FICHA TÉCNICA



Título obra Días de fumar

Autoría Marisa Gómez

Dirección Marisa Gómez

Elenco Carmen Zavaleta, Miguel Ángel Gabriel, Jorge García, Tania Ruiz

Escenografía Gilberto Soberanes

Iluminación Gilberto Soberanes

Espacios teatrales Teatro en Espiral

Referencia Bruno Bert, “Puente hacia otras expresiones”, en Tiempo Libre, núm. 971, 17 diciembre 1998, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Puente hacia otras expresiones

Bruno Bert

En el espacio de los nuevos dramaturgos hay algunos que expresan más claramente que otros una posición directamente vinculada a los intereses y desventuras de la llamada "Generación X", según la conocida designación de Douglas Copland. Es el caso de Marisa Gómez, que en estos momentos está presentando Días de fumar en el foro Teatro en Espiral.

Se trata de su segunda obra y, como la primera, 2002, Feliz Año Nuevo, también está dirigida por ella misma. Hay una similitud estilística entre ambos materiales que los vuelve reconocibles, procedentes de la misma mano: los dos abarcan a muy pocos personajes, todos jóvenes, todos presionados por la angustia y el sin sentido, y la acción se desarrolla en un espacio cerrado, pequeño, impersonal y prácticamente desmantelado.

El entorno físico contenedor, la casa, el departamento, no identifica ni matiza a los que lo usan, sólo sirve para oprimirlos.

Las relaciones son compulsivas, la sexualidad se desencaja de la emotividad y se vuelve errática y finalmente los nombres pueden ser intercambiables y sustituidos por "él", "ella", "el otro", etcétera.

Aquí la estructura anecdótica gira alrededor de cuatro personajes: dos hombres y dos mujeres y de su permanente tendencia a la adicción. A la de fumar, en primer término, pero también al alcohol, la mariguana, la cocaína… y sobre todo a generar relaciones adictivas —es decir compulsivas, dependientes y con tendencia al suicidio— con los que los rodean. Bajo un manto histérico de permanente alegría la suma de todos los actos da siempre negativo y cualquier intento de salida se convierte en una eterna recaída y en una permanente confusión.

La obra, literariamente hablando, es más bien de carácter coyuntural, inmediata. Un material que expresa el aquí y ahora en un lenguaje fragmentario, cotidiano, como el resultado de una suma de elementos: mensajes de una grabadora, llamadas telefónicas, conversaciones deshilvanadas, pequeñas cartas, tarjetas, voces que se filtran del otro lado de la puerta o la ventana... es decir que en la forma ya se encuentra implícito el contenido expresado. La precariedad de lo expresado se vuelve entonces también debilidad del propio soporte, que lejos de intentar una validez literaria se enajena en el hecho, en el acto teatral que se consume cada noche y se acaba finalmente sin dejar más que tensiones.

A esto también contribuye el montaje, tan frágil como el resto, pero también tan coherente. Es algo así como un "teatro descartable" que envasa la angustia de una generación, que la testimonia sin pretensiones de historia y de permanencia.

El manejo de los actores Jorge Gustavo García, Tania Ruiz, Miguel Angel Gabriel y Carmen Zavaleta— sigue las mismas líneas, bordeando un realismo excedido que en muchos casos se vuelve una invitación al muñeco, a la figura de cómic, al ser bidimensional que está exento de la muerte como el Coyote y el gato Silvestre por más que las locomotoras pasen sobre ellos una y otra vez.

Siento que este material de emergencia se ubica a sí mismo como un fenómeno entre artístico y cultural, y que si por un lado no alcanza niveles potentes en cuanto creación, en tanto valor teatral perdurable, por el otro es claro que su juego no va hacia ese intento sino mucho más directamente a ser puente hacia otras expresiones, casi presionado por los escritores inmediatamente posteriores, aquellos que hoy bordean los veinticinco años y no asumen más que tangencialmente las posturas de esta generación pero que ya están presentes con sus primeros trabajos en nuestros escenarios y de una manera cada vez más reclamante.

En definitiva, en Marisa Gómez encontramos un emergente de todos aquellos que, cercanos a los treinta años, son gente de teatro, formados en nuestras escuelas, en este caso alumna directa de José Enrique Gorlero, e intentan un camino en medio de un espacio que sienten como de desolación, bloqueados por un pasado lleno de nombres cada vez más vacíos y un futuro que parece deshacerse entre las manos a cada acción. Casi un teatro hecho a pesar de sí mismo.

Creo que importa verlo, no tanto por su calidad intrínseca, siempre dudosa, como por la honestidad global con que juega a ser y deshacerse en cada obra.