FICHA TÉCNICA



Título obra La Malinche

Autoría Víctor Hugo Rascón Banda

Dirección Johann Kresnik

Elenco Luisa Huertas, Luis Rábago, Arturo Ríos, Cristina Michaus

Escenografía Mónica Raya

Vestuario Mónica Raya

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Bruno Bert, “Reiteración y complacencia”, en Tiempo Libre, núm. 966, 12 noviembre 1998, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Reiteración y complacencia

Bruno Bert

La validez de una experiencia la da exclusivamente la importancia de la búsqueda y la riqueza de los resultados. Lo demás son buenas intenciones, cosa que al arte le importan poco. En este caso estoy hablando específicamente de la puesta de La Malinche, una obra de Víctor Hugo Rascón Banda llevada a escena por Johann Kresnik. Del primero supongo que no hay necesidad de hablar, ya que todos los gusta-dores del teatro pueden fácilmente reconocerlo como uno de nuestros más interesantes autores de la generación intermedia. Es un escritor muy presente en nuestros escenarios, con una poética tradicionalmente ligada a un documentalismo crítico y a preocupaciones sociales relacionadas con nuestra realidad inmediata o histórica.

En lo que hace a Johann Kresnik, es un director alemán que tal vez algunos puedan recordar a través de una polémica puesta sobre Frida Kahlo que trajo a un Cervantino no demasiado lejano. Trabaja lo que él define como un "teatro coreográfico", de acentuaciones formales muy fuertes, mezcla posible entre una visión expresionista contemporánea y una influencia visible de lo circense y popular. Evidentemente hay algunos puntos de contacto con Rascón Banda —el interés de ambos por los desajustes sociales, por ejemplo—pero también diferencias muy notorias en la estética con la que abordan la realidad. Es más, podríamos decir sin dudar que hay un choque de estéticas: donde en el escritor predomina la visión pretendidamente objetiva del documento, en el director se prioritariza la imagen deformante de las sensaciones y de lo subjetivo.

Tal vez en este sentido el experimento cobra interés, en cuanto a la dimensión del riesgo. Aquí se puede probar qué sucede cuando un texto es decididamente violado por las imágenes que despierta en el director que lo asume.

Veamos los resultados. El tema es la Ma-linche, es decir la imagen de la madre violada y negada que está en la raíz de la identidad mexicana. Tema riquísimo idudablemente, tanto en lo histórico como en el sustrato sicológico popular evidente en la pluralidad de significaciones que tienen las palabras "madre" (cuna de todo lo despreciable) y "chingar" (juego de espejos que cobija lo mejor y lo peor en un mismo término).

Si Rascón Banda fungió como el elemento conceptual; como la palabra-pensamiento, rectora del juicio histórico, con su intención de revisión y denuncia. Es decir la parte alta y "noble" del cuerpo. Kresnik asumió todo lo "bajo" y su puesta se apoya fundamentalmente en lo escatológico. De allí que se encuentren presentes todas las secreciones del cuerpo humano: sangre, sudor, vómitos, mierda y semen. Lo líquido y pastoso es predominante y los actores se revuelven desnudos en ello de manera casi constante, acentuando todo lo que tenga que ver con lo generativo: violaciones, masturbaciones, felatios y grotescas comparaciones entre los modestos penes humanos y las gigantescas prótesis que todos llevamos en el inconsciente colectivo y personal. Pero aquí lo primario tiene el doble sentido de lo humano y lo social, y por lo tanto no sólo los cuerpos se manejan constantemente en este explícito caldo de cultivo, sino también los símbolos de lo social e histórico. De allí que los revolcones alcancen a la bandera y a los padres de la patria.

Es por esto que decía antes que el texto de Rascón resulta decididamente violado y sólo por momentos se recupera en su función comunicadora, aplastado por una avalancha de provocaciones que no siempre nacen de él, sino que son elementos bastardos integrados alegremente a la orgía de imágenes con una función que termina por ser distractora. Y he allí la virtud y el peligro: el producto de este maridaje violento es sumamente impactante pero también y en muchos momentos juega a la inmadurez de la provocación gratuita o al alargamiento innecesario de la acción. La fiesta se hace demasiado larga y atenta contra sí misma en la reiteración y en la complacencia.

Y todo cae bajo el uso despótico de ese dios detonante que es el director: la escenografía es sólo contenedora y los actores se vuelven objetos estrujados hasta su última gota de energía, como muñecos mutilados en la única exigencia del aullido primario y de la marioneta perfecta en cuanto menos humana sea. Indudablemente una tarea que también implica violación. Con lo que esto pueda contener de sublime y de espantoso. Todos son uno y uno es todo, como átomos indiferenciados de una realidad volcánica y caníbal.

En fin, que creo que se necesitaría un espacio mucho más amplio para un análisis más o menos pormenorizado del trabajo. Un experimento que se justifica en sí mismo por lo radical, aunque pueda contener infinitos puntos de una reflexión crítica que no siempre apoyaría el producto.