FICHA TÉCNICA



Título obra Fábula de la mantarraya quinceañera

Autoría Hugo Argüelles

Dirección Carlos Haro

Elenco Mónica Serna, Gustavo Thomas, Sonia Páramos, Cheryl Macky

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “Mantarraya con poca agua”, en Tiempo Libre, núm. 968, 26 noviembre 1998, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Mantarraya con poca agua

Bruno Bert

El universo de Hugo Arguelles debiera ser inagotable, en tanto lo es el ámbito de las frustraciones y perversiones del hombre. El autor veracruzano se nutre simultáneamente de las taras sociales y de los fantasmas individuales creando ese entretejido poético-fantasmal al que nos tiene acostumbrados y en el que es maestro indiscutido desde hace cuarenta años. Fecha que justamente conmemora este estreno que viene a compartir cartelera con otros tres del mismo autor. Me refiero, claro, a La fábula de la mantarraya quinceañera, que ahora está presentándose en La Casa de la Paz.

El tema es el frustrado complejo de Electra de la protagonista, una rica cincuentona capaz de pagar las fantasías que le sugieren sus traumas. Y otra vez tenemos el mundo cerrado de una casa burguesa, habitada únicamente por esta mujer y visitado por un grupo de vecinas que una vez al año se confabulan para servirla... y servirse del plato de sus caprichos. Y ronda nuevamente el tema de la soledad y frustración de los que no supieron construir durante su vida una más o menos satisfactoria vida de sexualidad y pareja. La vejez como un monstruo que Arguelles muestra y niega a la vez, concediéndole a sus personajes apetencias y fuerzas más allá de los límites que el tiempo se encarga de imponer a pesar de todo.

Este regreso para la visión desde distintos ángulos de temas ya tratados, hace que La mantarraya quinceañera se transforme más bien en una demostración de habilidades por parte del autor, sobre un núcleo estilísticamente reconocible. Aquí intenta por ejemplo un género que aún no había abordado: la "tragedia grotesca", y se mueve con habilidad para la dosificación de lo que cada término de este binomio lingüístico-teatral significa. Sin embargo, siento que hay un cierto cansancio en este rastrillaje dentro del mismo terreno en que tanto abundan los huesos y la muerte, y que Arguelles nos da en virtuosismo lo que se va agotando en originalidad y vitalidad. Nuestro autor, en definitiva, más en la sustancia que en la forma, es un decadentista (es decir un escéptico exquisito) que cada vez más va encerrándose en un ambiente sofocante y estrecho que muy posiblemente conduce a las palabras finales de una última obra perfecta que funcione de llave a su propio, definitivo y particular mausoleo. No sería más que llevar a sus últimas consecuencias una coherencia creativa de cuatro décadas. El silencio también es consistente. Y conste que estoy tratando de dar a las palabras esa ambivalencia dinámica que Hugo maneja con indudable pericia.

La puesta de La mantarraya... hubiera correspondido a José Enrique Gorlero, de no haber muerto hace pocos meses. Se la han dedicado, y la posta directiva pasó a manos de Carlos Haro, a quien últimamente hemos visto como dramaturgo y director trabajando en el Foro de la Conchita. Aquí, podríamos decir que su trabajo es sobre todo prolijo, cuidado, aunque no necesariamente demasiado creativo. Tal vez porque el mundo del autor se impone con demasiada fuerza y lo vemos más bien como un respetuoso acólito de las ideas del maestro. Pero paradójicamente la única manera de ser fiel a un hereje es traicionándolo, porque de lo contrario sólo ilustraremos tímidamente lo que de por sí intenta ser un desgarramiento de las zonas sociales y conscientes.

Arturo Nava, viejo incursionador en los mundos de Arguelles desde la escenografía y la iluminación, esta vez cae aplastado bajo una máquina mastodóntica que primero nos asombra y luego se demuestra tan inofensiva como un tigre embalsamado que sólo sabe abrir y cerrar su boca y sacar la lengua por un repetitivo artilugio mecánico que ni siquiera está bien manejado.

La actuación está en manos de un coro y una pareja. El primero, constituido por Irma Velázquez, Raquel Seoane, Sonia Páramos y Cheryl Macky, es el comentario grotesco que una tragedia de este tipo necesita, y su aparición sistemática da aire, color y sangre a la pareja trágica del centro. La actuación de las cuatro mujeres es fundamental por el sostén y equilibrio que propician y hacen lo suyo con presencia y energía. La pareja está constituida por Mónica Serna y Gustavo Thomas. La fuerza de la primera es conocida, aunque aquí cabría una mano de la dirección que encauzara lo que amenaza con la rigidez y la sobreactuación a pesar de ciertos momentos logrados y sostenidos. El joven está correcto aunque también necesitado de un apoyo que lo haga emerger de un cierto estado de apatía a la sombra de la actriz.

En definitiva, una mantarraya con poca agua para sumergirse en las profundidades adecuadas a pesar de los variados puntos de interés con que la obra cuenta.