FICHA TÉCNICA



Título obra Pop corn

Autoría Ben Elton

Dirección Mario Espinosa

Elenco Fernando Cianguerotti, Surya Mcgregor, Ludwika Paleta, Juan Manuel Bernal, Cecilia Suárez

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro Lídice

Referencia Bruno Bert, “Al filo de los tiempos”, en Tiempo Libre, núm. 994, 27 mayo 1999, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Al filo de los tiempos

Bruno Bert

Aquello que posiblemente caracteriza al teatro con más relevancia y vigencia en estos momentos es la violencia, la crudeza en el habla, una visión muy inmediata de la sexualidad y la utilización de los métodos del cómic y la multimedia en el lenguaje de los dramaturgos y directores. El reciente estreno de Pop Corn, de Ben Elton, prueba esta afirmación.

Aquí, el tema es como todo ese paquete que nos viene servido a diario a través de la televisión y el cine, y que nos lo tragamos junto con las inocentes palomitas que nos definen como espectadores y que en este caso sirven de título a la obra.

Es muy posible que exista relación entre todo este "entretenimiento" y la ola de violencia psicópata tan frecuente y vistosa, sobre todo en Estados Unidos, donde asesinos actúan bajo el influjo tanto de la droga como del desequilibrio emocional que todos esos productos incentivan constantemente, en una sociedad ya de por sí totalmente neurotizada.

Tal vez el desafío de estos escritores es lograr tocar temas tan altamente dramáticos con las herramientas de la comedia y el tono fársico sin desvirtuar la importancia del asunto. En el cine y las caricaturas las muertes no son significativas y suceden por docenas; la violencia es la forma misma del argumento y eso no conduce a reflexión alguna, por más bestiales que sean las maneras de destrucción del otro. La aparente y falsa inocuidad de toda esa barbarie es el tema de Pop Corn. El problema es lograr que la denuncia, manejada en lenguaje tan similar a lo denunciado, no funcione igual y se pierda dentro del mismo fárrago transformada también ella, en un acompañamiento de las palomitas.

Los teatristas del fin de siglo nos dicen que no quieren rollos dramáticos, y que pretenden dialogar sobre la realidad con la misma falsedad con que esa realidad se nos muestra. Utilizando esa imagen infantiloide del espectador que los medios masivos acostumbran.

Ubicándose ellos mismos, generacionalmente, en el centro de la acción para denunciar al poder y a las generaciones de adultos por su responsabilidad en la sociedad y los valores que manejamos. Y esto sin dar a la imagen de los jóvenes una coartada que los justifique. Lo lúdico es una manera que viene usada y cuestionada simultáneamente.

El trabajo del director es fundamental, porque se trata de instrumentar un juego capaz de golpearnos y entretenernos; identificarse con el lenguaje denunciado y distanciarse de él en su efecto... y aquí Espinosa lo hace con habilidad, seguramente apoyándose en sus trabajos anteriores, que bordeaban caminos e intenciones similares. El manejo del espacio y la escenografía apela directamente a la historieta, a la parquedad de sus fondos monócromos y a la bidimensionalidad que provocan como efecto. Es Gabriel Pascal el encargado de ello, y logra sus objetivos, aunque la imagen resulte pobre en comparación con lo barroco de los personajes y las situaciones. Tal vez la intención sea buscada, pero siento que podría haberse avanzado más, expresivamente hablando, por esa misma línea.

En la docena de actores convocados dos son los "especiales". Tanto el director como concepto y los intérpretes con en su trabajo consiguen esta diferencia, este corrimiento que encima al tono fársico del resto, ese espacio de virtualidad que bien podría haber estado ocupado por Roger Rabbit y su compañera. Es decir que la pareja de asesinos de Pop Corn están diseñados como una caricatura sobre la realidad fársica de la obra. Interesante en lo visual y en lo conceptual, ya que la proposición indicaría que lo que los medios van creando es una juventud alienada, enajenada en la fantasía, incapaz de concebir la realidad y una posible relación creativa con ella.

El juego de destrucciones y muertes no son más que pruebas de límites y búsqueda de sensaciones de las que normalmente las caricaturas, por no ser reales, están desprovistas. Excelente trabajo de Juan Manuel Bernal y Cecilia Suárez en estos dos roles. El resto de los intérpretes —con Fernando Ciangherotti encabezándolos— están discretos, con buenos momentos aquí y allá a lo largo del montaje.

En definitiva, una obra al filo de los tiempos que abre la incursión al campo teatral de una nueva productora en este rubro: Argos Becker Jinich, en un teatro que de San Jerónimo pasa a llamarse Lidice. Un comienzo afortunado, capaz de combinar lo artístico con lo económico, dentro de un marco interesante y polémico.