FICHA TÉCNICA



Título obra Interiores

Autoría Woody Allen

Dirección Martín Acosta

Elenco Margarita Sanz, Ricardo Blume, Ana Graham, Tania Ruiz

Escenografía Philippe Amand

Iluminación Philippe Amand

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “Interioridades”, en Tiempo Libre, núm. 995, 3 junio 1999, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Interioridades

Bruno Bert

No recuerdo la fecha exacta del estreno de Interiores, la película de Woody Allen, pero seguramente fue en los primeros años de los setenta. Lo que tengo bien claro es el fastidio que me produjo: aquel genial creador de un humor personal y corrosivo había caído repentinamente en la tentación de imitar a Bergman, con sus laberintos sicológicos y sus tempos lentos, plenos de primerísimos planos reflexivos. Estábamos frente a la primera película "seria" de Allen, ya nos acostumbraríamos a esa tónica a través de las que le siguieron.

Ahora, bastante lejanos ya de aquel momento y su entorno social, Martín Acosta nos trae como director la versión que Ignacio Ortiz hiciera de este título para el teatro.

Para aquellos que no vieron el original podemos comentarles que el título resulta bastante emblemático para la obra del cineasta americano, y adquiere distintas resonancias en su significado. Todas complementarias. La protagonista es una decoradora de interiores, y ha creado un mundo cerrado, interior, asfixiante y perfecto. Pero también es el retrato del interior de una familia, del interior de una clase y, por supuesto, del interior de las cabezas de esas personas. Ni qué decir que todas estas "interioridades" son muy propias de aquellos años de auge y abuso del psicoanálisis y que frecuentemente resultan bastante asfixiantes, no sólo para los torturados personajes, sino también para el espectador.

La anécdota se centra en el otoñal divorcio de una pareja que durante alrededor de treinta años pareció funcionar perfectamente. El marido lo decide como consecuencia de una espera de años, y la mujer -una profesional que es dechado de equilibrios y buen gusto— estalla en mil pedazos arrastrando en la crisis a sus hijas y a los esposos de las mismas. Se cuestiona la estructura, las relaciones, las ideas preconcebidas sobre la familia y la pareja. Todo queda en entredicho mientras se realiza un esfuerzo inhumano y absurdo para recuperar la "normalidad" anterior. Posiblemente el tema central sea el poder y la incapacidad' de abandonar la tentación de manipular a los que queremos. La incapacidad para asumir la libertad del otro a partir de nuestra propia identidad e independencia.

Por supuesto que el tema es interesante y que tratado por Woody Allen lo es mucho más, ya que se trata de un enorme creador. Pero esto no quita la sensación que mencionábamos de saturación y también de un cierto rechazo. Aquí, en teatro, Philippe Amand asume la escenografía e iluminación. Es como una elección natural, ya que como dijéramos en alguna otra nota, este talentoso escenógrafo e iluminador maneja como eje de su creatividad la investigación del espacio de frontera entre el adentro y el afuera. En la puesta de la que tratamos, fracciona y recompone el ámbito escénico come la cámara lo haría a través de la selección de planos. Un recurso abierto y correcto, pero también un poco pesado, que se adecúa a la visión del libreto y seguramente del propio director.

Acosta trabaja sobre lo que mejor maneja: la construcción sobre escenas pequeñas, muy acotadas y de• pocos personajes. Logra ser fiel al espíritu de la obra y aportar su propia visión. Buen trazo, un ritmo que no le es propio pero sí elegido libremente y un trabajo de actores que en este caso resulta un tanto desigual pero nunca baja de un mínimo muy aceptable. Los intérpretes son Margarita Sanz, Ricardo Blume, Miguel Angel Ferriz, Ana Graham (que además es una muy medida traductora del material), Erika de la Llave, Tania Ruiz, Juan Carlos Remolina y Concepción Márquez. Hay una gran actriz, que es Margarita Sanz, que preña todo el espectáculo con su trabajo. Los demás se hallan en un discreto segundo plano. A veces por exigencia del papel, y en otras por cuestiones de rendimiento. Es de destacar la pertinencia y el cuidado de los vestuarios de Marina Meza y Martín López, elementos que aquí son un parlamento orgánicamente integrado al discurso de obra.

En definitiva, una película que se recuerda, a través de un material que tiene la virtud de no ilustrarla. Lo demás, tal vez pase sobre todo por las naturales elecciones personales.