FICHA TÉCNICA



Título obra Yerma

Autoría Federico García Lorca

Dirección Manuel Montoro

Elenco Blanca Guerra, Salvador Sánchez, Graciela Doring

Escenografía Guillermo Barclay

Iluminación Guillermo Barclay

Vestuario Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Rafael Solana

Referencia Bruno Bert, “Una Yerma más”, en Tiempo Libre, núm. 1017, 4 noviembre 1999, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Una Yerma más

Bruno Bert

La trilogía campesina de Lorca: Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba, de alguna manera se ha vuelto sinónimo del nombre de si autor, que sin embargo no se encontraba totalmente satisfecho con ella. No porque considerase a esta sobras como trabajos carentes de una gran calidad, sino porque a esas alturas de su carrera, y al filo de si imprevista muerte, hubiera deseado que otros materiales: El público, La comedia sin nombre, etcétera, fueran los que sir vieran para sustentar su nombre y sus preocupaciones tanto éticas como formales. Es decir, que los componentes de eso trilogía fueron específicamente destinados a labrar su imagen pública, a generar la admiración de los espectadores frente al posible rechazo de aquellas otras piezas que permanecieron ocultas o fragmentadas, no sólo en vida del poeta sino incluso durante décadas después de su muerte.

Hoy podemos ver otra puesta de Yerma, en manos del conocido director Manuel Montoro. Tradicionalmente se lee este trabajo como la historia de la obsesión de una mujer por tener un hijo. En realidad, la lectura debiera ser más amplia y ese personaje servir como detonante para denunciar a uno sociedad incapaz de procrear vida. Un medio y una clase preocupada tan sólo por hacer dinero, bajo el terror de la murmuración sobre la honra. Un espacio hipócrita y de muerte donde los instintos y los sentimientos son permanentemente reprimidos, y que verá su correlato en la realidad histórica española a través de la lucha ideológica, armada y fratricida de la guerra civil.

La composición de Lorca es profundamente poética en su concepción, para demostrar que no se trata de un drama realista, aunque se base en una estructura de este tipo. De hecho, estas son las dos opciones a las que tradicionalmente se recurre para los montajes: poniendo el acento en el área de lo cotidiano e inmediato o elevándose en una visión donde la metáfora, la canción y la poesía pasan a primer plano.

Aquí el director con apoyo del escenógrafo, iluminador y vestuarista Guillermo Barclay, optan por el segundo camino sin abandonar las reminiscencias de ese realismo que se suma a la nutriente poética. Los espacios donde suceden las acciones y las ropas de los personajes son como bocetos acuarelados de la España rural de los treinta. Describen un espacio donde la aspereza es esencialmente emotiva, donde la luz y el color, el predominio de la curva y las texturas mórbidas suavizan cualquier intención de drama realista sólo emergente en las angulaciones rígidas de ciertos sectores del espacio; y resignifican el concepto de puesta hacia una ambigüedad mucho más suave, tal vez también por esto mucho más lorqueana, al menos en algunos aspectos claves.

El único peligro, tomando esta ruta, que abarca incluso el manejo con los actores, es generar un cierto distanciamiento y una blandura de contexto que suaviza las aristas muy dolorosas del drama social e individual que plantea Yerma. Lorca maneja una diferenciación con estricto realismo, a través mismo de fragmentos de lenguaje en donde éste se dispara hacia los mundos del subconsciente, con su rica carga de ambivalencias, represiones e impulsos. Esto implica una carga de significados que exceden el rígido marco del realismo sin dejar de poseer un fuerte impacto. No hay blandura, no hay retórica, sino una gran profundidad y variedad de matices. Juegos de luces en los sentimientos y pensamientos de los personajes y su entorno.

El protagónico está asumido por Blanca Guerra, una actriz de gran calidad que bajo la óptica de dirección que venimos mencionando cuando transita los fragmentos menos lineales aminora su fuerza, sin terminar de transformarla en otra alter-- nativa de igual validez. Salvador Sánchez es Juan, con un trabajo correcto, pero incapaz de elevarse a ese desamparo contradictorio que el personaje plantea. Especial interés nos presenta Graciela Doring como la vieja pagana. Tal vez el papel más claro y coherentemente desarrollado. El resto del numeroso elenco es desigual en su rendimiento aunque siempre manejado con habilidad por el director para lograr la máxima efectividad coral.

En definitiva, una puesta que puede verse y disfrutarse, aunque no aporte un más rico ángulo de visión del ya clásico material del poeta granadino.