FICHA TÉCNICA



Título obra Cuando la vida eterna se acabe

Autoría Eusebio Calonge

Dirección Paco de la Zaranda

Elenco Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez, Enrique Bustos, Fernando Hernández

Grupos y compañías Compañía La Zaranda de España

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “Profundamente impactante”, en Tiempo Libre, núm. 1016, 28 octubre 1999, p. 37.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Profundamente impactante

Bruno Bert

La identidad de un creador es aún más estrecha cuando enraíza en la cultura de su país y se nutre de vertientes comunes, antiguas, variadas y reconocibles. Es lo que sucede con un puñado de grupos de teatro, con largos años de historia, a los que vamos siguiendo y admirando ya sea en su medio o cuando coincidimos con ellos en alguna parte del mundo. Entre ellos está La Zaranda, ese "teatro inestable de Andalucía la Baja", que se encuentra entre nosotros desde hace una semana, sin público ni difusión adecuada, pero al que todavía podemos gustar en sus últimas cuatro funciones, de hoy al domingo.

Ya estuvo en México con anterioridad, con un espectáculo inolvidable que se llamó Perdonen la tristeza, construido en el 92. Allá era una buhardilla, cargada de viejos baúles que rezumaban polvo y basura, entre seres macilentos, administradores del olvido. Aquí es de nuevo la parte alta de algún sitio, igualmente oscura, cargada de chinches y suciedad, mientras que los baúles se han transformado en estructuras desvencijadas de viejas camas numeradas (como las de un hospital o asilo de los muy antiguos) y un par de bancas. Lo demás, algunos trastos abollados de aluminio y una familia alucinante y su casera. Se trata de Cuando la vida eterna se acabe, una producción, como todas las anteriores, del propio grupo bajo la dirección de Paco de La Zaranda.

Los signos de esa identidad de la que hablábamos al iniciar son muy variados, pero es evidente una hispanidad por la línea más dolorosa y oscura, que reconoce antecedentes que van desde Goya hasta Valle Inclán. El mundo que construyen es cerrado, con un afuera siempre agresivo y ajeno. Un mundo replegado en sí mismo, derrotado por el tiempo, la falta de talento, la inercia de las costumbres y los lugares comunes de la muerte. Un adentro que siempre tiene mucho de cabeza, de pensamiento cansino en un cuerpo que imaginamos monstruoso.

Por supuesto ese mundo de fantasmas invita a la metáfora, y su belleza nace de un horror profundo que se aleja de cualquier naturalismo hacia el expresionismo más marcado, hacia el esperpento español. Indudablemente sería maravilloso ver una obra del famoso "manco de las barbas de chivo" montado por La Zaranda. Nunca he visto un Valle bien construido, en ningún idioma ni en ningún país, y sin embargo, cada obra de este grupo es como una síntesis del lenguaje de ese difícil y terrible autor, adecuado a la personalísima identidad de estos andaluces geniales.

La familia está constituida por una hija loca, que no habla y apenas camina, una madre farfullarte que lucha contra las chinches que todo lo invaden y la lluvia constante que amenaza con barrer el mundo, un padre anclado en el fracaso de todas las utopías posibles de todos los tiempos pasados y una casera apocalíptica que constantemente predice la catástrofe. Todos son actores, haciendo de hombres y mujeres desde la perspectiva más aterradora y profunda. Y lo fantástico es el tejido dramatúrgico, leído en el sentido más amplio y contemporáneo, hecho de imágenes, sonidos, palabras que escapan a la mera formulación de conceptos y actores, tejiendo el espacio con cuadros que tienen mucho de viacrucis tenebrista.

Indudablemente es un teatro que se nutre de mil referentes que enriquecen la lectura con constantes aportaciones que van configurando la geografía real de ese mundo teatral asfixiante en su cargazón de símbolos. Pero aun dejando esas múltiples lecturas, la capacidad de fascinación de las imágenes, la intensidad de los climas creados y la calidad del trabajo de los intérpretes hace que, el espectáculo sea profundamente impactante para cualquier espectador. Todos somos capaces de encontrar algo personal en ese espacio fronterizo, y aterrarnos por lo que nos toca.

Los integrantes de La Zaranda en este espectáculo son Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez, Enrique Bustos y Fernando Hernández. Es una pena no saber quién es quién, ya que el programa de mano no los identifica por personajes. Todos son excelentes, pero "madre" e "hija" resultan antológicos, y si de poner "sangre" al espectáculo se trata —accidente escénico por medio— el interprete de este último rol la integró literalmente y con generosidad. Valga esa mancha roja en medio de tanta negrura, tanto por lo real como por lo simbólico. Trate de no perdérsela.