FICHA TÉCNICA



Título obra Alicia en el país de las apariencias, entre la vida y la muerte, amén

Notas de autoría Juan José Gurrola / adaptación

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Rocío Boliver, Janette Ruiz, Claudia Cabrera, Óscar Castellanos, Lucía Isabel Bazán

Escenografía Jorge Miranda Kirchner

Espacios teatrales Teatro Casa del Lago

Referencia Bruno Bert, “Bazar cultural”, en Tiempo Libre, núm. 998, 24 junio 1999, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Bazar cultural

Bruno Bert

Hacia tiempo que no regresaba a La Casa del Lago, donde recién se remozaron la sala de teatro y los jardines del entorno, que albergan una exposición de instalaciones y que ya cuenta ¡por fin! con un camino propio de ingreso, desde los portones del Paseo de la Reforma.

Ahí fui a ver una obra montada por Juan José Gurrola, quien fue algo así como uno de los fundadores del destino artístico-cultural de ese viejo edificio porfiriano, eso hace cuarenta años. Fecha que justamente se rememora con esta puesta.

Se trata de Alice en el país de las apariencias, entre la vida y la muerte, amén, basada en una obra de teatro de Susan Sontag, la misma que inspirara ese otro montaje que se llamó Alicia en la cama y que creo todavía se encuentra en cartelera. De todas maneras, en ambos casos, la obra de la Sontag resulta ser como un núcleo a partir del cual cada creador —sea Gurrola o Juliana Faesler— construyen su propio discurso tanto conceptual como de imágenes, distanciando profundamente ambos resultados. Son dos trabajos distintos entre sí.

El de Gurrola, que es en definitiva el que hoy nos interesa, echa mano de aquellos elementos que siempre le fueron caros: el placer por la disertación, la apelación a lo lúdico, el regusto por lo femenino, el juego intelectual de los sobreentendidos culturales y una estética provocadora de raíces kitsch que devuelve al teatro su convencionalidad más abierta. Elementos todos ellos que tienen que ver simultáneamente con los criterios estilísticos de Gurrola y con los conceptos que manejaron las vanguardias por las que transitó este creador, que por cierto en los años sesenta fue con justicia uno de los "niños terribles" del teatro mexicano.

Jorge Miranda Kirchner, responsable del concepto escenográfico, vuelve la pequeñísima sala en un estrado para conferencias. Con una gran mesa que ocupa casi todo el escenario, presidido por dos tótems tallados en algo que semeja madera, vinculados (usando la ironía) con el tema propuesto: la mujer y la cultura americana machista del siglo XIX.

Y allí coloca a sus invitados: una muy personal versión de Emily Dickinson, Margaret Fuller, Elizabeth Browning, Alice James y su hermano, el famoso escritor Henry James.

Cada una, manteniendo como protagónica a Alice, claro, acciona intercalando fragmentos estereotípicos sobre su vida, lanzando textos que le pertenecen... a ella y a otros escritores (entre los que se cuenta el propio Gurrola), que quedan citados en el espectáculo. El espacio resulta abigarrado, con una mezcla de objetos totalmente diversos. Algunos de factura ingenua, otros de una bella configuración antigua y los restantes (entre los que se cuentan los vestuarios, por ejemplo) con esa reminiscencia kitsch que mencionábamos más arriba. Una especie de bazar cultural en el que flota la presencia de la otra gran Alice —la de Carrol— a través de un segundo personaje masculino y de un manejo de la actuación que bien podría haber articulado la fiesta de la Reina de Corazones.

Entre la estridencia de lo visual y el juego disonante de las acciones, no resulta fácil apropiarse de materiales textuales que proceden del siglo XIX, y que se hallan cargados de intenciones que se distancian con las estructuras que los soportan. No es un marco de contemporaneidad que extrapola el original resignificándolo, porque en toda la puesta más bien existe una añoranza por aquellas soluciones que las vanguardias propusieron y que hoy se nos hacen un tanto anacrónicas. Entonces, vemos propuestas de un ayer reciente conteniendo textos con un siglo y medio de creados, planteados como a contrarritmo. Y el conjunto, aunque provocador, se nos hace un tanto ajeno.

Los actores son Rocío Boliver, Janette Ruiz, Alejandro Reza, Claudia Cabrera, Oscar Castellanos y Lucía Isabel Bazán. Juegan bien su papel, esa intermediación entre una figura mítico-literaria y una realidad del todo iconoclasta. Pero siento que en definitiva esas grandes voces del siglo pasado se pierden en sus intenciones, en sus búsquedas, en sus preocupaciones formales y conceptuales, cubiertas por un tipo de formalidad que se nos va haciendo historia. Y en este sentido, junto con ello se pierde buena parte de la intención del director de rescatar la fuerte identidad de aquellas creadoras, siempre cercenadas por un contexto represivo y machista. Más bien pareciera que otra vez el hombre —el propio Gurrola en este caso— impone marcos y manipula interpretaciones e imágenes volviendo a la mujer un objeto complaciente entre sus manos.

En definitiva, las reapariciones de Juan José Gurrola siempre merecen ser vistas... aunque no necesariamente compartidas.