FICHA TÉCNICA



Título obra Escenas de un matrimonio

Autoría Ingmar Bergman

Dirección José Caballero

Elenco Enrique Singer, Lisa Owen, Fermín Martínez, Carmen Vázquez

Espacios teatrales Casa del Teatro

Referencia Bruno Bert, “Apariencias de cotidianidad”, en Tiempo Libre, núm. 1002, 22 julio 1999, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Apariencias de cotidianidad

Bruno Bert

El programa de mano muestra, en su portada, la fotografía de una pareja de recién casados, con sus tradicionales atuendos. Las ropas sugieren las primeras décadas de este siglo. Ella está meciéndose, posiblemente en el columpio de una plaza cualquiera, mientras él la sostiene o empuja, ambos ríen. Sus figuras recortadas sobre un fondo blanco: el mundo no existe. Una inteligente imagen para Escenas de un matrimonio, el texto de Ingmar Bergman adaptado para el teatro por José Caballero, que además es el director de esta puesta.

Si mal no recuerdo, el original se había traducido como Secretos de un matrimonio y fue producido por Bergman para la televisión allá por el 74 o 75. Se trataba de una verdadera colección de primeros y primerísimos planos que duraba cerca de tres horas y era realmente bergmaniano por los cuatro costados. Por su estética: esa mirada implacable sobre los rostros hasta más allá de cualquier tolerancia, en tiempos muy lentos y repetitivos; y también en su temática: el absurdo de las acciones humanas, la incapacidad para asumir un estado de felicidad, la necesidad patológica de poner todo bajo el signo del pensamiento y la razón, el sentido de la libertad...

Hay que confesar que aquel Bergman que me había fascinado en los sesenta comenzaba a hartarme con ese placer por la tortura intelectual de sus personajes, siempre tan fríos, distantes y complicados. Aunque indudablemente su talento siempre estuvo más allá de cualquier consideración vinculada con los gustos y las preferencias. Pero ¿cómo hacer eso en teatro? La forma por la que opta José Caballero creo que es la más oportuna: un teatro muy pequeño —apenas cuarenta personas, incluso un tanto apiñadas— dos buenos actores reconocidos en nuestro medio, y un espacio despojado de elementos accesorios. Un juego de convención narrativa y una manera muy cuidada y tradicional de contar una historia. Es el entramado estructural más cercano a la forma de trabajo de Bergman que fue siempre —antes y después del cine— un gran director de teatro.

Lo que aquí se pone bajo la lupa son las apariencias de la cotidianidad en un matrimonio joven pero maduro y con dos hijos. Se llevan muy bien, se quieren sinceramente, son exitosos en sus respectivos trabajos, no tienen problemas económicos, son personas cultas... pero todo estalla en pedazos de la manera más irracional —eso es algo que no pueden soportar gente tan razonable— a partir de una "aventura", y la vida de los dos se vuelve una pesadilla cargada de deseos insatisfecho y rencores postergados. Sin embargo, ellos descubren que antes no había sido mejor, sino que simplemente no se habían dado cuenta de sus propias rutinas o no terminaban de admitir que debajo de la aparente perfección eran profundamente desdichados.

Posiblemente una de las tesis fundamentales del original sea que el hombre es un ser árido e incapaz de amar, intercambiar con el otro y alcanzar la felicidad. Esto tiene mucho que ver con Bergman, sus problemas y dudas éticas y metafísicas, su idiosincrasia sueca y la influencia del arte de su tierra. Los del sur somos más estridentes y tal vez, sólo tal vez, un poco más capaces de vincularnos sensualmente con el mundo. Hay una diferencia cultural de aprehensión del mundo entre suecos y latinos que percibimos con seguridad en las obras de Bergman y que aquí siente sin imponerse en primer plano.

Caballero realiza una tarea de dirección que intenta un equilibrio entre la propuesta original de Bergman para televisión y el lenguaje teatral que él implementa. Lo logra con eficacia y la puesta se vuelve como una pequeña y curiosa máquina de relojería. Los intérpretes son Lisa Owen y Enrique Singer. Ambos excelentes actores, capaces de desmontar estas pequeñas piezas intelecto —emotivas para mostrárnoslas con un cierto gusto y también un poco de morbo. Atletas de un naturalismo destinado a la disección de la patología de estos dos personajes que representan un momento y una clase social determinada, que por supuesto también se les encuentra entre nosotros... aunque aquí las prioridades verdaderamente sean otras.

Un trabajo para deleitarse con la prolijidad de las partes, el de los actores y el recuerdo de un gran creador... se comparta o no la visión del todo.