FICHA TÉCNICA



Título obra Perdida en los apalaches

Autoría José Sanchis Sinisterra

Dirección Antonio Algarra

Elenco Emoé de la Parra, Carlos Cobos, Miguel Ángel Ferriz

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Bruno Bert, “Juguete cuántico”, en Tiempo Libre, núm. 1011, 23 septiembre 1999, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Juguete cuántico

Bruno Bert

Primero nos ubicamos en un tono amable de comedia. Dentro de ella, en un club cualquiera de una ciudad cualquiera, una conferencista se prepara para hablar de "las paradojas del espacio-tiempo". Invitada desde Estados Unidos; ha sido recibida únicamente por un burócrata segundón que se maneja dentro de un sencillo esquema de normas y reglamentos, que le aseguran una realidad angular y segura como una caja fuerte. Ella —una física acomplejada y emocionalmente dependiente— intenta dar la charla programada. Las cosas se complican y una salida al baño desemboca en los montes Apalaches; mientras un extraño turista que está en Rumania o Bulgaria, empieza a cruzarse con estas otras realidades alternativas, creando un tejido de virtualidad que parece multiplicarse... la conferencia se vuelve una demostración.

José Sanchis Sinisterra es un escritor sumamente prolífico, muy bien recibido en México donde se lo lleva a escena con envidiable frecuencia. Es talentoso, brillante en muchos casos, preocupado por problemas de lenguaje teatral, inquieto y en constante proceso de renovación. Pero todas estas virtudes implican también la creación de materiales intermedios, como trabajos de prueba, que no siempre resultan lo suficientemente afinados como para considerarlos prontos para el público. Creo que éste es uno de ellos. Resulta naturalmente atractivo este "juguete cuántico", con su dejo de romanticismo y una cierta nostalgia que finalmente va desfigurando la comedia original hacia otros horizontes, pero la sensación es de algo que no fluye, que se empantana en sí mismo hasta atentar contra sus propias virtudes. Se vuelve farragoso, desproporcionado en sus miembros.

Por supuesto que aquí la dirección también tiene una gran responsabilidad. Después de todo, está la broma de que un director talentoso no monta el directorio telefónico solamente por el alto costo en nóminas. No es la primera vez que Antonio Algarra trabaja sobre materiales de este dramaturgo español, incluso con la misma actriz en el protagónico, por lo que hay un conocimiento previo de los integrantes del equipo. Siento que aquí, si bien el material que está fallando es el dramatúrgico, tampoco la dirección atina a una puesta más fantasiosa, más alocada, capaz de intentar para el espectador la visión de esos mundos paralelos y cruzados donde montañas y pasillos de hotel coexisten bajo una misma realidad. Todo queda en el poder de las palabras, la capacidad de los actores para sugerirnos ambientes y atmósferas y en algunos pocos cambios de luz. El juego no se hace presente, no nos acabalga en el asombro de esa virtualidad y todos quedamos un tanto aplastados bajo los tres planos invariables de una escenografía siempre igual a sí misma a pesar del matiz de alguna pintura agregada al reversos de las paredes.

Tal vez Algarra apuesta más al valor simbólico de los términos, a la metáfora poética que evade la ciencia ficción que debiéramos hallar en ese contexto equívoco y cambiante, y relativiza todo a la sugestión emocional e intelectual. El producto se queda a mitad del camino, demasiado anclado en lo cercano, poco dado a crearnos algún tipo de ansiedad así fuera metafísica. Sinisterra, en el programa de mano, insta al espectador a reafirmarse en sí mismo frente a una conspiración que va a hacerlo dudar sobre la realidad que lo rodea. Y es justamente esa conspiración la que fracasa.

Tres son los actores, todos con un excelente historial y dos de ellos cercanos a otros trabajos de Algarra: Emoé de la Parra, Carlos Cobos y Miguel Angel Ferriz. Sin embargo hay como un manto de ceniza que se despliega sobre ellos. Los opaca, los asordina. No deja de ser eficiente su labor, pero no hay brillo posible y es poco lo que de su talento nos llega para un disfrute colectivo.

En definitiva: una obra que parece más bien esbozo, una puesta que no alcanza a compensar las carencias de la estructura y un trabajo de actores que se lanza sin llegar nunca a despegar de esta dimensión... una pena, porque todos los implicados, tienen capacidad. Pero bueno, ya sabemos que hasta al más hábil cazador se le puede escapar la liebre...