FICHA TÉCNICA



Título obra Libros para cocinar

Notas de autoría Ignacio Escárcega / versión

Dirección Ignacio Escárcega

Elenco Manuel Sevilla, Karina Gidi, Juan Carlos Vives, Mónica Huarte

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Espacios teatrales Foro Antonio López Mancera de la EAT

Referencia Bruno Bert, “Pequeños cuentos para ser compartidos”, en Tiempo Libre, núm. 1009, 9 septiembre 1999, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Pequeños cuentos para ser compartidos

Bruno Bert

En el teatro norteamericano es tradicional la convivencia de tendencias opuestas. En este momento, por ejemplo, hay un especial auge del "gran espectáculo", y también un notorio por regusto por lo mínimo. Dentro de esta última línea están los llamados ten minutes plays que anualmente promueve con gran éxito el Teatro de Actores de Louisville. Un material particularmente difícil de construir y montar si de calidad hablamos, porque la síntesis es uno de los privilegios del arte... y no siempre el teatro llega a tal. No casualmente se comparó estos trabajos con haikús escénicos.

Ahora Ignacio Escárcega ha montado cinco de ellos, en un espectáculo unitario al que ha titulado Libros para cocinar, que se está presentando bajo los auspicios de la UNAM en el foro Antonio López Mancera del CNA, en espera que el Sor Juana Inés de la Cruz sea reabierto al término de la huelga que sostiene la Universidad.

El tema que hila esta serie de mini obras es el amor y la relación de pareja, en una variedad donde se encuentra presente a veces el humor, en otras la ironía, un cierto grado de romanticismo y hasta la inclusión de pequeños dramas. Pero todo tiene un tono amable, asordinado, intimista y se halla acompañado por canciones —con un piano en vivo ejecutado por Ignacio Torres— que los mismos actores asumen, permitiendo los pequeños cambios de ambiente que nos trasladan de una a otra narración.

El ambiente, casi neutro, para permitir esta rotación de propuestas, está a cargo de Arturo Nava, que más diseña un espacio contenedor que un escenario único. Muy bueno su trabajo, muy acorde con la idea y el manejo de la dirección, que siempre prefiere la sombra.

La primera de las narraciones se llama Linette a las tres de la madrugada, de Jane Andersen, una multipremiada autora que también ha recibido una distinción por este trabajo. Es la vigilia, entre intrascendente y patética de quien espera un afecto y una atención erótica que irónicamente sólo le llega de alguien que no existe. O tal vez sí, quien sabe. El siguiente, La tapadera, de Jeffrey Sweet, nos muestra el juego de mentiras que se tejen entre amigos para soportar los deslices amorosos de uno de ellos. También éste se presenta en un tono liviano, en donde el planteo ético frente a la mentira se transforma en un chantaje afectivo para lograr complicidades. El tercero—Cien mujeres—, que pertenece a Kristina Halvonson, nuevamente profundiza con bastante eficacia sobre la amistad, pero desde muy distinta perspectiva, con un tono contenido de angustia, en los límites entre la soledad y el amor. Luego viene 4:00 a. m. de Bob Krakower, que es el momento de la ironía y tal vez, junto con el anterior, uno de los sketches más logrados. Dos seres inconformes que no saben establecer un punto de encuentro, aunque la posibilidad del mismo esté a dos metros de ellos. Por último ¡Zaz! de Lynn Notttage, posiblemente utilizado como cierre debido a su manejo del humor y el sin sentido, sobre las frustraciones matrimoniales y el repetido deseo de muchas mujeres de deshacerse de sus insoportables maridos así sea por arte de magia.

He visto pocos trabajos de Ignacio Escárcega, pero indudablemente el presente es uno de los más sólidos y eficaces, tanto en el manejo de los actores como en el logro de unidad y en la propuesta escénica, por lo que resulta sumamente disfrutable, sin intentar grandes palabras ni gestos estridentes. Pequeños cuentos para ser compartidos y disfrutados en un momento de ocio.

Los actores son Mónica Huarte, Raúl Adalid, Manuel Sevilla, Juan Carlos Vives y Karina Gidi. Aquí el desafío es interpretar cuatro o cinco personajes que se diferencien claramente entre sí, sin que esto implique construcciones particularmente extrañas o atípicas. El trabajo de todos es interesante, pero las mujeres se llevan la delantera en su capacidad de transformación, en la creación de matices e incluso en la verosimilitud cuando de profundidad se habla.

La escena final de cierre, extrañamente, baja de nivel cuando hasta allí todo iba sobre ruedas. Pero bueno, nada importante frente a lo anterior, un trabajo sólido que sabe gustar casi en voz baja.