FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte se va a Granada

Autoría Fernando del Paso

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Diego Jáuregui, Jorge Ávalos, Luis Esteban Galicia, Francisco Turón

Escenografía David Antón

Iluminación Juliana Faesler

Vestuario Josefina Echeverría y Humberto Spíndola

Espacios teatrales Teatro del Centro Cultural Helénico

Referencia Bruno Bert, “Carga de soportable aburrimiento”, en Tiempo Libre, núm. 1004, 5 agosto 1999, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Carga de soportable aburrimiento

Bruno Bert

Hay funciones en las que no puedo menos que pensar en los viejos cuentos. Como aquel conocido por todos y que habla del vestido nuevo del emperador: en realidad desnudez que los cortesanos transforman idealmente, compitiendo con adjetivos grandilocuentes que demuestren su fina cultura y adhesión al soberano, halagando calidad de telas y hechuras sobre una prenda en realidad inexistente. Algo de esto me sucedió al asistir a la tan esperada puesta de La muerte se va a Granada, la obra de Fernando del Paso llevada a escena por José Luis Ibáñez en el Teatro del Centro Cultural Helénico.

Originariamente estaba pensado que viéramos este trabajo en la temporada del año pasado, dentro de la celebración del centenario del nacimiento de Lorca, pero ciertas dificultades presupuestarias y algunas interpretaciones al respecto provocaron incidentes verbales que llegaron a las páginas de todos los periódicos... y, finalmente, aquí está el material.

La obra consta de tres actos y está en verso. Por un lado se trata del recorrido anecdótico de los últimos días de Federico, y por el otro aborda in extremis su pensamiento y poética. Esta doble intención está manejada con un lenguaje bastante ingenuo, casi bordeando lo didáctico y que tal vez se nutre de tres vertientes: la primera es la ideología del momento histórico en el que suceden los hechos; la segunda es el marco artístico-literario en que se movían Lorca y la España de su tiempo, y por último dos elementos que hacen al estilo de escritura del propio Fernando del Paso, incluso más allá de este material, y que tienen que ver con el placer por la erudición y una tendencia a la verborrea. Lo que denota claramente que no se trata de un dramaturgo, sino de un escritor con talento que intenta el teatro, aunque, al menos a mi criterio, no con demasiada fortuna.

Indudablemente la poesía es una de las llaves privilegiadas con que el hombre devela su particular interpretación del mundo a los ojos de la mente e imaginación de sus contemporáneos. Una llave que deslumbra primero y luego sirve como sol para madurar la propia cosecha espiritual del lector. Cuando no es así, lo entregado no es más que palabras pareadas con más o menos fortuna y habilidad —esta última no le falta al maestro del Paso— que pueden llegar incluso a entretenernos, pero no nos enriquecen. Siento que, aun siendo Lorca la genial excusa, La muerte se va a Granada no agrega ni a nuestra visión, ni a nuestro conocimiento, ni incluso a nuestra sensibilidad factores realmente importantes. Es como una gran velada escolar de lo que Peter Brook llamaba "teatro mortal": algo solemne, lleno de hechos universalmente elogiados, de antemano aprobado y con una cierta carga de soportable aburrimiento. Ese mismo que denota que estarnos frente a la Cultura con mayúsculas.

José Luis Ibáñez —por lo general un meritorio director, con una larguísima trayectoria por todos conocida— intenta acompañar el recorrido propuesto por el autor con un señalado respeto por el mismo. Convoca a escena a los personajes naturalistas del drama, como son los parientes y amigos directos de Lorca, pero también y sobre todo a los fantasmas de su tiempo y a los personajes de ciertas obras, basándose, como el autor, en las estéticas de entonces —sobre todo en el surrealismo y en los movimientos de vanguardia de los veinte— y en los dibujos del propio Federico. Los resultados son más curiosos que atractivos, más ingeniosos que integradores efectivos de un discurso. Tal vez como un homenaje a La Barraca, da especial importancia al teatro no profesional e impregna toda su puesta de estructuras primarias, directas, y maneja a los actores bajo esta misma línea de teatro militante y de pueblo.

Un grupo bastante numeroso el de los intérpretes, y de acción más voluntariosa que atractiva, incluyendo a Diego Jáuregui un actor con talento, muy dado a papeles fársicos, que aquí asume a un Lorca muy lejano a lo entrañable. La escenografía de David Antón pone marco coherente a la propuesta global. Tal vez destaca el vestuario de papel de china de Humberto Spíndola, que genera por sí mismo como un performance al interno de la obra.

En definitiva, sólo hay partes e intenciones. Interesantes tanto las unas como las otras, pero para nada suficientes si consideramos el conjunto, quienes lo realizan y la expectativa que rodeó los hechos. Sólo es una obra más, fácilmente olvidable desde el punto de vista artístico, dentro de la interesante cartelera que en estos momentos tenemos en la ciudad.