FICHA TÉCNICA



Título obra Polvo de mariposa

Autoría Sandra Félix y Ana Perusquía

Notas de autoría Basada en Las olas, de Virginia Woolf

Dirección Sandra Félix

Elenco Luis Artagnan, Lucía Muñoz, Pablo Guerschanik, Mauricio García Lozano

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Bruno Bert, “Impresionismo en la escena”, en Tiempo Libre, núm. 969, 3 diciembre 1998, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Impresionismo en la escena

Bruno Bert

A pesar de admirar a Joyce y gustar de Proust, es decir de autores que de alguna manera le son estilísticamente afines, nunca pude leer completa una obra de Virginia Woolf. Lo he intentado en diversas etapas de mi vida pero siempre con pobres resultados, aun cuando estos intentos venían precedidos por el estímulo de alguna adaptación de sus obras o películas, tan fascinantes como el último Orlando.

Así que cuando supe que Sandra Félix abordaría una versión de Las olas supuse ese insuperable tedio que se me ha vuelto sinónimo de V.W. sobre todo porque es uno de los títulos de los que nunca pude superar la página 50. Pero a veces la realidad se encarga de asombrarnos y tal vez esta puesta llegue a ser la llave para ingresar a ese mundo hasta ahora negado.

La novela entreteje las sensaciones de media docena de niños y niñas, amigos entre sí, que a lo largo de la obra van creciendo, relacionando sus vidas o distanciándolas, transformando lentamente en polvo lo que fueron sueños, deseos, ambiciones, hasta quedar finalmente frente a la bruma del ocaso, con un leve dejo de tristeza en los labios a la espera de una muerte que se acerca, como ese inevitable devenir a la vez trágico y cotidiano, a través del que estamos unidos a todos los hombres.

La vida como un repetirse monótono de acciones, semejantes a las olas del mar, que nos contienen y disuelven hasta reintegrarnos con el silencio y el suceder de las generaciones. No hay acción ni nada que narrar, sino y apenas ese suave y equívoco sucederse de las sensaciones, que sólo por instantes nos comunican con los otros, nos separan de esa esencial soledad con la que todos cargamos, para devolvernos a ella como un regazo inapelable donde dormitan y se confunden los recuerdos.

Esta novela, escrita en 1931, posiblemente sea el punto más alto de su literatura, y donde alcanza los momentos más poéticos (se la suele comparar con un poema sinfónico) junto con el máximo de perfección formal. Pero siento también que es donde mejor se expresa esa profunda inquietud existencial que terminará por llevarla al suicidio diez años más tarde mientras las bombas alemanas caían sobre Londres.

Sandra Félix acude a Philippe Amand como escenógrafo e iluminador y éste crea para ella simplemente un muro con tres puertas y seis ventanas, que delimitan dos espacios que tanto son físicos como sicológicos. Aquí concurren dos elementos: uno tiene que ver con la identidad artística del propio Amand, frecuentemente obsesionado por esa dualidad del adentro/ afuera, y el otro se vincula con el propio mundo de la Woolf, sus colores terrosos y el valor impresionista de la plástica que sugieren sus narraciones.

Sobre este mundo hecho apenas del titilar de las sensaciones sobre la luz que cruza por un instante un cristal, la directora tiene la habilidad de encadenar a los objetos la consistencia que se pierde en la carencia de verdaderas acciones. Una tela, un libro, una pluma se cargan de significado y la materia se vuelve un devenir de sensaciones que se sedimenta en los elementos que rodean a los personajes hasta cargarlos de una historia íntima e intransferible. El espesor del tiempo se haya en cada contacto con los objetos, los rostros o las vidas que se deshacen al sólo contacto con su propio nombre. Imagino que Chejov hubiera realmente gustado de esta experiencia.

Los actores son responsables en escena de que esa magia sea posible, y lo hacen con una precisión y un cuidado que los vuelve deleitables en cada gesto. Ellos son José Sefami, Lucía Muñoz, Pablo Gershanik, Mónica Huarte, Luis Artagnán, Mauricio García Lozano y Ursula Pruneda.

Tal vez el símil más acertado sería el de las cuerdas de un mismo instrumento: cada una en su todo pero constituyendo la unidad necesaria para entregar una melodía perfectamente acordada. No hay que descartar el valor del sonido, una "escenografía sonora", como bien dice el programa de mano, que estuvo a cargo de Mauricio García Lozano.

En definitiva, Polvo de mariposa muestra que Sandra Félix es una de las directoras más logradas y personales de nuestro medio, con un lenguaje que va definiéndose y ajustándose de puesta en puesta, especialmente sensible a aquellas corrientes que se vinculan a un cierto grado de impresionismo en la escena.