FICHA TÉCNICA



Título obra Como defraudar al gobierno

Autoría Michael Cooney

Dirección Rafael Perrin

Elenco Roberto Blandón, Gustavo Rojo, Lenny Sundel, Rosángela Balbó

Escenografía Enrique Reyes

Espacios teatrales Teatro México, Centro Teatral Manolo Fábregas

Referencia Bruno Bert, “Sin gracia alguna”, en Tiempo Libre, núm. 1005, 12 agosto 1999, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Sin gracia alguna

Bruno Bert

Si intentáramos definir la función del teatro nos meteríamos en problemas porque, como cualquier otra expresión con posibilidades artísticas, éste no se deja encerrar ni en definiciones ni en la adjudicación de funciones únicas o prioritarias.

Sin embargo, es claro que lo primero que debe lograr es entretenernos, y lo segundo, hacerlo en buena ley, es decir, contribuyendo al ensanchamiento de nuestro horizonte mental. Y cuando no es así nos hallamos ante esas obras cuya única función (perfectamente lícita y deseable cuando no se vuelve exclusiva) es tratar que los productores ganen algo sobre el dinero invertido.

La reflexión viene a cuento a raíz del estreno de Cómo defraudar al gobierno, de Michael Cooney, bajo la dirección de Rafael Perrin. Se trata de un vodevil, género sumamente peligroso del que no nos libramos con medias tintas: o nos hace reír con gusto... o dormir con igual placer.

Como todos saben, se trata de un tipo de teatro popular que nació en el siglo XVIII, o aún antes según algunos, pero que tuvo su auge en la segunda mitad del mil ochocientos. En general se escribe en francés (vaudeville, de voix de ville), porque esencialmente fue un teatro de bulevar parisino, muy ligero y con elementos musicales. Nuestro siglo no llegó a hacerlo desaparecer, pero evidentemente lo que queda de él —hablando en general— es apenas una sombra del aquel vigor que encantaba a la burguesía segura y prepotente de los tiempos victorianos. Hoy son otros los rumbos y los intereses del público, aunque conserve adictos, no tanto al vodevil mismo como a cualquier estructura teatral de baja consistencia.

Si tuviéramos que definir sus características esenciales —además de esa "ligereza" muchas veces excesiva— tendríamos que señalar la complejidad formal de la trama. Es una comedia de "puertas y enredos". Una anécdota simple da pie a una serie de engaños que rebotan como pelotas de billar en el desarrollo de la acción, produciendo infinitas mentiras, sustituciones y agravamientos de la situación. Como las comedias del Siglo de Oro o de la Comedia del Arte, pero aún más complicadas y veloces. Los personajes entran y salen por media docena de puertas, siempre con el peligro de encontrarse entre sí y descubrir la verdad. En el clímax ya nadie sabe quién es quién ni qué es lo que realmente sucede, porque la verosimilitud se ha perdido por completo en aras de un ritmo que denuncia el origen musical y callejero de estos trabajos. Finalmente, todo se resuelve favorablemente como por arte de magia, simplemente porque el tiempo orgánico de la atención del espectador indica que hay que concluir. Y se termina dejando al público salir de la sala con una sensación equivalente a la de haber bajado de las vueltas y revueltas de una montaña rusa. Entre mareados y divertidos y —en su época de apogeo— con un claro sentimiento de ironía sobre la burguesía y sus costumbres. Por supuesto, si todo sale bien.

Cómo defraudar al gobierno maneja todos estos elementos (menos la ironía social) y no lo hace mal a juzgar por las risas del público de sala. Desgraciadamente, en lo personal no pude entrar en el juego, se me hizo demasiado repetido y esquemático, como fórmula infinitamente probada, y me quedé analizando estructuras, viendo actuaciones, juzgando la dirección... y muriéndome de aburrimiento, a pesar de que trabajan actores como Lenny Zundel o Gustavo Rojo, que resultan pertinentes para este tipo de expresiones. Pero no hubo caso. Todo el tiempo sentí una puesta puramente formal y un relleno de movimientos que son el mero desarrollo de la propuesta verbal de obra. A pesar de pretenderse tan chistosa, francamente no le encontré gracia alguna.

Creo que el público merece un humor más maduro, más contemporáneo, más comprometido con el lenguaje artístico de nuestro tiempo. Hoy todo eso se me hizo ajeno y obsoleto... a pesar de las risas del público, que por otra parte también existen, y abundantes, ante programas de televisión sobre los que no pienso expresar mi opinión pero que cualquiera puede inferirla fácilmente.