FICHA TÉCNICA



Título obra Cosas de muchachos

Autoría Willebaldo López

Dirección Felipe Oliva

Elenco Mariana Brito, Leo Navarro

Espacios teatrales Foro Stanistablas

Referencia Bruno Bert, “Trabajo despojado”, en Tiempo Libre, núm. 996, 10 junio 1999, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Trabajo despojado

Bruno Bert

Hice algo más de treinta años se estrenó una obra que es caballo de batalla para muchos grupos y que ha sido montada infinidad de veces a lo largo y ancho del país por los más disímiles elencos. Me refiero a Cosas de muchachos, de Willebaldo López, que una vez más acaba de saltar a los escenarios, esta vez bajo la dirección de Felipe Oliva.

Willebaldo López, actualmente vicepresidente de la SOGEM, es un autor siempre preocupado por las cuestiones sociales, quien por lo general ha estado vinculado actoralmente a sus propuestas dramatúrgicas. Su estreno más reciente —Tereso y Leopoldina— tiene ya varios años, pero su nombre y prestigio dentro del medio, como dramaturgo y luchador del teatro, no han menguado a pesar de la escasez de nuevas producciones.

Cosas de muchachos es un combativo cuestionamiento a los diversos entornos que forman a los jóvenes a partir de su despertar sexual. Una pésima información, una familia desinteresada o desunida, una escuela autoritaria y una sociedad caníbal, marcan definitivamente el desarrollo de una pareja de adolescentes, destinándola al fracaso tanto en lo humano como en su intento de inserción al medio. El ámbito histórico en que nació esta obra —el conflictivo cruce del 68— hablaba de la necesidad de una transformación radical de parámetros y conductas. Una liberalización de las costumbres sexuales, mayor franqueza entre generaciones, una transformación política y todo aquello que recordamos perfectamente como herencia del teatro y fermento social de los sesenta. Pero naturalmente treinta años pueden llegar a ser una enormidad cuando son la única edad de una obra, y es fácil sentir el sabor de lo levemente anacrónico si el tratamiento no pone al día aquellas formas y palabras.

Y en este sentido Felipe Oliva, un joven director al que le ha ido muy bien en su última puesta: una versión de La casa de Bernarda Alba que aún se encuentra en temporada, ha sabido ubicar su montaje en una interesante ambigüedad formal. Por un lado ha quitado el uso de cualquier objeto, por más mínimo que sea, lanzando a los actores a un espacio vacío que sólo pueden llenar con sus cuerpos y las palabras del autor resonando en el espacio, con el valor de un golpe o una seducción. Por el otro, le ha impreso a lo textual y corporal una reminiscencia de las vanguardias de los setenta con lujo de violencia, una fuerte marcación coreográfica, un evidente realismo con alejamiento de cualquier intención naturalista y una posibilidad de lectura no solamente conceptual sino emocional a través de la captación de los valores de la información vuelta ritmo e imagen. Este tratamiento tiene una doble ventaja: el de nutrirse formalmente en los tiempos en que el texto fue escrito, y por lo tanto ser fiel sólo a lo esencial del mismo, conservando el "aire" de otras épocas y hablar a la juventud —el público está constituido básicamente por estudiantes de la edad de los protagonistas— no desde la idea sino desde la provocación. Cosa perfectamente contemporánea.

Mariana Brito y Leo Navarro son los dos intérpretes. Buen trabajo de ambos y de su director en cuanto a conducción de actores. La falta de madurez aquí se vuelve parte de las características de los personajes. Y es su empuje, más un nada despreciable encuadre de verosimilitud, lo que hace de estos dos jóvenes los naturales protagónicos del trabajo.

Cabe destacar que la obra se está presentando en un foro alternativo que cada vez va imponiéndose más en el medio tanto por el riesgo de sus montajes como por la solidaridad que muestra con los nuevos planteles. Me refiero al Stanlistablas, el teatro de cámara que maneja Patricia Reyes Spíndola.

En definitiva, un trabajo despojado, que une generaciones.