FICHA TÉCNICA



Título obra Rent

Dirección Abby Epstein

Elenco Erick Rubín, Enrique Chi, César Romero, Pía Aun

Escenografía Paul Clay

Iluminación Blake Burba

Música Jonathan Larson

Notas de Música Jonathan Larson / letra; Luis Lojo / audio

Vestuario Angela Wendt

Espacios teatrales Teatro Alameda

Referencia Bruno Bert, “Una que otra descarga de adrenalina”, en Tiempo Libre, núm. 1003, 29 julio 1999, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Una que otra descarga de adrenalina

Bruno Bert

Los musicales son algo así corno la espuma de la cerveza: puede que no tengan demasiado cuerpo pero —cuando están bien hechos-embriagan fácilmente y dejan como un cosquilleo en la boca. En nuestro medio no suelen crearse musicales de importancia y lo habitual es la importación de éxitos ya consagrados con su respectiva puesta de origen, en general procedentes de Londres Nueva York, París... en fin, ciudades del primer mundo con medios y tradición al respecto.

Ahora tenemos entre nosotros Rent, la obra de Jonathan Larson, un talentoso escritor y compositor norteamericano, misma que se estrenó en 1996, justa mente dos días después de su muerte. Llega entonces con cierta leyenda, y también con una serie de premios que abarcan hasta el mismo Pulitzer. Arrastra tras de sí a "Mejor musical", "Mejor actuación", "Mejor partitura", un éxito al mejor estilo Broadway, que ya ha rolado por una; cuantas capitales del mundo.

Yo diría —y ya imagino los comentarios— que es algo más como Amor sin barreras cuarenta años después; está ubica da en los espacios marginales de Nueva York, es predominantemente una historia de amor, hay muertes, un romanticismo actualizado, está protagonizada por jóvenes y tiene su correspondiente final feliz con cierto dejo de tristeza. Claro que hace cuatro décadas no existía el sida, la droga no era ur problema masivo y las parejas homosexuales obviamente no tenían acceso a los escenarios de Broadway, al menos de la manera en que hoy lo hacen. Aquella música y canciones tienen poco que ver con las que ahora podemos apreciar en Rent, sobre todo en el sentido técnico-estético, pero en definitiva cumplían la misma función en tanto expresar las tensiones, necesidades y temores de los que viven fuera d( los barrios elegantes y pertenecen a la juventud. En este caso, aspirantes a artistas luchando contra la miseria y h rutina con el lenguaje de los noventa.

El gran mundo del espectáculo y los millones irrestrictos siempre se han mostrado especialmente interesado en lucrar con el filón que sea; incluso alabando una mora que en la vida diaria no soportarían en absoluto. Pero esto es mucho más viejo, y un ejemplo incluso decimonónico es, entre muchos otros, La Bohéme, cuya estructura anecdótica, actualizada, sirve de base a la de Rent. Todo sea para que el público consuma el resultado transformado en publicidad masiva. Así fue con los santificados hippies, los satanizados punks y todos los que les siguieron, incluyendo ahora a los personajes de Rent, ya gloriosos vía los premios y la taquilla.

Pero en definitiva es un espectáculo de rock en vivo con la orquesta presente, una puesta bastante ascética —apenas unos tubulares marcando niveles en un escenario prácticamente desnudo— y un elenco de alrededor de 15 intérpretes que canta para nosotros durante un par de horas. El primer acto resulta confuso y estridente, pero luego las cosas se van componiendo y terminan encauzándose dentro de las convenciones del género para goce y regocijo sobre todo de los espectadores más jóvenes. Todos cantan aceptablemente bien, todos se desplazan coreográficamente de manera profesional y centenares de reflectores descargan efectos que se mezclan con e] sonido de los parlantes creando tensiones, interés y alguna que otra descarga de adrenalina.

Los protagónicos masculinos están asumidos por Erik Rubín (el ex integrante de Timbiriche) y Enrique Chí, al que viéramos recientemente en Houdini con bastante éxito; y los femeninos quedan en manos de Samanta Salgado, Ana Liz y Pia Aun. Hay un equilibrio bastante interesante en este juego de tensiones entre lo femenino y lo masculino, que se vuelve casi una demostración de competencia en la escena de discusión de las tres parejas —la lesbiana, la heterosexual y la homosexual— en la que finalmente suman resultados con muy buena respuesta de parte del público.

En definitiva, la canción que es leitmotiv expresa que no hay más tiempo que el hoy, y esa urgencia a la acción tiende como un puente con otras grandes producciones del género de las últimas décadas. Un espectáculo con ciertas perspectivas y un momento social y económicamente crítico. El tiempo dirá.