FICHA TÉCNICA



Título obra La noche de Molly Bloom

Notas de autoría Adaptación de José Sanchis Sinisterra al Ulises, de James Joyce

Dirección Mauricio García Lozano

Elenco Verónica Merchant

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Sabor a Joyce”, en Tiempo Libre, núm. 1000, 8 julio 1999, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Sabor a Joyce

Bruno Bert

Hay una tendencia bastante marcada en nuestra última generación de directores y dramaturgos a usar como textos escénicos adaptaciones literarias. Una manera diversa de acceder a la palabra teatral. Esto provoca coincidencias con ciertos dramaturgos extranjeros que también gustan recorrer este tipo de alternativas, y que por lo tanto resultan doblemente gustados en nuestro medio artístico. Tal es el caso de José Sanchís Sinisterra, talentoso teatrista español tan representado entre nosotros, al que ahora vemos nuevamente en cartelera con una adaptación del último capítulo del Ulises de Joyce. Se trata de La noche de Molly Bloom, llevada a escena por Mauricio García Lozano.

El Ulises es uno de los grandes monumentos literarios de este siglo que concluye; desgraciadamente mucho más elogiado que leído. Aunque hay que admitir que no se trata de una lectura fácil, sino que debajo de su aparente intrascendencia temática —24 horas en la vida de un individuo (Leopold Bloom) absolutamente gris— hay una muy compleja estructura que con ochenta años de existencia aún no han podido agotar los más variados investigadores de la obra de Joyce.

El último fragmento de este libro transcurre de las dos a las tres de la mañana en la vida de Molly, la esposa del protagonista. Está en la cama, con su marido; ella absolutamente insomne mientras él duerme profundamente. Y los pensamientos vagan de un punto a otro, con esa falta de continuidad que determina el estado de vigilia, que también permite una particular ambigüedad moral, teniendo como eje de ese vago discurso el propio cuerpo y la sexualidad, en sus fantasías, recuerdos y frustraciones. En el original no hay puntuación, sino 45 páginas sin solución de continuidad que son como un río de vagas corrientes e inasibles orillas. Un material fantástico por sus posibilidades que en su aparente fragmentación contiene una perfecta unidad.

Sinisterra acota ese texto para que los tiempos sean los que corresponden a lo visual del teatro y no únicamente a lo imaginario de la lectura. Y da sentido y comprensión a los jirones de una historia que de por sí es sólo una parte ínfima de todo un voluminoso libro. Un trabajo excelente para el dramaturgo, que conserva el sabor de Joyce tanto en la forma como en el contenido, a pesar de la adaptación.

García Lozano, un director joven que se está mostrando como uno de los más interesantes exponentes de la nueva generación de creadores teatrales, se encuentra con una propuesta que exige de él la artesanía de una talla. Como esas que adornaban, ilustrando con libertad las escrituras, los sillares góticos. Es decir que tiene que dar sentido a la totalidad a partir de una minuciosa elaboración de las partes, de los pequeños fragmentos que observados en sí mismos parecen irrelevantes. La belleza de esos coros de madera oscura y desgastada está en su capacidad de sorprendernos por las cosas que ha infiltrado el tallista, sin perder jamás el sentido de unidad y conjunto. Un universo ordenado expresando a su creador. Y lo mismo sucede en esta obra, donde el director asume lo ínfimo para poder desarrollar un discurso que excede ampliamente la minúscula materia de cada una de sus partes.

Sólo es una vieja cama victoriana —de esas de bronce que se impusieron por el paradójico sentido de higiene de los hombres de fines del siglo pasado— unas mantas y dos o tres elementos que caracterizan la habitación bastante pobre del Sr. Bloom y esposa. Claro que dispuesta por Gabriel Pascal, responsable también de la iluminación, con humildad de efectos y efectividad de propuesta. Los espectadores puestos en derredor, apenas a un metro del lecho (como en otro reciente monólogo encarnado por Emma Dib), y una excelente actriz —Verónica Merchant— perdiéndose en los laberintos simplistas del personaje. Excelente trabajo para unos pocos que merece ser visto y disfrutado... ¡incluso como acicate para leer al bendito Ulises!