FICHA TÉCNICA



Título obra Primer amor

Autoría Samuel Beckett

Dirección Antonio Algarra

Elenco Emoé de la Parra

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Monólogo de encuentros y desencuentros”, en Tiempo Libre, núm. 980, 18 febrero 1999, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Monólogo de encuentros y desencuentros

Bruno Bert

Creo profundamente en las complicidades creativas. En las directas y en las indirectas, aquellas que parecen traiciones y terminan revelándose como alianzas fértiles y profundas. Hablo le esto porque me estoy refiriendo a una obra que se na estrenado hace poco en La Gruta que y contiene este juego de encuentros y desencuentros. Se trata de Primer amor, un monólogo construido dramatúrgicamente por José Sanchís Sinisterra sobre textos de Samuel Beckett. En el programa de mano el escritor español reseña justamente la cadena de traiciones que comienzan con el propio Beckett que expropia un título que originariamente "pertenecía" a Turgeniev y estaba impregnado de romanticismo, para llevarlo a un extremo de significaciones contrarias; y que concluye con aquella que implica poner a una actriz para asumir al protagonista masculino y misógino del texto, adaptado para el teatro por Sinisterra.

Si no reconozco literariamente al original beckettiano tal vez simplemente porque no lo haya leído, no deja de serme clara en cambio su filiación descastada, muy hijo de Beckett lleve o no su nombre. Aunque aquí, tal vez por la colaboración del dramaturgo español, hay un personaje concreto y una historia contada, y no solamente figuras amputadas, imágenes como fotografías movidas y fragmentos deshilvanados de burla y desesperanza, que es lo que correspondería a la literatura de Becket. Claro, no una narración lineal ni la construcción de un personaje que tenga algo que ver con lo naturalista. Es como una larva de ser humano, vestido de andrajos y cubierto de costras y llagas, que rememora, entrecortadamente, lo que por irrisión, el autor llama su "primer amor". Naturalmente que el amor no aparece por ninguna parte, porque es sabido que Beckett (y algunos más) sospechan que ése es un sentimiento que el hombre no ha descubierto todavía, a pesar de la catarata de palabras que lo cubren. Aquí es sólo un ser que trata de moverse lo menos posible, sea en una habitación primero, en una banca luego y en las entrañas de un viejo sillón por último. No moverse, no gastar energía, no desprenderse ni de su propia mierda si fuera posible. Naturalmente la amada que lo busca y muy de tanto en tanto lo obliga a realizar pequeñas acciones es su equivalente en mujer, algo que genéricamente es de por sí bastante repulsivo desde la óptica del protagonista. Una prostituta sistemática que finalmente queda preñada de él durante alguna violación nocturna al habitante silencioso del sillón. La obra se corta sobre el nacimiento del hijo de ambos mientras él huye despavorido ante los gritos ululantes de la que va a dar a luz al "hombre nuevo", aunque las comillas sean mías. Aquí, Gerardo Arévalo, responsable del manejo de espacio, nos ubica a ese proto individuo apenas en un ángulo de lo que podría ser el sótano de alguna casa destruida. Muy pocos metros cuadrados y una puerta alta que da a un afuera que intuimos devastado. Y nada más que colores terrosos y grises. Algarra juega —no sé si por indicación del autor o como agregado personal— a interrumpir periódicamente el discurso adormilando al personaje. Entonces se enciende una luz sobre un cartel que indica que si los espectadores quieren continuar la historia deben hacer sonar una campanilla que se acciona mediante cordeles que pasan sobre sus cabezas. Una triste interacción que nos pone, un tanto sutilmente, en el mismo plano del personaje que está en escena. Una buena dirección, precisa y conservando algo del negro sentido del humor en el que tal vez concuerden por momentos el escritor irlandés con el español. Pero por sobre todo una excelente actuación de Emoé de la Parra que logra hacernos ver un hombre donde en verdad hay una mujer. Y aquí se dan de nuevo las complicidades a las que aludíamos al principio, ya que el dúo de actriz y director lo habíamos visto con buenos resultados en Emily, un personaje y una puesta diametralmente opuestos a la actual propuesta hace apenas una temporada.

Dos autores fusionados en un resultado que los compendia a ambos y que sirve de estímulo para un trabajo de muy buen nivel. Usted elige.