FICHA TÉCNICA



Notas El autor menciona las líneas que siguió el teatro mundial en el siglo XX

Referencia Bruno Bert, “¡Siglo XX... a escena!, I”, en Tiempo Libre, núm. 1024, 23 diciembre 1999, p. 20.




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Referencia Electrónica


Teatro

¡Siglo XX… a escena! / I

Bruno Bert

Y bien, llegó el final. El gusto del final, porque terminar algo conduce al doble placer de saborear lo hecho e imaginar lo por venir. Un milenio nuevecito para echar a perder a conciencia, disfrutando las culpas por las barbaridades aún por inventar, más la repetición de las ya probadas como efectivas y contundentes. En teatro, lo hecho durante este siglo que concluye excede, en abundancia, todo lo realizado desde que el hombre intentó una primera representación sin la justificación del rito.

El grito de ¡Mierda! (pero en francés, que como todos saben es mucho más elegante) lanzado por el Padre Ubú abrió simbólicamente el teatro del siglo XX. Audacia para la ruptura, reclamo para la renovación de los públicos, insatisfacción con las posibilidades y horizontes que otorgaba el naturalismo de entonces... Aquello que hace cien años provocó ese grito sigue siendo tan vigente que ameritaría una provocación similar, si no fuera porque hoy todos somos inmunes a intentos de este tipo. El siglo que termina aró demasiado los terrenos del asombro, la novedad, la agresión tanto verbal como de imagen, y el espectador tiende a bostezar donde antes no daba crédito a sus sentidos alertados por la irreverencia.

El protagonista del teatro del siglo XIX fue esencialmente el público.

Para él se construían esos templos semicirculares rellenos de palcos en muchos niveles de altura que se miraban unos a otros. Convergencias de clases para admirar a las elites. El verdadero espectáculo, las verdaderas estrellas del teatro del siglo pasado (casi ante pasado ya) estaban en el sector del público. Lo que sucedía en la escena era accidental y los más snobs llegaban a la hora clave de la mejor escena con la actriz de moda. Se gritaba, aplaudía y tiraba flores (o también todo lo contrario si así convenía) y luego, a partir con todo estrépito, para escándalo y secreta admiración de los que quedaban. Ese descaro fabuloso de una burguesía segura de sí misma se derrumbó entre los bombardeos de la Primera Guerra Mundial, y el protagónico paso al escenario, a los distintos hacedores del hecho teatral. Muchas veces creo que el teatro de este siglo fue casi un diálogo a espaldas del público, entre autores, directores, escenógrafos, actores, críticos, productores... en fin, aquellos que "importan" a la hora no de medir cantidades sino "calidades" entre los que vieron nuestra obra y dieron al respecto su opinión, su página, sus dineros...

¡Es fabulosa la capacidad metamórfica que nuestro teatro ha mostrado en estos últimos cien años! Ha cubierto todos los frentes mostrando la más amplia diversidad de rostros. En el origen está Stanislawski, padre de todo lo acontecido en este tiempo, perteneciente a una tendencia de actuación vinculada al naturalismo escénico pero de la que brotan todos los alejamientos y todos los rescates. Y después vienen las vanguardias; el teatro pensado como herramienta de concientización para la revolución social; el rescate de las artes escénicas marginales como el circo o el cabaret; la reivindicación de la formas callejeras; el teatro antropológico; la revisión estructural de las dramaturgias, tanto del escritor como del actor... en fin, un mar de corrientes encontradas y turbulentas que han hecho de este siglo un deleite para el que goza y sufre con los vaivenes de ese arte al que se le da por agónico o muerto por lo menos una vez cada diez años.

Pero lo que se discute en definitiva es la dimensión del hombre, porque el teatro no es más que el ideario humano, en sus deseos y miedos, avances y retrocesos, lanzado al frente de la "tribu social", es decir, nosotros mismos, para ver en ella lo que debemos, queremos o podemos ser.

Se dice con frecuencia que el cine ha sido el arte de este siglo: tiene prácticamente su edad, es masivo, la tecnología ha extendido sus posibilidades de adecuación a los tiempos de manera casi impensable... es cierto, pero en lo personal creo que lo humano, es decir, ese ojo a ojo junto a la hoguera, nocturno, irrepetible y entre pocos que se renuevan y reconocen, es el verdadero arte de un tiempo como el nuestro. El teatro es un refugio de la tridimensionalidad y el calor frente a tanta imagen plana, fría e inaferrable que recorre pantallas de todo tipo. Y conste que no rechazo las aportaciones, escribo en computadora y me comunico por Internet. Pero siento, cada vez que me rodeo de un espacio teatral —sea en sala tradicional, alternativa o espacio abierto— que reitero el gesto que me prepara para el tránsito con ese ansiado siglo XXI, desde el privilegio del contacto con el hombre, para un vivir que es desafío a la inteligencia, la sensibilidad y la imaginación de los que me rodean. ¡Salve Theatrum Mundi!