FICHA TÉCNICA



Título obra Muertos sin sepultura

Autoría Jean Paul Sartre

Dirección Enrique Ruelas

Elenco Carmen Herrera, Pablo Salinas, Carlos Ancira, Alberto Pedret, Raúl Cardona, Javier Loya, Alfonso de la Vega, José Luis Palafox, Raúl Kampfer, Benjamín Núñez

Escenografía Leoncio Nápoles

Grupos y compañías Alumnos universitarios de Enrique Ruelas

Espacios teatrales Facultad de Filosofía y Letras : Sala Molière del IFAL

Referencia Armando de Maria y Campos, “La escena existencialista en México. Estreno y representación de Muertos si sepultura de Jean-Paul Sartre por alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras”, en Novedades, 28 diciembre 1949.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La escena existencialista en México. Estreno y representación de Muertos sin sepultura de Jean-Paul Sartre por alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras

Armando de Maria y Campos

El teatro de Jean-Paul Sartre está de moda en México. Como en París, en Nueva York y en Buenos Aires, en Praga, en Varsovia y en Viena. El autor francés existencialista y el norteamericano Tennessee Williams se disputan la atención y la curiosidad de los públicos más heterogéneos. Pero en tanto que de Williams se discute una sola obra, del existencialista francés se aceptan o rechazan dos, tres, cuatro. En México, durante el mes de diciembre de 1949, se han representado A puerta cerrada, Muertos sin sepultura y Las manos sucias, esta última en francés, por el magnífico grupo que dirige André Moreau, pero ya se anuncia una representación en español, para principios de enero, por el grupo de José Aceves. La representación de Muertos sin sepultura se ofreció a un reducidísimo público desde un salón convertido en teatro de la Facultad de Filosofía y Letras y por alumnos universitarios del profesor Enrique Ruelas, primero, y luego en la Sala Molière –ciento noventa butacas–, mismo local en que Moreau representó Les maines sales y donde antes había sido presentada A puerta cerrada. Sartre está de moda en México, pero sólo en ciertos medios pseudointelectuales, y entre un público aficionado al teatro que, salvo excepciones, no está habituado a pagar por ver representar.

Sartre reconoce en su libro L'existencialisme est un humanisme que su doctrina filosófica –su actitud ante la vida– sea la última moda. "La mayoría de las gentes que emplean la palabra existencialismo se encontrarán bien perplejas para aplicarlos porque hoy, que se ha convertido en una moda, se dice de buen grado de un músico o de un pintor que es existencialista. Parece como si la gente, ansiosa de escándalo y de movimiento, se dirigiese a esta filosofía, a falta de una doctrina de vanguardia análoga al surrealismo". Lo que sí es evidente es la existencia de un "teatro existencialista", magnífico más como teatro que como doctrina. Su teatro –y toda su obra– está condenada por la Iglesia; pero la Iglesia reconoce que hay en Sartre un gran autor de teatro. Como se sabe, la Sagrada Congregación del Santo Oficio decretó el 30 del mes pasado octubre que se incluyeran todas las obras de Sartre en el índice de libros prohibidos. "Al condenar sus obras –comenta P. Copleston, jesuita inglés–, la iglesia no niega ciertamente sus dotes literarias; por el contrario, el talento de Sartre como dramaturgo y novelista es probablemente la causa de gran parte de esta condenación pública. Su talento literario, que todo el mundo le reconoce como extraordinario, le ha granjeado extensa popularidad; y el resultado es que su filosofía, que implícitamente se encuentra en sus obras populares, logra afectar, a veces sin sentirlo, las mentes de muchas personas no preparadas suficientemente".

Muertos sin sepultura, la pieza representada por jóvenes universitarios, a la que se contrae este comentario –cuando llegue el estreno en español de Las manos sucias le dedicaré uno a esta obra, y a su doble interpretación en francés y en castellano, anticipando, ahora, que la representación francesa, dirigida por Moreau, es magnífica–, no es la más típica de la doctrina sartreana, no obstante que tiene un antecedente francamente existencialista en el estupendo cuento del propio Sartre titulado Le mur. Conviene recordarlo. Un puñado de prisioneros, cuyas angustias, torturas e inquietudes ante la proximidad de la muerte, alcanzan un fin absurdo. Han luchado por la buena causa, los aprisionan, atormentan, fusilan a algunos, pero no revelan el sitio en que está escondido Ramón Gris, el jefe de todos ellos. Esa lealtad hasta la muerte piensa Sartre que no tiene ningún sentido; al protagonista le hace decir que ni le importa la causa, ni quiere a su jefe, no tiene ningún valor de su vida, por la que, sin embargo, sacrifica estúpida y fanáticamente la suya. A última hora, por mofarse de sus carceleros, les dice que Ramón Gris está escondido en el cementerio, donde a él le consta que en modo alguno pueda estar. Pero a Ramón Gris inesperadamente y contra toda presunción se le ocurre esconderse efectivamente en el cementerio y allí le prenden. Todo lo que han hecho los del grupo es absurdo e inútil; absurdas sus torturas, absurda su lealtad, absurdo su trágico fin.

En Muertos sin sepultura cuatro cuadros nos hacen vivir con un grupo de patriotas, encarcelados en el desván de una escuela y con los milicianos que, abajo, en la sala de clase, preparan y ejecutan las sesiones de un interrogatorio y tortura... Se nos presentan juiciosamente los personajes y sus dramas en un orden puramente lógico y ese trozo de vida cuidadosamente desprovisto de toda transposición, parece estar en su sitio en el viejo marco de un melodrama bien antiguo. Tan sólo nuestra sensibilidad aún viva nos permite que veamos interés en ello.

En el tercer cuadro, al contrario, nace un elemento dramático auténtico: entre los cautivos se halla un muchacho de quince años. Se ha decidido interrogarle en último lugar. Sus compañeros han podido resistir uno tras otros los espantosos dolores de la tortura, pero es evidente para cada uno de esos hombres que la prueba está por encima de las fuerzas de su joven camarada. Si éste habla, sesenta de sus compañeros caerán en manos de sus enemigos. Es necesario, pues, sacrificar esta víctima inocente. Pero realizado el crimen, el horror de los que lo han cometido perturba la conciencia de esos desdichados y están a punto de entregarse voluntariamente a la muerte, inclusive en un instante en que el azar les procura el medio de salvar sus propias vidas. Este último acto de valentía será inútil también pues todos perecerán asesinados. Esta muerte aparece como el único destino que pudiera serles misericordioso. La verdad es que habría mucho qué decir sobre la filosofía de este final, pero es evidente que Sartre ha sabido reunir en su obra la evocación de la mayor parte de los casos de conciencia que inquietaban a los voluntarios en el combate voluntario.

La edad juvenil de la mayoría de los personajes de Muertos sin sepultura debe haber sido factor decisivo para su elección por el profesor Enrique Ruelas, pues la mayoría de sus alumnos e intérpretes están en la edad justa que para sus personajillos soñó el autor. Ruelas hizo milagros para mover a los actores en espacios reducidos, minúsculos, pero todas las escenas le salieron muy bien. Le ayudó la juvenil pericia de un ya estimable escenógrafo: Leoncio Nápoles, y para que todo saliera con 3 P.B. –máxima calificación en los colegios antes de la aparición del existencialismo–, la interpretación, a cargo de Carmen Herrera, Pablo Salinas, Carlos Ancira, Alberto Pedret, Raúl Cardona, Javier Loya, Alfonso de la Vega, José Luis Palafox, Raúl Kampfer, Benjamín Núñez, etcétera –¿cuál de éstos hará del teatro su profesión?, que es lo que cuenta–, resultó mucho mejor que buena, ¡excelente!