FICHA TÉCNICA



Título obra Lección de anatomía

Autoría Larry Tremblay

Dirección David Olguín

Elenco Laura Almela, Alejandro Calva, Moisés Arizmendi

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Bruno Bert, “Disección en vivo y en directo”, en Tiempo Libre, núm. 970, 10 diciembre 1998, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Disección en vivo y en directo

Bruno Bert

El tema es la obsesión por el análisis, la incapacidad para vivir sin una reflexión que explique el por qué y el cómo de la acción. La necesidad de hurgar y viviseccionar hasta lo más profundo de las sensaciones para descubrir que éstas se nos mueren en las manos durante el procedimiento. La obsesión por conocer, por conocernos y conocer al otro terminan en su contrario, y de la desesperación y la ignorancia se yergue la muerte como consecuencia natural.

El tema es el lenguaje y las limitaciones del mismo para ejercer la posibilidad de un conocimiento que aceptemos como válido y real. Un tipo de material y un tipo de preguntas que nacen hace unos cincuenta años pero que encuentran aquí, en esta obra, como una culminación perfecta y perversa a la vez. Hablo de La lección de anatomía, de Larry Tremblay que ahora David Olguín ha llevado a escena en El Granero.

Originariamente creo que se trataba de un monólogo, y aunque aquí se incorporan con cierta voz un par de personajes más, conserva en lo esencial esa característica. Una mujer frente a la muerte, una pareja frente al final, buscando qué pasó, qué fue, qué se hizo mal y por qué las cosas salieron como ahora son.

Gabriel Pascal, como escenógrafo iluminador crea el espacio: un lugar vacío junto a un congelador. Como una carnicería, como una morgue, donde no hay objeto alguno salvo un viejo teléfono que suena una y otra vez pero no comunica a nadie. En la frialdad de ese espacio, con cuerpos que ya son cadáveres, hayan muerto o no, Marta, comienza a hablar, como alguien que se ha condenado al uso indefinido de la palabra para tratar de cortar, develar y explicar qué pasó con su vida, ahora cercenada por un cáncer terminal.

De los varios autores que han desandado caminos similares dos me vienen de inmediato a la memoria, convocados por la acerada impotencia de la palabra tratando de explicar insatisfactoriamente lo que en realidad la excede: Pinter en el teatro, a través de la economía de sus diálogos aquí transformados en monólogos, y Henry Miller en los momentos más logrados de sus novelas.

El trabajo de Olguín, dramaturgo él mismo en definitiva, es jugar con el valor del texto en el plano de lo visual y lograr esa difícil vinculación entre lo volcánico de las emociones y lo helado e impasible de las reacciones. Trabajar la ineficacia de lo verbal como si el camino fuera perfectamente conducente y congruente, e ir descarnando —las láminas de Vesalius arrancadas periódicamente del muro serían el correlato de una serie de “lecciones”- la relación hasta los mismos huesos, hasta la muerte de sus pacientes bajo el bisturí curioso, según cuenta Marta que alguna vez le sucediera con un perro en el sótano de su casa.

Una vieja historia renovada con eficacia para el fin de milenio, donde las palabras ya no poseen la clave de ninguna explicación, pero que al menos nos dejan la posibilidad de observar la belleza un tanto macabra e inútil de una disección en vivo y en directo. Lo perverso tal vez está en la comprobada inutilidad del acto, pero esa gratuidad es parte de la función de lo artístico y estamos frente a un hecho de arte.

Laura Almela es al mismo tiempo el cuerpo sometido y el instrumento cortante. Y se renueva aquí la conocida solvencia de esta actriz sobre todo en papeles que exigen un cierto grado combinado y simultáneo de tortura y frialdad. Un excelente trabajo que por supuesto comparte en responsabilidad con su director que ha sabido conducirla con gran pericia y eficacia. Alejandro Calva y Moisés Arizmendi son los actores que la acompañan, tal vez con poca voz, pero indudablemente con segura presencia.

Un material que nos permite no solamente conocer una obra de autor canadiense —Tremblay es de una población cercana a Quebec— sino también ver la relación de este teatro con el cercano contexto norteamericano con el que muestra ciertas afinidades.

En definitiva, una puesta que intenta hablar del cuerpo... de los cuerpos, individuales y sociales, con raíces que nos vienen de la historia inmediata y reconocible, pero también con acentos que claramente hacen a la forma en que hoy nos preocupa el tema.