la conciliación con los orígenes, el miedo natural a la muerte y el sonido brutal del tiro de gracia, cayendo como una lápida sobre el cuerpo inerte. Tal vez éste es uno de los puntos más interesantes en cuanto a aportación del propio director, su pensamiento filosófico, su posición ante la muerte y el peso definitivo que las acciones tienen en el hombre cuando finalmente todo acaba. Aquí, y tal vez en Angeles pudo haberse dado así, hay una mezcla confusa de un pensamiento marxista con otro religioso, maridados por las circunstancias.

Philippe Amand se ocupa de los espacios, las grandes escenografías giratorias, la infinidad de trastos desplazables, las luces creando climas casi primigenios... una técnica mucho más elaborada que la de El caballero de Olmedo, ahora sin chirridos y ensamblando todo con armonía. Un gran trabajo, un poco ajeno y distante, pero que sirve como desafío a una gran empresa transitada por una vida y una infinidad de actores que trabajan correctamente sin sobrepasar la honestidad de esta cota. Incluyendo al protagónico, a manos de Rodolfo Guerrero.

Un juego dialéctico de imágenes hagiográficas, que así están planteadas desde el principio a través del gran marco que encierra lo mostrado, de Felipe Ángeles, claro, pero también de Luis de Tavira, un gran director que marcó una época del teatro mexicano y que nos repite, con todo el despliegue y también con un cierto grado de angustia en el trazo final, que aún existe y pesa, a pesar de que los vientos de nuestro actual teatro ya parecen soplar hacia otras direcciones, tal vez menos grandiosas pero posiblemente más acordes a las necesidades contemporáneas.