FICHA TÉCNICA



Título obra Las cuatro muertes de María

Autoría Carole Frèchette

Dirección Mauricio García Lozano

Elenco Juan Carlos Vives, Jorge Avalos, Guillermo Larrea, Emma Dib

Escenografía Philippe Amand

Iluminación Víctor Zapatero

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “Más propuestas que resultados”, en Tiempo Libre, núm. 1022, 9 diciembre 1999, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Más propuestas que resultados

Bruno Bert

Dicen que al talento hay que aprovecharlo cuando florece. Eso parece estar haciendo el INBA en relación con algunos directores jóvenes que han sido comisionados por la Compañía Nacional de Teatro para una serie de montajes programados para este último periodo del año y los meses iniciales del siguiente. El primero de ellos compromete a Mauricio García Lozano (La Capitana Gazpacho, La noche de Molly Bloom, etcétera) con un texto perteneciente a una dramaturga canadiense, Carole Fréchette, de quien no he leído ningún texto anterior. Se trata de Las cuatro muertes de María, que se está presentando en temporada en el siempre amenazado pero nunca demolido Teatro El Galeón.

Es un poema dramático en cuatro tiempos sobre la soledad, ese mar —usando un símil de obra— que nos rodea y en el que navegamos intentando remar hacia un norte que desconocemos. El eje en el que se articulan la serie de anécdotas que configuran esta historia de mutilaciones y abandonos es la vida de María; una niña posiblemente de clase media que pierde a su madre, luego a su padre... y así hasta extraviarse a sí misma en un naufragio que intenta ser una especie de radiografía de nuestro tiempo y del medio en que vive la autora, que no es idéntico aunque sí bastante similar al nuestro.

Carole Fréchette parte de la infancia, en los cincuenta/sesenta, y sigue un recorrido lógico temporal en la narración. Sólo que cada fragmento sugiere a través del texto una mayor dificultad de aferramiento del mundo y un desmoronamiento progresivo del universo interior del personaje, mientras el afuera se convulsiona en lo que aparecen como cíclicos estallidos de violencia.

El material, literariamente hablando, es más rico en cuanto a proposición que en tanto a resultados. La primera escena deja entrever un plan de trabajo complejo y fascinante, en su significación filosófica y en su posible correlato formal. Sin embargo, éste va perdiendo consistencia y, al menos en ciertos casos, termina por recurrir al hermetismo o a la simplificación.

Dado que estamos hablando de mundos, es decir de espacios, resulta pertinente anotar la labor de Philippe Amand como escenógrafo y Victor Zapatero como iluminador. Primero porque logran amalgamarse con eficacia en tareas que habitualmente asume un sólo creador, y segundo porque ese trabajo conjunto va en la misma línea creativa del texto, apuntalándolo muchas veces cuando éste se debilita, y contagiándolo de vigor en sus mejores momentos. Sin embargo, naturalmente no puede sustituirlo y en última instancia no resulta suficiente cuando la estructura dramatúrgica se desdibuja. Siento que la primer escena —la de la niñez— es la más eficazmente construida como unidad expresiva, tanto por el autor como por el director, escenógrafo e iluminador. Esa imagen de la infancia, la raíz de la nostalgia, el tratamiento de los mundos de la fantasía y la cotidianidad, el manejo de los límites y las fronteras... es casi perfecta. Luego esto ya no se alcanza. Entendámonos. El mundo de esa escena está creado como un paraíso perdido que quedará traumáticamente anclado en el personaje. No es la añoranza que provoca por su desarrollo temático lo que extraño en el resto, sino su consistencia expresiva. Esa que parecía nacer con el personaje mirando nuestra entrada en sala y anunciando sus muertes como partes de una trama.

Así como el naturalismo en el texto queda restringido y superado por la fragmentación_ lo mismo sucede con la interesante propuesta escenográfica, en donde apenas un signo es capaz de hacernos completar imaginariamente un universo. El director trabaja sobre la misma línea y construye como una síntesis en el trazado de cada personaje, especialmente efectiva al principio y no tan concluyente desde la mitad del espectáculo en adelante

En definitiva, todos los elementos que componen el montaje de Las cuatro muertes de María, presentan espacios de donde tomarse para hacer crecer en nosotros a la obra. Sin embargo ninguno de estos componentes llega a estructurar una unidad suficiente. Ni siquiera los actores, a pesar de la excelente actuación de Erika de la Llave en el protagónico. Los otros, efectivos y compro-- metidos pero no logrados, y no por ellos sino por la estructura que los contiene, son Emma Dib, Juan Carlos Vives, Jorge Avalos y Guillermo Larrea. A pesar de esto vale la pena verla, porque hay talento como para volver poesía a la soledad y mostrarnos un poco nuestro propio rostro en ese espejo de agua. Lo demás...