FICHA TÉCNICA



Título obra Alicia en la cama

Autoría Susan Sontag

Dirección Juliana Faesler

Elenco Mario Oliver, Clarissa Malheiros, Patricia Marcheselli, Carlos Pascual, Juliana Faesler

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Lastre de su propio peso”, en Tiempo Libre, núm. 990, 29 abril 1999, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Lastre de su propio peso

Bruno Bert

No sabía que Susan Sontag escribiera teatro. La noticia de su primera obra la tuve cuando la vi en escena, montada por Juliana Faesler en La Gruta del Helénico. Se trata de Alicia en la cama que es "una historia sobre el encierro del alma en el cuerpo, la inocencia de la melancolía y de una cama como territorio infinito que se convierte en el agujero por donde la imaginación se escapa y vuelve", según reza el programa de mano.

Es un material que estilísticamente resulta difícil de identificar con la autora de El amante del volcán. Un texto excesivamente abigarrado, demasiado poblado de personajes existentes o posibles, cercano a una saturación barroca que se prenda por todo sin llegar a desarrollarlo. Hay una fascinación por lo que crece, incluso desordenadamente (la imaginación o el cáncer, por ejemplo), en contraposición con la muerte y su austeridad.

Anecdóticamente parece centrarse en la vida de Alice james (1848-1892), la hermana de Henry James, que según se informa pasó casi toda su vida metida en la cama, afectada, a través de su hipocondría, por uno de esos males a los que es difícil diagnosticarle un origen físico o psicológico. Pero de los que en definitiva termina uno muriéndose, después de poner tanta buena voluntad al respecto.

Fue criada en el seno de una familia liberal, moderna y poblada de insignes inteligencias. Con un padre marcándole un destino necesariamente brillante, parece que Alicia (por lo menos la de Susan Sontag) optó por fugarse de ese futuro promisoriamente competitivo y prefirió crear su individualidad a partir del fracaso social y el aislamiento. Su mundo fue el reducido espacio de un cuarto y en el infinito, aunque un tanto enfermizo, horizonte de su propia fantasía.

Es en ese micro universo de huida donde se emparenta con la otra Alicia, la de Lewis Carrol, con su país de maravillas.

Y allí, en ese atalaya profundo —reflejo en aguas oscuras—convoca a sus personajes, familiares, históricos o legendarios. De esa relación entre un ser real que se adelgaza en soledad y muchos entes fantásticos que desean adquirir consistencia de realidad, nace el material que constituye la obra de la Sontag. Claro que no he leído el texto, así que sólo lo juzgo a través de lo que se filtra por el montaje.

Juliana Faesler —directora, escenógrafa, iluminadora y actriz en el pequeño pero también emblemático papel de la enfermera— parece gustar de los espacios que convocan a la imaginación lúdica. Recuerdo en otra puesta los fragmentos de un circo, y aquí es un carrusel el que lleva la cama de Alicia en su eje. Pero es extraña la oposición de signos, ya que si este juego es como el símbolo mismo de la levedad del ensueño, aquí aparece como una maquinaria pesada, lenta, que apenas gira fatigosamente cuando los actores se empeñan en el esfuerzo. Además, en los carruseles suele predominar el color y la madera (o lo que la imita con cierta verosimilitud), y aquí en cambio hay abundancia de grises y metal. Naturalmente que esto puede ser intencionado porque carga a una cama y a una enferma, pero el resultado tanto visual como de clima no es propicio a lo que parece ser la intención básica de la dirección. Es como un cuadro opaco que más tiende a absorber energía que proyectarla. Y esto vuelve pesados muchos fragmentos del espectáculo.

Acaballados a este mundo que musicalizó de manera muy personal Liliana Felipe, se hallan cinco actores encarnando o representando a un abundante número de personajes. La única que no se desdobla es la propia Alicia, que es asumida por Clarissa Malheiros. Una excelente actriz capaz de soportar el ritmo y marcar el contra-ritmo de todo el trabajo a pesar de representar a una semi-paralítica, cuya gama de movimientos se haya naturalmente limitada. Directora y actriz usan ese condicionamiento y lo vuelven lenguaje con mucha eficacia. Los demás son Carlos Pascual, Patrizia Marcheselli, Mario Oliver y la propia Juliana Faesler. Un equipo disciplinado y creativo al que es grato ver aunque no haya verdaderos logros que destacar.

En definitiva, un texto interesante aunque un tanto saturado, y una puesta cargada, barroca, que queda con el lastre de su propio peso a pesar de variadas virtudes puntuales y un trabajo serio de composición.