FICHA TÉCNICA



Título obra El fantasma de la ópera

Dirección Andrew Lloyd Webber

Elenco Saulo Vasconcelos, Raymundo Lobo, Juan Navarro, Irasema Terrazas, José Joel

Espacios teatrales Teatro Alameda

Referencia Bruno Bert, “Mucha inversión, escasa sustancia”, en Tiempo Libre, núm. 1027, 13 enero 2000.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Mucha inversión, escasa sustancia

Bruno Bert

La novela de Gastón Leroux El fantasma de la Opera ha sido adaptada múltiples veces al cine, teatro, televisión y hasta al cómic. En cada época se le dio un sesgo particular atendiendo a la estética y los intereses del momento y se mantiene como un clásico capaz de regresar, siempre intacto en su romanticismo, pero también siempre capaz de llamar la atención de las nuevas generaciones. Ahora lo tenemos entre nosotros como comedia musical, a partir de la producción original londinense comprado por Ocesa a través de su organización internacional y Morris Gilbert.

La anécdota es muy simple y con las variaciones que le impone cada puesta, todos la recodamos: la Opera de París, en la segunda mitad del siglo XIX, dominada por un ser fantasmal que vive en las tenebrosas catacumbas del subsuelo. Desde allí impone su voluntad a costa de la muerte de quien se oponga. Él ha educado musicalmente a una joven de la que está enamorado y la erige como primer figura, hasta que ella se enamora de un noble, dueño del teatro en esos momentos. Viene la traición, el abandono, la venganza y la muerte con la famosa caída de la araña gigantesca que pende sobre el público con sus centenares de velas.

Por supuesto, detrás del fantasma enmascarado existe un viejo desfigurado por las llamas y una sórdida historia que le ha obligado a ocultarse. Y por supuesto también, será la juventud y la belleza la que venza contra la fealdad, a la que sólo le queda el recurso del arrepentimiento y la bondad que se autosacrifica por el ser amado. Una estructura de un romanticismo de folletín ligero, un tanto simplón y bastante cursi, que le permitía a Leroux el desarrollo de los recursos de escritor policial que tanta fama le dieran en su momento, con una posibilidad de venta para un público masivo y naturalmente no muy exigente.

La versión en comedia musical apuesta a lo colosal, aumentando las dimensiones estéticas hasta la desmesura, colindando casi con lo kitsch sin llegar a asumirlo como estilo.

Así, la boca escena del escenario (de la Opera de París, ya que a éste representa) tiene un resalte inmenso, la escalera principal se vuelve gigantesca, los telones toman una fastuosidad de cuento de Las mil y una noches y todo el vestuario se transforma en un desfile incesante de asombrosas formas, texturas y colores. Los actores, a su vez, convocan los estereotipos que se usaban en esos momentos, suavizándolos levemente. Algo así como un pastel de cumpleaños inventado por un archimillonario megalómano. Un cuento infantil para niños grandes que gozan con el triunfo asegurado de los buenos, la renuncia encantadora del que a último momento también se asume de este mismo bando e invita a una lágrima final, y una fiesta de color y magia lograda por una inversión enorme y una tecnología de punta. Un trabajo absolutamente de primer mundo en lo bueno y en lo que no lo es tanto.

La música es de Andrew Lloyd Webber y la letra de Charles Hart. Atinadísimas ambas y posiblemente uno de los factores del éxito que el original londinense ha tenido. El elenco es muy grande corno para poder nombrarlos. Digamos que en general no son muy afortunados como actores y desiguales como cantantes. Saulo Vasconcelos, como el fantasma en la función a la que asistí, es un ejemplo de una voz interesante en una actuación más estereotípica de lo que la puesta pide. Más fluida Tatiana Matrouchtchak en Carlota o la protagónica que asume a Christine, tan lánguidamente femenina e ingenua según los viejos cánones.

Digamos que la obra, en su sentido general, tiene bastante similitud con aquella otra, La bella y la bestia, que inaugurara las actividades de Ocesa entre nosotros: gran espectacularidad, infinitos actores-cantantes-bailarines en escena, una escenografía que se transforma permanentemente a vista de público, vestuario desbordante de lujo, una absoluta precisión en el equipo de apoyo, muchísima inversión y escasísima sustancia. Esto provoca asombro, deleite y también un poco de aburrimiento a pesar del enorme esfuerzo por entretenernos, esta vez sí, a cualquier costo.

Tal vez en tiempos de crisis económica y política, en la que el teatro busca reenfocarse dentro de una realidad tan compleja y difícil como la nuestra, producciones de esta índole nos marcan un tipo de camino que no es precisamente el que deseamos para nuestro teatro. Sin embargo, esa isla de primer mundo en medio de la depresión también encuentra a sus espectadores y muy probablemente no sean pocos a pesar de lo adelgazada que está la clase media. Mientras tanto el teatro muestra otras alternativas, y no es muy complicado hallarlas.