FICHA TÉCNICA



Título obra Volver

Autoría Tomás Urtusástegui

Dirección Juan Carlos Serrán

Elenco Beatriz Martínez, Raquel Pankowsky

Espacios teatrales Foro de La Conchita

Referencia Bruno Bert, “Teatro de la añoranza”, en Tiempo Libre, núm. 982, 4 marzo 1999, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Teatro de la añoranza

Bruno Bert

En épocas de demoliciones y pérdida de espacios teatrales, me interesa especialmente saber qué se presenta en los foros alternativos. De allí que me haya acercado una vez más a La Conchita, el pequeño espacio que dirige Olga Marta Dávila en Coyoacán. Me tocó ver una reposición —en lo que va de la temporada han sido muchas más las reposiciones que los estrenos, por obvios motivos económicos— que aún no había trabajado.

Me refiero a Volver, una obra que Tomás Urtusástegui debe haber escrito a mediados de la década pasada. El nombre está asociado al tango homónimo que Gardel hiciera famoso en la década del 20, y que por supuesto habla del deseo y las penurias del regreso de aquellos que estuvieron lejos de su patria durante muchos años. Y pienso en la primera mitad de los ochenta, porque aquí se liga el tema con el exilio político latinoamericano. En este caso específicamente el uruguayo, dado que la acción sucede en Montevideo, donde luego de una larga separación se reencuentran dos hermanas, una de las cuales se refugió en México durante la dictadura militar.

Resulta extraño recordar al pasado reciente desde la perspectiva de ese propio pasado y no desde el hoy. Es como dar un salto hacia atrás con la memoria y las emociones y reencontrar algo que alguna vez de alguna manera nos perteneciera y ya hubiéramos olvidado. El tema del exilio, del regreso y muchas veces de un nuevo exilio, esta vez voluntario y adoptando un espacio y un país que en origen se había pensado solamente como lugar temporal, es algo que fue cotidiano y dolorosamente entrañable para muchos hace unos quince años. Es un teatro que tiene algo que ver con ese concepto de liga con lo periodístico e inmediato que manejaron en la Casa del Teatro alrededor del nombre de "Teatro Clandestino". Hoy, naturalmente, son otros los temas y las urgencias, aún para las colonias de latinoamericanos residentes en nuestra ciudad. Y creo que Urtusástegui manejó la estructura de Volver desde la perspectiva del impacto de lo efímero, cargando a la obra no tanto de lo que puede significar una reflexión de trascendencia, sino de infinidad de detalles sobre lo contingente, sobre lo emocional, sobre el extrañamiento que se produce en esos casos y la multitud de pequeñas cotidianidades que nos hablan más a la emoción que a la reflexión. Un trabajo prolijo de autor, en una obra que no intenta un juicio, sino más bien que delata un dolor. Y por esa misma honestidad literaria e ideológica es que la creo más ligada a los intereses de aquel entonces que a una vigencia con la actual realidad, tanto artística como política.

Juan Carlos Serrán asume la dirección y en el minúsculo espacio recrea, con su equipo ya que no hay escenógrafo, una sala de absoluto naturalismo, como corresponde, que es un confluir de restos, que el tiempo y los avatares han terminado congregando en esos pocos metros cuadrados, con un aire de clase media empobrecida que es perfectamente reconocible y reconciliable con ese mate que toman y con ese Gardel que escuchan. La puesta es breve, limpia, más de testimonios sobre el pasado que de intentos a nuevas posibilidades. Y sólo hay dos personajes: Julieta, la que se quedó, interpretada por Beatriz Martínez, y Bruna, la que regresa, asumida por Raquel Pankowsky. Ambas manejan técnicas similares, acaballadas entre lo formal y lo vivencial, generalmente efectivas en los diálogos más cotidianos y un poco forzadas en las escenas más dramáticas. Es un teatro que, tal vez por pura coincidencia, me recuerda en técnicas, montaje e intereses a aquel que hacía El Galpón cuando estuvo radicado en México durante su exilio, hace alrededor de veinte años.

En definitiva, un teatro de la añoranza, honesto aunque algo distante, que alcanza emotivamente al público, pertenezca o no a los que vivieron las circunstancias que narra la anécdota.