FICHA TÉCNICA



Título obra Las tentaciones de Antonio

Autoría Juan José Barreiro

Elenco Giovana Cavasola, Alfredo Ávila

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Bruno Bert, “Demonios reposados”, en Tiempo Libre, núm. 1006, 19 agosto 1999, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Demonios reposados

Bruno Bert

El tema de las "tentaciones" tiene gran número de posibilidades de interpretación. Desde el terreno clásico cristiano, con su vinculación a la culpa; hasta una lectura político-social mucho más cercana a nosotros, pasando por el campo psicoanalítico y también otros ámbitos que hacen al deseo y la autorepresión. Naturalmente el gran tentado de la historia —al menos de la historia del arte— es San Antonio, aquel anacoreta egipcio que vivió en las postrimerías del paganismo y que fue el fundador de la vida monástica eremítica.

Tanto la literatura (sobre todo a través de Flaubert) como la pintura (las imágenes del Bosco y del Bruegel son inolvidables) nos lo transmiten en medio de tentaciones aquelárricas, siempre vencedor y siempre magullado por el deseo y el demonio. Hoy, un creador del que hacía tiempo no veíamos obra —Juan José Barreiro— nos presenta su versión de Las tentaciones de San Antonio en La Capilla del Centro Cultural Helénico.

Evidentemente el lugar es perfectamente propicio, ya que se trata de un claustro gótico tardío cargado de tapices, oscuros cuadros, vidrieras originales y rincones en penumbra. En el espacio destinado al escenario, Barreiro ha montado una especie de retablo con santos, orantes y ángeles, a escala humana, de factura tosca y estilo un tanto indefinido. En medio de ellos y a nuestra vista, un arcángel y el demonio de disputan el alma de Antonio.

Lo primero que llama la atención es el juego de semejanzas con los viejos espectáculos medievales, donde hombres y muñecos rivalizaban —un poco como aquí, en las iglesias y junto a los altares— tratando de ganar la atención de los espectadores y el alma de los fieles. Allí, el equilibrio siempre precario entre lo sagrado y lo profano hacía especialmente sabrosas esas representaciones que muchas veces eran de larga extensión y siempre contaban como textos dramatúrgicos basados en los evangelios y la Biblia, con los ajustes de algún padre letrado metido a dramaturgo de circunstancia. En aquel tiempo, cuando se hablaba de pecado y tentaciones, las imágenes eran sumamente ilustrativas e incluso asombrosamente fuertes aun para un espectador contemporáneo. De allí que terminara prohibido a los sacerdotes el ejercicio actoral y se obligara a estos actos a salir de las iglesias.

Pero bueno, esto es sólo el fermento de base que hace sabroso el trabajo de Barreiro, sobre todo en sus momentos iniciales. El, por supuesto, no intenta catequizarnos, y aunque se orienta sobre las bases de una estética tan antigua prefiere lanzar su discurso sobre postulados más bien psicoanalíticos relativos a la soledad y el contenido del pensamiento de los hombres. En ellos nace el deseo y también la represión, y la dualidad dios y diablo, que luego lanza al exterior enajenándose en su propia creación.

Creo que tanto la idea como la estructura sobre la que se apoya es de gran fertilidad, sobre todo porque no pretende ser original, sino que se nutre de referentes sumamente conocidos tanto en lo ideológico como en lo estético. Abandona la idea de "novedad" e intenta reinterpretar el pensamiento y el arte, cosa que suele ser mucho más fértil. Y contemporáneo, como la tesis final de que el hombre no es más que un títere en manos de aquellos que manipulan su conciencia. Sin embargo, a una serie de aciertos también le acompañan variados problemas que, al menos a mi gusto y entender, lastran el espectáculo y no le dejan asumir esa brillantez y ese valor que en un principio podemos llegar a suponerle. Y éstos son, esencialmente, un exceso de palabras que redundan una y otra vez sobre las mismas ideas, y un bajo desarrollo en el sistema de imágenes propuesto: la tosquedad que intuimos como un sabroso estilo, se invierte volviéndose carga, empobrecimiento estético, carencia de alternativas. Y así, aquello que nace con tan buenas perspectivas, se agota en sí mismo acabando en la monotonía y la repetición. Una verdadera pena porque todo permitía pensar en algo de mayor vuelo. Sobre todo en manos de un creador tan personal y válido como el maestro Barreiro. Esta vez los demonios no se agitaron lo suficiente.