FICHA TÉCNICA



Título obra El servidor de dos patrones

Autoría Carlo Goldoni

Dirección Adalberto Rosseti

Elenco Carlos Caballero, Vanessa Ciangheroti, Germán Gastélum, Eduardo R. España

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “Opción para los curiosos”, en Tiempo Libre, núm. 985, 25 marzo 1999, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Opción para los curiosos

Bruno Bert

En nuestro medio se montan en muy pocas ocasiones obras teatrales que tengan relación con la Comedia del Arte. Y si bien es cierto que no forma parte directa de nuestra tradición cultural, también lo es que por un lado esa corriente se amalgamó a las técnicas que empleara el Siglo de Oro, y por lo tanto nos pertenece indirectamente; y por el otro resulta un interesante desafío para el trabajo creativo de cualquier director y equipo de actores.

Hoy, como interesante excepción, tenemos en cartelera una de las obras más conocidas de Goldoni (17071793), ese genial dramaturgo italiano que luchara por la renovación del género y que representa simultáneamente uno de sus últimos momentos culminantes y la despedida del mismo hacia un cierto naturalismo que preanuncia las tendencias del siglo XIX. Entonces, en sus obras cabe esperar un cierto diseño sicológico, una irónica pintura social (sobre todo de la burguesía veneciana), un texto literariamente valioso y también el eco estructural de la Comedia del Arte y sus característicos personajes.

La obra de la que hablamos es El servidor de dos patrones, cuyo protagónico suele ser encarnado por Arlequín, una de las figuras emblemáticas de esta escuela italiana.

La obra en sí es una comedia de enredos que contiene a los personajes clásicos que la Comedia del Arte arrastró del teatro cómico de la antigüedad: los criados —conductores de la acción—, los jóvenes enamorados —excusa de la trama— y los padres —viejos que permiten el empleo de la comicidad y la burla— y que siempre terminan engañados tanto por sus hijos como por sus siervos. En realidad, se trata de una de las obras en las que Goldoni más respeta la estructura tradicional que generalmente impugna por considerarla vacía y ya caduca. Claro que aquí hay un gran conocimiento de parte del autor que le permite sintetizar y al mismo tiempo actualizar con infinidad de referencias cómicas y burlonas sobre los tipos y prejuicios de su época, volcando todo esto no en los moldes de la improvisación sino en un texto fijo y abundante.

Dado que para el contemporáneo la trama se vuelve insustancial y las referencias hacia lo social alejadas de su propio entorno, tanto por época como por país, el interés que puede presentar para el público, más allá de la curiosidad histórica, está esencialmente en la puesta y el juego de los actores.

Aquí la puesta corresponde a Adalberto Rosseti, de la Compagnia Italia, una organización que ya nos ha brindado trabajos anteriores, el último de los cuales fue un interesante montaje de Darío Fo en la temporada pasada. Naturalmente, hallamos una clara empatía entre Rosseti y el material goldoniano, que aquí está trabajado para teatro de cámara al estilo de las compañías trashumantes originales. Es decir que la escenografía está apenas bocetada mediante telones corredizos y el espacio y tiempo se manejan por sonido y convención. Ágil la propuesta y eficaces las pinturas de Luciano Spanó, con una estética cercana a los cincuenta. Otro punto de interés está en el vestuario de Santi Migneco. Un excelente trabajo que supera la ilustración histórica para dar espacio al clima y el color de la comedia según las características de personaje y función. En este caso el protagónico ya no es Arlequín (y por lo tanto tampoco su habitual atuendo), sino un híbrido entre este referente y el de un teatro posterior.

Rosseti en su puesta no recurre a las rígidas convenciones de la Comedia del Arte imperante en la segunda mitad del siglo XVIII en cuanto a los cuerpos y voces, y tanto éstas como las máscaras tradicionales no son más que un recuerdo que apenas se esboza como un intento de complicidad con el público, para abandonarlas por comportamientos que sólo las recuerdan sin desarrollarlas. Es correcto en cuanto a Goldoni, pero también es cierto que así priva al espectador de uno de los atractivos posibles del material, especialmente presente en un montaje que viera hace unos diez años de la misma obra puesta por un grupo tradicional veneciano especializado en el género.

El trabajo de los actores —unas diez personas en escena con Carlos Camarillo en el protagónico— es solvente y atractivo sin ser brillante. En definitiva, un trabajo prolijo, serio, bien encarado, con ciertos puntos a favor que lo hacen una opción para los curiosos de un teatro muy poco representado en nuestro medio.